Cuentos cortos en español.

miércoles, 26 de octubre de 2011

sábado, 15 de octubre de 2011

El placer de poseer


Ahora solo restan unas pocas horas para que la policía venga a buscarme. Conozco la ineptitud de sus oficiales, lo incapaces que son de ver lo obvio detrás de aquellas enormes barrigas llenas de pizza, empanadas y demás dádivas con las que los comerciantes alimentan su pereza. Frente a tanta incompetencia lo mejor que pude hacer fue facilitar la tarea de los investigadores y dejar numerosos indicios de mi culpabilidad reforzando cada pista que apuntara a mi persona, allanando el camino hasta mi casa. Si no los hubiera ayudado, probablemente, no tendría que esperarlos ahora. Terminarían archivando el caso en el tercer piso de tribunales, allí donde descansan los otros crímenes por los que no seré juzgado.
Eso es lo terrible de ser inteligente, de estar siempre un paso adelante del resto de los mortales: que nada te puede sorprender, ni el destino propio ni el de los otros. Entonces debés hacerte cargo de todos; de la víctima, del juez, de los testigos. Tenés que explicarle a cada uno dónde se debe parar, cómo debe representar su personaje y cuándo entrar en acción. Esta vez no fue diferente: me vi obligado a planear, no solo el crimen, sino lo que ellos deberán resolver como castigo luego de que descubran – ellos, tan brillantes- las pistas que desparramé a lo largo de la ciudad y del tiempo. Al final de la historia, lo sé, felices me darán mi merecido y yo podré disfrutar, por largos años de la tranquilidad de la cárcel. Allí podré dedicarme a mi reliquia, a ella y nada más.
Así como no puedo confiar en la sagacidad de la policía, tampoco puedo confiar en la correcta reconstrucción de mis memorias por otro. Por esto dedico mis últimos minutos antes de ser encarcelado a escribirlas. Nadie puede relatar como yo lo que pasó con Carmen. Nadie podría entender completamente por qué la maté, menos aún por qué lo hice de esa manera.
Deben entender que los años felices de nuestra relación ya habían pasado, rápidos y tranquilos como un suspiro. Nos habíamos conocido, enamorado, disfrutado.
Suspiro, todo había sido liviano suspiro, todo había sido tiempo yéndose sin avisar.
Pero luego vinieron los meses del amor no como suspiro, sino como estornudo. Porque el suspiro no tiene afecto, se disimula en el cuerpo, es algo que se escapa sin hacerse notar. El estornudo, en cambio, como fue nuestro amor de esos meses, es todo cuerpo y todo tangible. El estornudo sí contrae los músculos, sí genera una molestia, sí obliga a cerrar los ojos; luego imprime un dolor, fugaz; finalmente (solo finalmente) llega el alivio. Se da en muchos órganos no solo imprimiendo dolor, sino recordándole al hombre que está vivo. El suspiro pasa desapercibido para la mayoría de los hombres, el estornudo les hace saber a todos: “aquí estoy, apoderándome de vos”. Nuestro amor en esta segunda etapa fue así, tan intenso e inevitable como un estornudo; me arrastró hasta el margen mismo de la vida. Durante ese tiempo con Carmen a mi lado, todo era insoportablemente bello. Cuando estaba con ella mis manos se excitaban, mis pies se ponían nerviosos, mi pecho activo subía y bajaba y mis pulmones reclamaban todo el aire del cuarto en el que estábamos. Mi cuerpo pedía el de ella; sus manos, su pelo, sus piernas. Cuando lo encontraba todo era peor. La mente se silenciaba y, eufórica, no dejaba entrar del mundo más que lo que tocaba en ese momento. 
