Cuentos cortos en español.

domingo, 19 de junio de 2011

La Máquina (parte II)

"1998" y mi nombre.
A esa edad yo debía andar por los 25 años, aunque, como hace mucho tiempo no festejaba haber nacido, no sabía cuánto tiempo había pasado desde entonces. Me dije a mi mismo que debían haber transcurrido unos treinta años, pero era imposible saberlo sin calendarios o ventanas para ver cuándo salía o se ponía el sol.
Y como no lo veía nunca ahora, al pensar en él, me dí cuenta que el sol era un objeto que existía solo en mi memoria y, en realidad no sabía si hoy estaba allí afuera. Existía solo en el pasado; como esta caja. 1998 no era ahora. Esa caja venía de afuera, de la infancia, de otro mundo y otro tiempo. Pero sin embargo estaba ahí y por eso no podía borrarla de mi mente, como solía hacer con todo aquello que no tuviera que ver con la máquina. A la memoria era más fácil manipularla que al presente.
-Bueno, Fierro, a mostrar de qué estás hecho. A trabajar- me dije.
Si la caja no se corría cargada como estaba, iba a tener que vaciarla primero y empujar después.
Entonces utilicé la llave inglesa y mis dedos para abrirla. Rasgué la cinta que la cerraba y corrí las solapas. Adentro había un oso de peluche sucio, gastado, con una cabeza desproporcionadamente chica en relación a su suave cuerpo. Tenía dos ojos de plástico redondeado. La nariz de Tata no estaba: yo recordaba muy bien que allí solía tener otro plástico, igual al de los ojos. Me embargó una profunda ira contra aquella persona capaz de hacerle eso a Tata.
-Seguro fue Matías.
Si, Matías. Siempre que él venía a casa me rompía los juguetes, por que era bruto, y a mi no me gustaba que me rompiera los juguetes. El tenía siempre los mejores, los más nuevos, de D-toys que vendían en "debigchanel". Por ahí lo hacía de celoso, porque veía que yo prefería jugar con Tata que con los super- muñecos de él.
-¡Que absurdo! Con razón había dejado eso ahí guardado, junto con éstas cartas- pensaba mientas sacaba un pilón de sobres y hojas atados por una cuerda. Me sorprendió recordar cómo de niño podía hacer un problema de la nada. Pensaba que afortunado era por haber dejado eso atrás.
Las cartas habían sido escritas por diferentes manos, pero me llamó la atención un grupo en especial. Eran cartas escritas por una letra que me resultaba familiarmente molesta. Lara, mi niña Lara.
-"En serio nunca sentí por nadie lo que siento por vos. Desde que te conocí cambié, todos me lo dicen y yo me doy cuenta. Me hacés sentir mejor, me hacés sentir plenamente yo. Por eso sé que nunca te voy a olvidar"- Leí.
-Yo tampoco- pensé.
En seguida reprimí ese estúpido impulso. Claro que la iba a olvidar. De hecho ya la había olvidado, después de que, de un día para otro, ella se diera cuenta que no me quería más. Es fácil dejar de querer al que no te quiere, a la malagradecida Lara, la niña Lara. La había conocido a los catorce, y para los dieciséis ya era solo un mal recuerdo. Reconocía que era una suerte haber abandonado ese romanticismo estúpido.
Saqué estas cartas, algunas otras de amigos del pasado, de mis padres y aparecieron las fotografías. Eran todas caras conocidas, caras que alguna vez me habían resultado importantes, pero antes. Antes de la máquina, antes de cambiar de vida.
Las puse fuera de la caja, en el piso grasoso. Escuchaba un ruido nuevo: algo de la máquina se movía, todo se estaba resolviendo. Grité a Rueda que me tirara una braza de la caldera. Pensaba prender fuego todo esto para sacarlo de ahí, porque inclusive habiendo sido vaciada, la caja parecía estar trabada. Apenas quedaban unos objetos sin peso: un mate, una pelota de fútbol, un libro viejo, un disco rayado, y cosas sin importancia, pero por más que empujaba, hacía palanca o pateaba, la caja seguía en el lugar.
Rueda me hizo llegar una braza caliente que tiró por debajo de la máquina. Le acerqué una carta que tenía a mi derecha y vi como comenzaba a prenderse. Salió una nube de humo potente.
- Luquitas, dejá eso- Dijo mi madre, o el fantasma de mi madre, o mi cabeza representando a mi madre.
- ¿ Mamá?- Pregunté, casi seguro de que estaba alucinando producto del cansancio de estos días.
- Me estás prendiendo fuego ¿Por qué me hacés esto?
- No es contra vos, es por la máquina. Esta caja no la deja funcionar.
- ¿ Es por la máquina entonces?
- Si, ma, es por la máquina. Perdón, pero no puedo hacer otra cosa.
- Adiós entonces- y se fue como vino, haciéndose humo.
El fuego de esta carta comenzó a expandirse y a consumir las cosas que había alrededor. Tenía que salir urgentemente, porque yo iba a terminar incinerado junto con ellas. Pero miles de voces me hablaban. Cada vez que el fuego tocaba una carta, una foto, el mate, Tata, la pelota de fútbol, o lo que fuera aparecía una persona y me recordaba por qué estaba aquello en esa caja.
Recordé que era la caja que había dejado en el altillo de la casa de mis padres cuando me mudé al galpón de la máquina. Recordé el desprecio que tenía por esa vida cuando me fui. Me había ido porque quería hacer algo grande y entendía que toda esa antigua vida, todos esos sentimientos, me mantenían atado. El día de mi partida, recordaba, mi padre me quiso saludar pero yo lo esquivé, y él me dijo que siempre me iban a esperar, y yo me dije que nunca, pero nunca en la vida, iba a volver.
Me agaché y pasé por debajo de los tubos que comenzaban a calentarse con el incendio que había iniciado. Cuando ya estaba del otro lado de los hierros miré para atrás
- No te vayas Lucas, no nos olvides- Decían aquellos miles de fantasmas.
Lara estiró su manoy agarró la mía. La miré y bajé la cabeza.
- No me voy a olvidar nunca de vos, aunque vayamos por caminos diferentes.
Quise decirle que yo tampoco, pero no me salió. En cambio cerré los ojos con fuerza, apreté los puños, los volví a abrir y miré con furia aquella llamarada cargada de pasado.
- Adiós. 
Lo último que vi fue a Matías derretirse, como uno de sus muñecos de plástico que él tanto adoraba.

