Cuentos cortos en español.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Carlos


Lo que sorprende de Carlos quizás sea su caminar. Es medio chueco de la pierna izquierda y por eso está siempre apoyado en el carrito: aunque en realidad no se apoya como cualquiera se apoyaría en la baranda de la escalera para bajar al subte asfixiante de enero en Buenos Aires; más bien es como si el carrito fuera parte de su cuerpo, sutilmente fundido en ese movimiento que ya no sería un caminar como cualquiera camina. Es una manera única de avanzar Carlos y carrito: Carlos arrastrando carrito, carrito soportando Carlos.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Efemérides


Efemérides amaneció dormido, y, todavía entre la luz de los ojos cerrados, soñando con campos de trigo, supo ponerse sus botas de lluvia y salir a la calle azul de tanto ruido y gente. El sol pegaba en algunas palmeras de una playa lejana y él se sentía poderoso mientras caminaba embriagado de oxígeno hasta aquel quiosco donde Efemérides se esperaba.
- Buen día,- le dijo a Efemérides el hombre que acababa de ingresar al local, dejando abierta la puerta del baño de servicio – un Marlboro box, por favor.
Ese día les pesaba todo: los riñones, las uñas e, incluso, el precio de las cosas, que no paraba de bajar.
-1, 20- se respondió.
Efemérides imaginaba mundos a sus espaldas, frente a él, a sus costados. Imaginaba todo lo que sucedía y, así, el negocio crecía, desapareciendo según la inestabilidad de su deseo. Dentro del negocio, Efemérides observaba realidades completamente diferentes, una encima de la otra, contemporáneamente fuera del tiempo.
Le fascinaban los productos, apilados uno encima del otro – igual que las mencionadas realidades- en ese mostrador de madera balsa. Unos, los que estaban en la base del montón desordenado, no se veían. Ésos eran, para Efemérides, los mejores, los más valiosos. Una vez, había metido su mano hasta el fondo y tomado un broche para colgar la ropa. Recordaba ese momento como si fuera a suceder mañana.
Tomó dos cajas de cigarrillos, saludó y ya estaba sentado en el colibuste; afortunadamente, una anciana le había cedido su asiento.
Evidentemente, gritó Efemérides, la gente se encontraba de mejor humor que de costumbre y algunos cantaban villancicos. Un estudiante, que en ese momento leía las recomendaciones nutricionales de un paquete de cereales a su lado, asintió con un ademán y agregó, también gritando, que este año había conocido al amor de su vida. Ella no lo sabía, pero se iban a casar y tener tres hijos. La gente aplaudió de pie, un niño le regaló un ramo de flores y un fotógrafo retrató toda la escena. Al día siguiente esa imagen sería tapa de todos los periódicos.
El colibuste iba a 313 megahertz por hora, atravesando concreto y ladrillo. De vez en cuando, el chofer debía bajar la velocidad para no llevarse puesta ninguna de las penas que se le cruzaban y, sin embargo, no se había atrasado ni un segundo de lo no pautado, de ningún cálculo que nadie había hecho. Efemérides veía su reloj y se alegraba de que, cada vez, fuera más temprano. Fábula, en el instante anterior, le estaría cocinando en el horno un pollo: sazonado como a él le gustaba, con mucho picante y misterio otoñal, y él llegaría antes que nadie.
Ahora, ella estaba acercando el fósforo al gas y metiéndose en la ducha; ella siempre tan sensual, tan erótica, tan sabrosa.
Porque la belleza de Fábula le generaba ansiedad, se bajó del colibuste de un salto. Las personas lo saludaban con pañuelos blancos sacados por las ventanas del transporte. El héroe cayó en un campo de algodón.
El algodón ya había sido cosechado y solo quedaban ramas secas en sus plantas. Efemérides se sintió volando entre las nubes.
La falta de gravedad. Ese era un problema con el que debía lidiar desde la victoria de la no-revolución. Con la caída del Régimen el año anterior, habían comenzado a desaparecer casi todas las leyes sobre las que éste se sostenía: toda la física que pesaba sobre los cuerpos y toda la metafísica que pesaba sobre las almas. Miles de personas habían perdido sus empleos y, con ellos, la necesidad de tenerlos. El ocio era tan natural que no existía palabra para denominarlo; las nuevas generaciones humanas nacían sabias y enseñaban a las más viejas, las religiones solo existían en los libros de historia, y nadie leía aquellos libros, aunque eran tomos tan grandes y pesados que resultaban de gran utilidad para construir hogares, puentes y arcos de fútbol.
Fábula había sido una de las líderes de la no-revolución. Un día le había dicho a Efemérides:
-Esto debe cambiar.
Y a la mañana siguiente ya había sucedido. Había sido la revuelta más corta y ordenada de todos los tiempos. Pero había costado innumerables ilusiones y la poderosa voluntad de Fábula. Por eso la amaba. Por eso y porque sabía patinar mejor que nadie, mejor que ella misma.
Efemérides llegó a lo de Fábula. El pollo estaba listo, sazonado con las más exóticas hierbas; solo faltaba matarlo.
-El honor es tuyo, querido- le dijo Fábula a Efemérides mientras le acariciaba una idea.
         Efemérides tomo al ave por el cuello, la olió profundamente y le arrancó el cogote. La cocina se inundó de paz, de luz, harina y más luz.

