El niño se
arrodilla en el piso y recorre ceremoniosamente, con dos dedos, el lodo que se
formó con la lluvia reciente. Luego con sus dedos embarrados recorre con fuerza
y lentitud cada una de sus mejillas, trazando sus marcas de guerra. Desde la
casa, su madre le dice que deje de ensuciarse la cara. El sonríe travieso “no
sabe con quién habla señorita”. La madre pone cara de espanto participando en
el juego del niño “¿Usted es un indio
salvaje?”. El niño profundiza su actuación poniendo cara de misterio. “Mucho
más que eso señorita. Soy un Quilmes.”