Si ella hablaba, deseaba tocarle la boca, si reía, quería callarla con mis labios y, si caminaba, le daba la mano para que no se escapara. El poder de esos encuentros era cada vez mayor, no había otra fuerza en mis días que lo igualara. El estómago se olvidaba del alimento deseando el cuerpo de la mujer, el corazón latía vago la mayor parte del tiempo para poder darse por completo en los movimientos feroces del acto sexual. Y cuando los cuerpos, el mío y el suyo, estaban alejados, pensaba en su voz como una extensión posible, como un punto de contacto. Entonces la llamaba por teléfono e imaginaba que su voz me penetraba, creía que sabiendo qué estaba haciendo a cada instante podía transportarme a su lado.
            A ella comenzó a agobiarle mi amor y a aburrirle mi cuerpo. El distanciamiento fue gradual y, un día, me pidió que no la busque más, que estaba cansada de mí, que estaba asustada por la forma en que la miraba. Intenté explicarle, recordarle lo bueno del tiempo compartido, luego persuadirla, finalmente le rogué y me cortó el teléfono.
            Todo cambio, nada volvió a ser lo mismo. Si antes mi cuerpo se contraía deseándola, por lo menos me sedaba suponer un encuentro cercano. Ahora lo tenía prohibido, definitivamente prohibido. Sin embargo, supe contenerme, porque, ante todo, soy una persona inteligente.   
            No voy a negar que algunas noches quería ir a tocar el timbre de su casa, llamarla, pero siempre me dominaba pensando en mi conveniencia a largo plazo. Comencé a buscar la solución, a idear un plan. Sabía lo que quería, su cuerpo, pero no estaba dispuesto a tenerlo a medias según dictara la conciencia de Carmen. Tenía, primero, que deshacerme de ella, la que había tomado la cruel decisión de alejarnos.
            Carmen comenzó, a los tres meses de nuestra ruptura (mientras yo planeaba aquel encuentro que sería el último y definitivo, el más perfecto de todos) a salir con otro hombre. Matarlo a él fue fácil. Era un hombre común, de hábitos comunes, vida tediosa y predecible. La policía, estúpida policía que no es capaz de ver lo obvio, consideró que el hombre se había olvidado accidentalmente abierto el gas. Una tragedia: había muerto asfixiado de noche en su cama. Debo confesar que me falle a mi mismo al no planearle una muerte más cruel a este usurpador de cuerpos. Tal vez podría haberlo atacado por detrás mientras él veía aquel horrible documental y yo esperaba escondido a que se fuera a dormir. Nunca pude saber si la había poseído tan intensamente como yo, pero supuse que no.
            Al tiempo Carmen compró un perro para que le hiciera compañía. Tal vez se sentía sola. Lo cierto es que ambos se hicieron muy cercanos. El animal le ladraba, corría alrededor suyo en las plazas y jugaba simpáticamente; pude ver como ella empezaba a sentirse feliz; Carmen sonreía y abrazaba al can. Entonces no me quedó más remedio que envenenar al animal. No soportaba imaginarlo descansando sobre la piel de mi mujer, él tan inocente, tan supuestamente perro pero disfrutando su calor lo mismo que cualquier otro cuerpo humano. Recuerdo la cara de Carmen cuando salió al patio del frente de su casa y vio desplomado al animal. La veo llorando; yo pensé: “se va a terminar, querida, falta poco”
            El día llegó. Yo había elegido como fecha para recuperarla el cuarto aniversario de nuestro primer contacto, aniversario de aquel día en que nos vimos en la fiesta de la empresa. Entonces era la novia de un miembro de contaduría con el que yo no tenía demasiado trato (también tuve que deshacerme de él cuando ella me dejó, creyendo que volvería a sus brazos).