martes, 4 de diciembre de 2012

Zamba




Hay quienes creen que a ciertas horas del día no se debe escuchar música. Estas personas sostienen que mientras el sol nos cobija, los hombres hemos aprendido a escapar a su hechizo o al menos a atenuarlo, pero cuando la noche cae su fuerza se multiplica y con ella, la capacidad del ritmo, la melodía y armonía, de tirar abajo todas nuestras defensas. Se sospecha que cerca de las tres de la madrugada es el horario más peligroso, aquel en que somos más frágiles y, entonces, ellos aprovechan para atacar. No sé si será cierto pero tampoco sé si algo de todo lo que se dice en este desbocado mundo sea cierto.
De lo que sí puedo hablar es de aquella noche en la que me había quedado revisando las notas de una novela que planeaba escribir. Deseaba avanzar con esa obra, tan imposible como genial esperaba que fuera. En algún momento las musas me habían abandonado por lo que decidí excitarlas, traerlas de nuevo con la magia de aquel disco de La Negra que tanto me gustaba (ayudaba también media copa de vino). Esa mujer y su voz solían despertar todos mis sentidos y a las dueñas de la inspiración volverlas locas: musas eróticas, jugando y sonriendo, musas que arrancaban pedazos de mi universo interno.
Puesto el disco, les tomó solo tres notas despertarse y dos más sacarme de mi letargo mental. Me pusieron a caminar por el salón, con mi copa en la mano. Era una noche fresca de primavera, de un día particularmente calmo. La Negra y otro hombre cantaban al desamor

“No sé para qué volviste, si ya empezaba a olvidar.”

