Ahora
solo restan unas pocas horas para que la policía venga a buscarme. Conozco la ineptitud
de sus oficiales, lo incapaces que son de ver lo obvio detrás de aquellas
enormes barrigas llenas de pizza, empanadas y demás dádivas con las que los
comerciantes alimentan su pereza. Frente a tanta incompetencia lo mejor que
pude hacer fue facilitar la tarea de los investigadores y dejar numerosos
indicios de mi culpabilidad reforzando cada pista que apuntara a mi persona,
allanando el camino hasta mi casa. Si no los hubiera ayudado, probablemente, no
tendría que esperarlos ahora. Terminarían archivando el caso en el tercer piso
de tribunales, allí donde descansan los otros crímenes por los que no seré
juzgado.
Eso
es lo terrible de ser inteligente, de estar siempre un paso adelante del resto
de los mortales: que nada te puede sorprender, ni el destino propio ni el de
los otros. Entonces debés hacerte cargo de todos; de la víctima, del juez, de
los testigos. Tenés que explicarle a cada uno dónde se debe parar, cómo debe
representar su personaje y cuándo entrar en acción. Esta vez no fue diferente: me vi obligado
a planear, no solo el crimen, sino lo que ellos deberán resolver como castigo
luego de que descubran – ellos, tan brillantes- las pistas que desparramé a lo
largo de la ciudad y del tiempo. Al final de la historia, lo sé, felices me darán
mi merecido y yo podré disfrutar, por largos años de la tranquilidad de
la cárcel. Allí podré dedicarme a mi reliquia, a ella y nada más.
Así como no puedo confiar en la sagacidad de la policía, tampoco puedo confiar en la
correcta reconstrucción de mis memorias por otro. Por esto dedico mis últimos
minutos antes de ser encarcelado a escribirlas. Nadie puede relatar como yo lo
que pasó con Carmen. Nadie podría entender completamente por qué la maté, menos
aún por qué lo hice de esa manera.
Deben
entender que los años felices de nuestra relación ya habían pasado, rápidos y
tranquilos como un suspiro. Nos habíamos conocido, enamorado, disfrutado.
Suspiro,
todo había sido liviano suspiro, todo había sido tiempo yéndose sin avisar.
Pero
luego vinieron los meses del amor no como suspiro, sino como estornudo. Porque
el suspiro no tiene afecto, se disimula en el cuerpo, es algo que se escapa sin
hacerse notar. El estornudo, en cambio, como fue nuestro amor de esos meses, es
todo cuerpo y todo tangible. El estornudo sí contrae los músculos, sí genera
una molestia, sí obliga a cerrar los ojos; luego imprime un dolor, fugaz;
finalmente (solo finalmente) llega el alivio. Se da en muchos órganos no solo
imprimiendo dolor, sino recordándole al hombre que está vivo. El suspiro pasa
desapercibido para la mayoría de los hombres, el estornudo les hace saber a
todos: “aquí estoy, apoderándome de vos”. Nuestro amor en esta
segunda etapa fue así, tan intenso e inevitable como un estornudo; me arrastró
hasta el margen mismo de la vida. Durante ese tiempo con Carmen a mi lado, todo
era insoportablemente bello. Cuando estaba con ella mis manos se
excitaban, mis pies se ponían nerviosos, mi pecho activo subía y bajaba y mis
pulmones reclamaban todo el aire del cuarto en el que estábamos. Mi cuerpo
pedía el de ella; sus manos, su pelo, sus piernas. Cuando lo encontraba todo
era peor. La mente se silenciaba y, eufórica, no dejaba entrar del mundo más
que lo que tocaba en ese momento.
Si
ella hablaba, deseaba tocarle la boca, si reía, quería callarla con mis labios
y, si caminaba, le daba la mano para que no se escapara. El poder de esos
encuentros era cada vez mayor, no había otra fuerza en mis días que lo igualara.