            Entré a la casa de Carmen por la puerta de atrás. Era apenas de noche y ella no había comenzado a bloquear puertas y ventanas como solía hacer. Caminé al cuarto de las escobas y esperé. Aguardé alrededor de dos horas hasta que finalmente se encerró. Se lo agradecí interiormente ya que, de esa manera, nadie interrumpiría mi visita. De cualquier modo su madre estaba de viaje y su mejor amiga había sido invitada a un congreso de medicina a seiscientos kilómetros de la ciudad y conduciría toda la noche. Por supuesto que esta amiga, especialista en cardiología, persona profundamente comprometida con su profesión, no rechazaría ser convidada por la más importante institución médica del país. Ella no pudo darse cuenta que había sido yo quien escribió la carta que llegó a su correo: el sello era una copia idéntica al verdadero y firmaba el presidente del hospital. Además de copiar el autógrafo de este importante hombre, incluí mis iniciales a un costado, las que esperaba más tarde trajeran a los investigadores hacia mí. Eran las mismas iniciales que había puesto en la carta que Carmen recibió por esos días. Ella había llevado el escrito a la policía sin lograr conmoverlos. Lo que yo relataba a Carmen en ese mensaje le pareció al comisario tan desquiciado como inverosímil, apenas las fantasías de un loco inofensivo. Sin embargo, no era otra cosa que el adelanto de lo que estaba por suceder.
            Cuando salí de mi escondite la aferré rápidamente por detrás y ahogué con mi mano sus gritos. El contacto con aquel cuerpo por el que tanto tiempo había esperado me excitó al punto que creí perder todo dominio de mi voluntad. Pude contenerme, pasado un tiempo de éxtasis, y  volver mi mente hacia el objetivo: yo no la deseaba una vez sola, la deseaba para siempre.
            Con el mango del cuchillo que llevaba conmigo le di un feroz golpe en la nuca y me deshice de Carmen, de la Carmen-conciencia. Ahora tenía el cuerpo para mí. Me tomé unos minutos para acariciarla, para recordarla. Clave el puñal en su corazón antes de que se reanimara. Empecé a recorrerla; por su pelo y fui bajando muy lentamente, hasta llegar a sus pies. Besé su dedo gordo, primero suave, después profunda y apasionadamente. Alejé mi boca, la abrí, metí la falange en mi garganta y cerré, junto con los ojos, los dientes. La sangre resultó como un vino; me embriagaba y me pedía más. Estaba hirviendo, todo su cuerpo latía caliente, pero a medida que fueron sucediéndose las horas se volvió más y más frío y mis apetitos se calmaron. Toda la noche duró esta primera parte de la cena y apenas pude devorar una de sus piernas. Ya sentía cómo su sangre se convertía en mi sangre, su cuerpo era asimilado por el mío, su alma ya no estorbaba y quedábamos para siempre unidos.
            Antes de que el día siguiente cubriera todo con su luz corté la carne que no pude devorar y la almacené en bolsas. La subí a la camioneta que había dejado estacionada cerca de allí y cubrí los paquetes con hielo. Luego limpié la escena del crimen, lo suficiente para complicar la investigación y tener tiempo de continuar mi festín por unos días más.
            La semana siguiente completé mi ritual, sin apuro, bebiendo la ceniza de los huesos calcinados mezclada en agua, apenas alterando la rutina de mis días. Estas últimas jornadas fueron perfectas.
            Ahora sé que la policía vendrá. Les habrá tomado algunos días reunir las numerosas pistas que dejé. Me acusarán, negaré mi culpabilidad (y eso servirá luego para extender mi condena), buscarán el cadáver, no lo encontrarán y, finalmente, aparecerá (haré aparecer) mi remera con la sangre de Carmen y seré puesto tras las rejas.
            Donde se supone debería padecer el castigo tendré mi paraíso: podré disfrutar, completamente y sin interrupciones, de mi cuerpo, que es ahora también el otro cuerpo. En la tranquilidad de mi celda podré dedicarme por completo a acariciar esta pequeña fracción de hueso que guardo, lo único de ella que no está en mí. Podré oler, mirar y tocar ese ínfimo pedazo de esqueleto que atesoro como mi más preciada reliquia. Carmen.