Al principio me concentré en la letra, y, como amante de las historias que soy, en aquello que relataba. Empezaba a recordar y a oír, como si ambas acciones fueran una misma cosa, que se trataba de un hombre que sufría la melancolía de un amor que vuelve, pero como la cruel realidad de algo que no puede ser. Quise imaginar los dos personajes, el hombre y su amada, y situarlos en un escenario: aquella humilde casa de campo donde él llora, una noche igual a la mía, todas sus penas. Vi la ingenuidad de la mujer, la vi queriendo acercarse con las mejores intenciones, tal vez impulsada por su inocente nostalgia. La vi atacando con su bella ingenuidad, rasguñando al hombre, hiriéndolo de muerte en cada uno de sus detalles de india, en su mirada lejana y simple, en sus pocas palabras.
Por supuesto, casi nada de esto que intuía aparecía enunciado en la letra de la canción. En ella, apenas se veía un boceto de lo que despertaba en mí. En aquel perfecto borrador  descansaba toda la potencia de una historia, toda la vida contenida en forma de pena. Y yo recordé.
Recordé un poema escrito por mí unas décadas antes, manchado con una lágrima.
Recordé a mi madre. Recordé su sobria tumba.
Recordé el tren con su amarga bocina, su furia y al amigo en las vías.
El rincón, la penitencia esperando que del trabajo vuelva el padre.
Recordé mi infancia y sus juegos, que no volverían. Otro niño, él sin infancia, pidiendo plata en un vagón. Los amigos eternos de la adolescencia a los que ya no les hablaba. Recordé los sueños, el amor y otros supuestos.
Recordé un no, otro no más cruel, y el no como la tónica en la escala de mi vida. Dos bombas nucleares y toda el hambre. Los disparos, una serie de vídeos en Internet, sangre. Un llanto solitario en el sur, el mío. Una carta.
La nada.
Me vi hiriendo a alguien, un poco intencionalmente. La vi a ella volviendo, ella huyendo, ella volviendo de la mano de otro. Una flor marchitándose en un libro. El otoño. Un jardín en decadencia. Recordé la sabiduría de los hombres de la tierra, velada por la necedad de mi civilización. Un niño pidiendo plata, otra vez, en el tren furioso, y mi amigo en las vías.
El tráfico y la contaminación. El tráfico en un hombre acalorado golpeando a otro hombre. Todos los hombres golpeando a todos los hombres. La contaminación en los pulmones de mi abuela.
Mi madre, su tumba. Un niño pordioseando, mi infancia, los sueños no cumplidos. El niño, mi no, su hambre, el niño, ¿sus juegos?
-Tal vez -pensé, queriendo volver a la canción y evadir este espacio tan desconocido para mí- solo exista una tristeza, y es la misma para todos: para el amante de la historia, para el autor de la canción y para mí.
Mis ojos se habían humedecido. Había algo muy cierto en todo eso. No era solo el sentimiento más infeliz expresado en la historia de un hombre y una mujer, sino -pensaba- el sentimiento fuera de ella, el sentimiento como un universal, como aquello propio del hombre. Ocasionalmente, solo ocasionalmente, se había trasladado al piano, a una letra, a una guitarra, luego a la voz más poderosa de mi país. Pero no les pertenecía a ninguno de ellos.
Pero ¿qué importaba cuál era la naturaleza de esta experiencia? En definitiva, me había aplastado, eso era lo cierto, lo real, lo importante. La pena, llamémosle así, era en ese tiempo mi espacio. Eso no había sido parte del plan. Yo había querido seguir escribiendo mi novela, ordenar mis notas, volverlas palabras, irme a dormir y acá estaba. 
Cuando era joven creía que la buena escritura venía de las emociones profundas, pero con el tiempo asumí que era de la fría manipulación de aquellos recuerdos que salían las mejores obras. Al menos así lo imaginaba escribiendo al Borges que tanto admiraba, y ese había sido mi método hasta entonces. En esta oportunidad, había sido superado. No podría escribir así. Ni siquiera creía que fuera posible irme de allí: de esa pena que era tiempo y espacio a la vez.
Debía vencerla, tomar nuevamente las riendas de mi vida, como siempre lo había hecho. 
Como siempre: por eso no había llorado a mi madre, y en cambio me había ocupado en regalarle a su cuerpo una parcela elegante en Verdes Praderas, para que, como reina egipcia, tuviera un más allá lujoso, rodeada de personas ricas y jardines. Por eso el traje y el ritual tan igual a otros: un sacerdote que no la conocía hablando de ella, de la vida y del "más allá". No de su vida, no de su muerte. Así, la promesa universal del cielo había sido para mi la tranquilizadora respuesta que había alejado el suceso. Así había podido soportar lo misterioso de la particular extinción de mamá. La muerte de Carla había sido convertida en la muerte en general, de Carla la que amasaba los ñoquis, de Carla mi viejita, la que amasó aquella vez los ñoquis que comimos en la mesa redonda con mi hermano, mediodía cálido en que anuncié que me casaba y la vi alegre, como nunca, con los ojos brillosos, acercando su sabrosa salsa. Como nunca (siempre mejor que nunca), y luego ella silbando, ella acercando un café, ella viéndose trascender en el hijo que yo todavía no tenía pensado tener con una mujer. Aquella muerte podría haberse tornado en una pregunta irresoluble, en llanto profundo, en silencio de cinco meses y raptos de locura. Todo el tiempo en todo el espacio, como mi pena. No La Pena, en general, sino ésta, mi pena.
Me encontraba abrumado por estas imágenes cuando la música se cortó repentinamente. Me di cuenta que algo estaba aconteciendo, pero aún no entendía bien de  qué se trataba. El escritorio donde me encontraba empezaba a oscurecerse, yo comenzaba a sentirme más liviano. Simplemente lo intuí: caminé hacia el reproductor donde giraba el disco y lo expulsé. Todo se volvió luz.
Hay quienes creen que la materia es simplemente una excusa para el resto de las cosas, para la energía, para lo espiritual, para lo divino, para lo humano. No sé si eso será cierto, en verdad creo muy pocas de las cosas que se rumorean. Lo que sí puedo decir, es que aquella noche, yo abandoné mi cuerpo. No morí. Simplemente me dejé transportar a otra realidad. Abandoné mi novela, mi casa, mi gente y comencé a habitar en ciertas frases musicales, en algunas letras, en detalles casi imperceptibles. A veces le canto a mi madre, otras al niño, otras al sueño, otras a ella. A veces soy solo un par de notas.