El estómago se olvidaba del alimento deseando el cuerpo de la mujer, el corazón
latía vago la mayor parte del tiempo para poder darse por completo en los
movimientos feroces del acto sexual. Y cuando los cuerpos, el mío y el suyo,
estaban alejados, pensaba en su voz como una extensión posible, como un punto
de contacto. Entonces la llamaba por teléfono e imaginaba que su voz me
penetraba, creía que sabiendo qué estaba haciendo a cada instante podía
transportarme a su lado.
A
ella comenzó a agobiarle mi amor y a aburrirle mi cuerpo. El distanciamiento
fue gradual y, un día, me pidió que no la busque más, que estaba cansada de mí,
que estaba asustada por la forma en que la miraba. Intenté explicarle,
recordarle lo bueno del tiempo compartido, luego persuadirla, finalmente le
rogué y me cortó el teléfono.
Todo
cambio, nada volvió a ser lo mismo. Si antes mi cuerpo se contraía deseándola,
por lo menos me sedaba suponer un encuentro cercano. Ahora lo tenía prohibido,
definitivamente prohibido. Sin embargo, supe contenerme, porque, ante todo, soy
una persona inteligente.
No voy a negar que algunas
noches quería ir a tocar el timbre de su casa, llamarla, pero siempre me dominaba
pensando en mi conveniencia a largo plazo. Comencé a buscar la solución, a
idear un plan. Sabía lo que quería, su cuerpo, pero no estaba dispuesto a
tenerlo a medias según dictara la conciencia de Carmen. Tenía, primero, que
deshacerme de ella, la que había tomado la cruel decisión de alejarnos.
Carmen
comenzó, a los tres meses de nuestra ruptura (mientras yo planeaba aquel
encuentro que sería el último y definitivo, el más perfecto de todos) a salir
con otro hombre. Matarlo a él fue fácil. Era un hombre común, de hábitos
comunes, vida tediosa y predecible. La policía, estúpida policía que no es
capaz de ver lo obvio, consideró que el hombre se había olvidado accidentalmente
abierto el gas. Una tragedia: había muerto asfixiado de noche en su cama. Debo
confesar que me falle a mi mismo al no planearle una muerte más cruel a este
usurpador de cuerpos. Tal vez podría haberlo atacado por detrás mientras él veía
aquel horrible documental y yo esperaba escondido a que se fuera a dormir.
Nunca pude saber si la había poseído tan intensamente como yo, pero supuse que
no.
Al
tiempo Carmen compró un perro para que le hiciera compañía. Tal vez se sentía
sola. Lo cierto es que ambos se hicieron muy cercanos. El animal le ladraba,
corría alrededor suyo en las plazas y jugaba simpáticamente; pude ver como ella
empezaba a sentirse feliz; Carmen sonreía y abrazaba al can. Entonces no me
quedó más remedio que envenenar al animal. No soportaba imaginarlo descansando
sobre la piel de mi mujer, él tan inocente, tan supuestamente perro pero disfrutando
su calor lo mismo que cualquier otro cuerpo humano. Recuerdo la cara de Carmen
cuando salió al patio del frente de su casa y vio desplomado al animal. La veo
llorando; yo pensé: “se va a terminar, querida, falta poco”
El
día llegó. Yo había elegido como fecha para recuperarla el cuarto aniversario
de nuestro primer contacto, aniversario de aquel día en que nos vimos en la
fiesta de la empresa. Entonces era la novia de un miembro de contaduría con el
que yo no tenía demasiado trato (también tuve que deshacerme de él cuando ella
me dejó, creyendo que volvería a sus brazos).
Entré
a la casa de Carmen por la puerta de atrás. Era apenas de noche y ella no había
comenzado a bloquear puertas y ventanas como solía hacer. Caminé al cuarto de
las escobas y esperé. Aguardé alrededor de dos horas hasta que finalmente se encerró.
