martes, 28 de septiembre de 2010
El esclavo
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Para comer más panes (cambio de planes)
Pero claro, Tato los quería mirar mal y Pedrito en ese sentido no se quedaba atrás. Así parecían estar logrando algo “¡me miró! ¡La chica me miró mal!” decía uno cada tanto. Y con eso parecían estar más seguros que habían sido ellos.
Eso ya lo sabíamos desde la noche, cuando me di cuenta que nos faltaba la olla. Y me percaté yo porque para variar iba a ir a cocinar, de los otros no se puede esperar nada, y más valía no joderlos que sino me arruinaba el viaje en discusiones y no había ido para eso. El sur es para disfrutarlo, para sacarle el jugo y conocerlo todo.
Después de que nos dimos cuenta que no íbamos a poder cocinar nos fuimos a hablar con los del camping, a ver si alguien sabía algo de la olla. Y todo nos indicó que habían sido los tipos esos. Nos dijeron que ya se sospechaba, que en su pueblo los tenían tildados, que eran los que escuchaban Rata Blanca de noche y no te dejaban dormir. “Seguro son ellos” nos dijeron.
A la noche durante la comida, empezamos a divagar, siempre sobre el tema de la cacerola. Entonces acordamos que a la mañana, cuando los tipos se fueran a algún lado de excursión o lo que fuera, íbamos a entrar a su carpa a sacarles la olla. Siempre con cuidado y con el respaldo de la dueña del camping. Íbamos a llevar a todos a ver cómo los agarrábamos con las manos en la masa, con nuestra olla en su carpa y todo el camping viendo que eran culpables.
Pero a la mañana se nos desarmó el proyecto, porque ellos desarmaron su carpa.
Se iban a ir. Santi nos despertó y lo vimos. Estaban guardando todo en sus mochilas, seguro con nuestra cacerola entre su ropa. Pero no servía de nada quedarnos toda la mañana mirando cómo guardaban todo. No tenía sentido. No somos ningunos Sherlock Holmes.
Así que empecé a pensar alternativas. El problema estaba planteado: sin olla era imposible cocinar. Y no podíamos vivir atados a la caridad de ollas ajenas, porque entonces íbamos a estar limitados a sus tiempos, siempre condicionados.
Ahora la solución… una opción era pedirle a la de proveeduría del campamento de al lado que nos encargara una; pero no, no me cerraba. Por ahí era mejor que alguno se fuera a Junín a comprarla y volviera, podía ser yo. O sino nos volvíamos todos y seguíamos viaje para otra zona. Esa era otra posibilidad.
Pero los chicos no me escuchaban. Ellos seguían mirando cómo los ladrones se escapaban. ¡Ya estaba! ¡No había nada que hacerle!
Fue ahí cuando Lukac saltó con lo de seguirlos y toda esa estupidez. A veces pienso que el tipo tiene un porro incrustado en la nariz y vive drogado. ¡Lo que puede llegar a decir ese flaco pretendiendo que captemos la lógica o lucidez de sus proposiciones!
Pero el hecho es que los tipos se fueron, así que a los chicos no les quedó otra que concentrarse y pensar conmigo. Yo decía de volver todos y aprovechar para ver otro lugar. Tato me bancaba y Pedrito estaba indeciso, quería quedarse pero no sabía cómo hacer. Y Lukac se quería quedar, pero no decía ni porqué ni cómo pretendía hacerlo. Al problema no le seguían soluciones, sino delirios y quien sabe que cosas. Creo que ahí lo empezamos a joder con lo de los miedos. El tipo se quería quedar y no podía explicar porqué… era como una intuición sobrenatural o algo así; siempre se las tira de Buda.
En eso quedamos en que desarmábamos el campamento y nos íbamos, y Pedrito y Tato aprovechan para descansar un rato más. Típico, los flacos fueron al sur a dormir. Por su culpa no pudimos disfrutar los días enteros.
Yo me quedé organizando el desarmado sólo, porque Lukac desapareció en uno de sus delirios místicos, y recién unas horas más tarde pudimos tener todo listo para irnos.
