Siente la punzante incomodidad de la gota de sudor naciendo en su axila y deslizándose irritante por su cuerpo. Es nuevamente parte de un subte atiborrado en otro febrero húmedo de esta Buenos Aires plagada de smog que vuelve a empezar un año de rutinas e imágenes grises. Siente como los cuerpos que lo rodean se frotan contra el suyo, oprimiéndolo. El áspero y ácido sabor del asco le sube por la garganta y le llena la boca.
Calor. Olor a sudor y pestilencias de docenas de hombres apretándose lejos de la luz del sol.
Que me trague la tierra, piensa. Que me trague la tierra. Mundo imberbe. Sociedad estúpida, sistema asqueroso, cultura consumista de mierda; lo que sea, tan mal pensado, tan sin sentido, tan poco humano ser un pedazo de cuerpo sudando y destilando aún los hediondos olores de la noche, a pesar de la ducha, y de que vale la ducha si de todos modos va a llegar hecha un asco al trabajo, maldito trabajo que no le aporta nada. Ah. Asco; desagrado de otro martes más; tantos martes más.
Una niña va intentando hacerse paso entre la gente pidiendo una moneda. Tiene uno de esos dulces rostros de sueño, de ganas de jugar.
Sus ojos se encuentran sin encontrarse.
Señorita, ¿no tendrá una moneda? Ella niega con la cabeza automatizada, molesta de que encima de todas las molestias del subte está allí esa niña molestándola. Si le hubiese dado una moneda seguro se la llevaba a su papá para que se compre vino.
Tiene 34 mails nuevos. Cada uno implica, seguro, una nueva tarea, una responsabilidad más. Suspira y es como si el aire que sale de su boca se uniera a todos los otros suspiros de tantos otros martes y otros días, de tantas como ella y tantos otros, de tanta historia de viajes en subte o en carreta o en nave espacial o quien sabe qué, y que importa.
Abre el primer mail y le viene el recuerdo del dulce rostro de sueño. Mueve su cabeza cerrando los ojos como si así fuera a sacarse la imagen de su pensamiento. Vuelve a mirar el mail pero sigue ahí en su mente ese dulce rostro de sueño, de ganas de jugar.
Ya no es concretamente el rostro de esa niña. Es más histórico, como más universal. Una imagen repetida en el tiempo, como sus viajes en subte; una demanda más infinita que sus martes.
“Sofía: El jueves a las 16hs tengo una reunión y para ese entonces necesito que tengas listo…”
Cuando le pide una moneda no le pide una moneda. Su mirada no es solo la de un cuerpo que necesita alimentarse. Porque a través de sus ojitos su alma pide mucho más. Pide…
De repente Sofía empieza a sentir eso que pide. Un fuerte golpe la invade en su alma; la colma una realidad inmensa: dulce rostro.
Infinito rostro con tanta vida; de tantas vidas. Rostro mojado, arrugado. La frente surcada por el cansancio y el labio inferior temblando levemente. Rostro de niño y de anciano. Rostro de inocencia en la forma en que se elevan las cejas. Rostro de trabajo, de piel curtida por el sol y por el tiempo. Rostro de esperanza en el brillo de los ojitos. Inagotable rostro en tantas caras, en tantos cuerpos, en tantos seres en tanto tiempo. Vasto rostro que pide en la historia, que ruega. Dulce rostro de sueño, de ganas de jugar.
¿Puede una revelación así marcar su vida? ¿De verdad siempre había convivido con ese rostro y nunca lo había visto? Y ahora que lo vio ¿puede olvidarlo? ¿O seguir su vida como si nada, sabiendo que ese rostro está ahí, mirándola? ¿O puede cambiar así, de un día para el otro?
Está como tildada, con los ojos fijos en ese corto mail, pero viendo otra cosa. Su compañera la mira algo extrañada:
-Sofía ¿estás bien? ¿Qué te pasa?