Salí de entre medio de las partes de la máquina justo a tiempo. Los engranajes comenzaron a moverse, la máquina funcionaba. Rueda y Palacios me esperaban del otro lado. Se los veía perturbados por los gritos que yo debía haber lanzado, pero no dijeron nada.
- Ya está- dijo Palacios.
-  ¿Todo en orden?- preguntó Rueda
Si, todo estaba en orden.

lunes, 6 de junio de 2011

La Máquina I

Había que poner a funcionar la máquina. Lo importante era que anduviera, sin importar el costo, menos todavía nuestro cansancio. Palacios, Rueda y yo éramos los únicos que aún seguíamos en pie y alrededor nuestro se apilaban los cuerpos, algunos muertos, otros agotados prontos a partir al mundo del sueño eterno.
Ya ni recordábamos por qué lo hacíamos, pero se nos presentaba como una verdad infalible que nuestro destino y el de la máquina eran una misma cosa. Para mí en verdad era así, pero no lo iba a saber hasta tiempo más tarde y a partir de una serie de desgracias.
Le pedí a Rueda que subiera al tablón de madera y que, ayudándose con la escoba que nos servía de abanico, bastón y de otras tantas cosas más, hiciera palanca sobre uno de los engranajes que colgaban sobre nuestra cabeza. Desde hacía unos días Palacios y él habían asumido que yo debía dirigir al grupo, por lo qué en seguida cumplió con mi solicitud.
-Hay una rata, Fierro.
Me dijo.
- Sáquela entonces que no nos queda tiempo.
Le respondí, y escuchando mis palabras me convencí de que se trataba de un asunto urgente, aunque en verdad no sabía bien que sentido tenía todo esto. Palacios cerraba los ojos cada vez con mayor frecuencia. Le dije que vamos hombre, que no se le apague el espíritu, pero ya lo veía irse con los demás, con los cansados.
Rueda consiguió sacar la rata, que era del doble del tamaño de un hombre, y escuchamos que algo comenzó a moverse. Parecía que iba a arrancar de una vez esta maldita máquina que era motivo tanto de nuestro calvario como de nuestro existir. Pero apenas gíró un diente del engranaje y se quedó quieto nuevamente.
Los ruidos que venían de la caldera y del galpón donde se alojaba el gigante motor y el acontecimiento reciente me indicaban que la máquina estaba encendida, y que el problema era con alguno de estos engranajes del cuarto donde estábamos.
-Palacios, no se quede dormido. Agarre a uno de nuestros queridos compañeros y póngalos a trabajar.
Él, cansado como estaba, agarró la mano de uno de los hombres que tenía a su costado y lo arrastró hasta la caldera. Por el olor pude saber que lo había echado al fuego. Aunque los cuerpos humanos no son muy buenos para avivar el fuego, con este sistema conseguíamos más espacio para movernos.
- Luman y Garrido no respiran más.
Nos hizo saber Rueda desde el otro lado del salón.
-Ya me estaban empezando a molestar los ronquidos del Polaco.
Así le decíamos a Luman, y con estas palabras de Rueda comenzábamos a borrarlo de nuestra memoria.
-Voy a meterme a ver cuál es el problema- anuncié preocupado.
Introducirme entre los engranajes era peligroso y si lograba mi cometido lo más probable era que fuera mi última acción en esta vida. Lo cierto es que desde unas horas atrás (o días, o semanas, no lo podía saber) había ido creciendo en mí la idea de que las cosas para que salieran bien las tenía que hacer yo mismo. Rueda y Palacios reaccionaron- como era nuestra costumbre frente a todo lo que pasaba- con indiferencia a mis palabras.
Me acosté en el piso y comencé a introducirme entre las partes de la máquina, en dirección a lo más desconocido de ella, descubriendo nuevos engranajes de todos los tamaños que se encadenaban unos con otros, largos tubos de metal, sistemas complejos y chorros de grasa que los lubricaban.
Con mi cabeza más aceitosa que nunca y los dedos negros avancé hasta toparme con una caja enorme. Esto era lo que impedía el funcionamiento del artefacto. Con esfuerzo logré ponerme en pie, aunque debía torcerme para no golpear con el chapón que colgaba sobre mí. Saqué una llave inglesa de mi bolsillo y empecé a hacer palanca para que la caja se corriera de donde estaba. Se mostraba rígida y pesada y no parecía que fuera a ceder ni un milímetro. Allí fue cuando noté con curiosidad que había, sobre ella, unas inscripciones, unas letras que- por supuesto- me resultaban familiares.
Agudicé la mirada, tratando de leer con la poca luz que me llegaba por entre los tubos, caños, engranajes y chapas. Mis manos temblaban. 
Unos caracteres de imprenta desprolijos anunciaban: Lucas Fierro, 1998.

Continuará ...