En eso nos damos cuenta que había quedado la camioneta de los tipos y pensamos que tal vez la olla está ahí, y que si es así nunca nos vamos a dar cuenta. Pero igual podíamos romperle un vidrio o pincharles las gomas a los hijos de puta. Pero en eso vemos que un tipo inocente, que nada tenía que ver con la pelea, se sube a la camioneta y se va.
Al final nos volvemos a Junín en la camioneta que jugaba a acariciar los acantilados. Me acuerdo que estaba con bronca pero seguro de que era la mejor solución posible, de todos los casos analizados habíamos concluido democráticamente que así era.
Dejamos pasar una injusticia, pero no perdimos el día. Y además en Junín íbamos a tener tiempo para ver cómo rearmar el viaje y sacarle el máximo provecho a los días que nos quedaban, que al sur hay que disfrutarlo y sacarle el jugo.
lunes, 13 de septiembre de 2010
No se tiene dónde cocinar
jueves, 9 de septiembre de 2010
Saltos
Juan pasó por el comedor de su casa con la intención de irse a dormir una siesta. Sin embargo, al mirar el piano, decidió sentarse a tocar y ver que música le suscitaba el momento.
Era una agradable tarde de primavera, dulce final de una mañana acogedora y tranquila, y Juan estaba de buen humor. Un buen humor sencillo. Un buen humor que no era saltar y reírse constantemente, sino disfrutar el momento y apreciar el lado agradable de la vida. Solo eso. Un buen humor que era estar bien.
Se sentó en la banqueta, abrió el piano y se acomodó. Probó algunos acordes, buscó una tonalidad. La mano derecha se fue soltando y empezó a decir cosas; la mano izquierda la estimulaba con suaves acordes. Al principio la derecha decía mucho y no era clara. Empezaba para arriba, después saltaba y bajaba y hablaba de montañas y sueños pero a la vez lo terrible que es la vida, y una tensión mostraba lo difícil que es decidirse, y encima decidía mal y caía a un lugar que era un escalofrío. Después de nuevo había algo de montaña pero esta vez también había algo celta en la sonoridad. Juan entraba de a poco. Al principio un poco torpe, atropellado, gritando. Después volvió a hablar de los sueños y ahí empezó a quedarse. Los sueños esto, y los sueños aquello; que son un poco así pero también pueden venir desde acá. Las notas se empezaban a buscar unas a otras. Todo empezaba a fluir. Suave, armonioso. Desde atrás, casi suspirando, una brisa de acordes que se iba acomodando a una melodía sutil pero firme, una melodía que era como un conejito saltando y algo de una sonata de Motzart, pero Juan no se acordaba de cual.
La melodía fue variando, se fue acomodando, creció y volvió a bajar. Se lleno de tensiones y se simplificó. Fue redondas. Fue un conejito que saltaba tímido pero seguro. Conejito-sol, conejito-sol, conejito cae al si y se queda un ratito.
La música volaba, se soltaba del piano y dejaba de ser tecla-martillo-cuerda. Surcaba el aire. Conejito que salía de la casa y del otro lado de la pared se escuchaban sus saltitos, y del otro lado de la pared estaba Daniel regando unas flores; Daniel que se detenía y escuchaba atento. “Es verdad eso que dice el conejito sobre los sueños. Es verdad.”
Daniel dejó la regadera y se acercó a la pared. Lentamente se sentó en el pasto a escuchar, cuidando su columna que todavía resistía a pesar de sus más de 70 años, pero después de que cumplió los setenta ya no contó más.
Cerró los ojos y respiró conejito que saltaba sueños. Respiró profundo y tranquilo. Sonrió y empezó a balancear suavemente su cabeza acompañando la música.
Desde la ventana de su casa lo miraba su mujer, Marcela. Lo miraba llenar sus pulmones de vida; de amor a la vida.
Marcela no escuchaba conejito saltando pero lo veía en el rostro de Daniel.
Su vida de jubilada tenía mucho de eso; de detenerse en el medio de unos fideos que podían esperar para amasarse y mirar. Mirar una flor, una foto, un pájaro en la ventana o a su Danielito. Y detenerse. Recordar. Sonreír porque después de todo y a pesar de lo mucho que costó (y hay que ver lo que costó, que ellos sí que las pasaron duras) la vida es linda, y al dar los últimos pasos se da cuenta de que fue una bonita aventura, que valió la pena y el dolor, sí que valió.