domingo, 2 de octubre de 2011

Miriam I (Sobre la timidez)

http://deloquecontamos.blogspot.com/2011/08/sobre-la-timidez-y-las-flores-miriam.html

Miriam llegó de España un día hace mucho tiempo, con las mismas arrugas que aún conserva, con el mismo acento que todavía se le escucha las pocas veces que decide hablar. Llegó sola. Compró una casa ya por ese entonces vieja, de jardín extenso y amplias ventanas, y se instaló.

El pelo recogido, de camisa y larga falda; sencilla, elegante. Su rostro surcado por nobles arrugas y sus manos curtidas, moviéndose despacio hasta que se ocupada con algo. Entonces había que verla; se movía ágil, armónica, todo su cuerpo fluyendo en cada uno de sus movimientos y sus manos; sus manos hábiles y firmes era capaces de transformar cualquier tarea en una obra artística.

Al principio su escasa comunicación irritó hasta la calumnia la curiosidad de los escasos habitantes de este pueblo de polvo y chismes. Que era una criminal que había matado a su marido, que era una anarquista que venía acá a esconderse, que sobre su cabeza pendía un pedido de captura por millones de pesos y en cualquier momento aparecía la interpol por el pueblo para llevársela. Se hablaba sobre ella cada vez que dos personas se cruzaban en la calle o el almacén. Recuerdo a mi madre murmurando maliciosa de “la galleguita” mientras lavaba los platos.

Pero ella parecía no enterarse. Permanecía tranquila en su casa, moviéndose acá y allá en su jardín, solo saliendo una vez al día a hacer compras, cortés y silenciosa.

Con el correr de los meses las habladurías fueron disminuyendo y nos fuimos acostumbrando a su presencia, pero siempre manteniendo cierto recelo, cierta sospecha de que en cualquier momento saldría a la luz un pasado escandaloso, el asesinato de un hijo o un vínculo con alguna extraña y antigua secta.

De todos modos, cuando llegó la primavera y su jardín inundó de alegría y color toda la cuadra, era normal notar que algunas personas desviaban un poco su camino para pasar cerca de esas decenas de flores hermosas y deleitarse con sus formas y aromas.

Así, poco a poco la silenciosa y afable señora se volvió parte de nuestro pequeño pueblo. Aunque estoy seguro de que la primera vez que crucé más que un par de frases con ella fue cuando mi padre cayó enfermo.

Ni mi madre, ni el médico, ni Pablo nos decían nada de lo que pasaba pero yo sabía, por su forma de darnos las espaldas a mí y a mis hermanas, que algo andaba mal.

Recuerdo que estábamos todos en la casa nerviosos, pero como nosotros todavía éramos muy chicos nadie nos decía nada. Alrededor del mediodía Agostinita salió corriendo y llorando del cuarto de nuestros papás y yo quise ir a ver que pasaba. Pablo salió a cortarme el camino y después todo era lágrimas en las caras de todos. Yo no entendía nada y me acuerdo que pensé en muerte porque intuía que la palabra tenía algo que ver con todo eso. Al rato vinieron los médicos a llevárselo y yo vi que se movía y que tenía los ojos abiertos.

Se lo llevaron, y quedamos en silencio. Mi madre lavaba todo lo que encontraba a su camino. Nos gritaba que nos estuviéramos quietos y callados pero no hacía falta porque nosotros ni nos movíamos, excepto por Agostinita que no paraba de llorar sobre el regazo de Pablo. Yo no entendía que pasaba, no pude más y me fui.

Caminaba por la calle pateando piedras, mirando el piso y retándome porque no sabía llorar, porque no lloraba como todos y seguía como si nada. Pero la verdad es que no entendía nada. No sabía lo que estaba pasando pero en ese momento creía que sí, que comprendía todo perfectamente y que correspondía llorar. Pero yo no lloraba. No me sentía triste. No sentía nada.

-¡Martín!

Levanté la cabeza y la vi a Miriam mirándome.

-Véngase para acá polluelo.

Me acuerdo que me gustaba que me diga polluelo. Solo ella me decía a veces así y yo me sentía bien, porque solo me lo decía cuando nadie más escuchaba.

-¡Vamos Martincito! Llevo un rato llamándote pero ni me escuchas.

-Perdón, señora Miriam. Es que voy distraído.

-¡Nada de perdones! –dijo con ese tono amable y directo que la caracterizaba- me va a ayudar con mis panes que yo estoy plantando unas semillas.

Ese día trabajamos hasta que se hizo de noche. Sin hablar mucho, porque ella decía que había que dejar que nuestras manos hablaran. Yo le pregunté qué palabras podían decir nuestras manos. “Hoy” me respondió “panes y flores”.