Se lo agradecí interiormente ya que, de esa manera, nadie interrumpiría mi
visita. De cualquier modo su madre estaba de viaje y su mejor amiga había sido
invitada a un congreso de medicina a seiscientos kilómetros de la ciudad y
conduciría toda la noche. Por supuesto que esta amiga, especialista en
cardiología, persona profundamente comprometida con su profesión, no rechazaría
ser convidada por la más importante institución médica del país. Ella no pudo
darse cuenta que había sido yo quien escribió la carta que llegó a su correo: el
sello era una copia idéntica al verdadero y firmaba el presidente del hospital.
Además de copiar el autógrafo de este importante hombre, incluí mis iniciales a
un costado, las que esperaba más tarde trajeran a los investigadores hacia mí.
Eran las mismas iniciales que había puesto en la carta que Carmen recibió por
esos días. Ella había llevado el escrito a la policía sin lograr conmoverlos. Lo
que yo relataba a Carmen en ese mensaje le pareció al comisario tan desquiciado
como inverosímil, apenas las fantasías de un loco inofensivo. Sin embargo, no
era otra cosa que el adelanto de lo que estaba por suceder.
Cuando
salí de mi escondite la aferré rápidamente por detrás y ahogué con mi
mano sus gritos. El contacto con aquel cuerpo por el que tanto tiempo había esperado
me excitó al punto que creí perder todo dominio de mi voluntad. Pude contenerme,
pasado un tiempo de éxtasis, y volver mi
mente hacia el objetivo: yo no la deseaba una vez sola, la deseaba para
siempre.
Con
el mango del cuchillo que llevaba conmigo le di un feroz golpe en la nuca y me
deshice de Carmen, de la Carmen-conciencia. Ahora tenía el cuerpo para mí. Me
tomé unos minutos para acariciarla, para recordarla. Clave el puñal en su
corazón antes de que se reanimara. Empecé a recorrerla; por su pelo y fui
bajando muy lentamente, hasta llegar a sus pies. Besé su dedo gordo, primero
suave, después profunda y apasionadamente. Alejé mi boca, la abrí, metí la
falange en mi garganta y cerré, junto con los ojos, los dientes. La sangre resultó
como un vino; me embriagaba y me pedía más. Estaba hirviendo, todo su cuerpo latía
caliente, pero a medida que fueron sucediéndose las horas se volvió más y más
frío y mis apetitos se calmaron. Toda la noche duró esta primera parte de la
cena y apenas pude devorar una de sus piernas. Ya sentía cómo su sangre se
convertía en mi sangre, su cuerpo era asimilado por el mío, su alma ya no
estorbaba y quedábamos para siempre unidos.
Antes
de que el día siguiente cubriera todo con su luz corté la carne que no pude devorar
y la almacené en bolsas. La subí a la camioneta que había dejado estacionada
cerca de allí y cubrí los paquetes con hielo. Luego limpié la escena del
crimen, lo suficiente para complicar la investigación y tener tiempo de
continuar mi festín por unos días más.
La
semana siguiente completé mi ritual, sin apuro, bebiendo la ceniza de los
huesos calcinados mezclada en agua, apenas alterando la rutina de mis días.
Estas últimas jornadas fueron perfectas.
Ahora
sé que la policía vendrá. Les habrá tomado algunos días reunir las
numerosas pistas que dejé. Me acusarán, negaré mi culpabilidad (y eso servirá
luego para extender mi condena), buscarán el cadáver, no lo encontrarán y,
finalmente, aparecerá (haré aparecer) mi remera con la sangre de Carmen y seré
puesto tras las rejas.
Donde
se supone debería padecer el castigo tendré mi paraíso: podré disfrutar,
completamente y sin interrupciones, de mi cuerpo, que es ahora también el otro
cuerpo. En la tranquilidad de mi celda podré dedicarme por completo a acariciar
esta pequeña fracción de hueso que guardo, lo único de ella que no está en mí.
Podré oler, mirar y tocar ese ínfimo pedazo de esqueleto que atesoro como mi
más preciada reliquia. Carmen.