lunes, 26 de noviembre de 2012

De zapatillas y bastones


¿Me da una monedita? Para comer. Mateo. Diez. ¿Me da la monedita? Gracias. Que Dios lo bendiga.
Cuando salgo del subte me pongo las zapatillas. Están justo detrás de la moldura de un kiosco de diarios en la estación Catedral. En general me da frío en los pies, pero el señor del subte me dice que es mejor en patas; por eso yo voy en patas, porque sé que a él hay que hacerle caso.

domingo, 21 de octubre de 2012

Miriam II (sobre las flores)

( http://deloquecontamos.blogspot.com.ar/2011/10/miriam-i-sobre-la-timidez.html )


Una semana después murió papá. En casa todo se vino abajo. Pablo no volvió por mucho tiempo, mamá lloraba y nosotros no sabíamos qué hacer. Y ahí de a poco Miriam fue apareciendo más y más.
Siempre silenciosa, se movía discreta entre la cocina y el cuarto. Cortaba unas papas, lavaba las tazas de la merienda y la abrazaba a mamá.

lunes, 15 de octubre de 2012

Quién es Ana

Él apoyó su mano sobre el hombro de la joven y la obligó a darse vuelta y salir de ese placar oscuro donde solía descansar. El olor a cuero, a pasto seco, a vaca flaca y a chozas hechas de junco y barro invadieron la sala. En medio de estas sensaciones volvió su perfume, una primavera a lo lejos, un campo, y un verano en la playa.
-A vos los años no te tocan. Estás igual que la última vez- le dijo Agustín sonriendo exageradamente, tratando de transmitir con su voz una calma que no tenía, que el corazón no se le había acelerado; ni le faltaba el aire. Tampoco los nervios o la inmadurez.
- Vos en cambio estás tan cambiado. Al menos tu cuerpo.- Lo miraba- ¿Seguís esperando entenderlo todo?- lanzó con una sonrisa que buscaba provocarlo.
La voz siempre igual de suave, las palabras tan precisas: llegaban a ese lugar al que Agustín no dejaba ingresar a nadie más. Ana sabía de él lo que nadie  y tenía palabras exactas para penetrar en su coraza y hacer rebrotar miles de sentimientos, sueños e ideas guardadas. Eran silencios que querían romperse, como ese que acaba de revivir. 
"Definitivamente los años han pasado" pensó él con dolor. Miró su mano, arrugada, las venas violetas, los temblores. Temblaba de viejo. Hace más de una década (¿dos quizás?) que lo hacía y ésto lo apenaba. Ella, en cambio, no tenía una sola arruga; ni siquiera una peca -lo cual correspondía a esa piel tan blanca, a tanta juventud-. Bueno, tal vez tenía una peca: allí, unos centímetros arriba de la comisura de los labios que ahora sonreían. Si, definitivamente siempre había tenido una peca. Y ojos azules, profundos ojos: misteriosa profundidad de océano en la mirada. Ojos perfectos, modelos para los otros ojos que él había visto en su vida.
-¿Entonces ahora tengo una peca?. Eso es nuevo. La vejez te está jugando una mala pasada Agus. ¿O mejor te digo abuelo? Podrías ser mi abuelo ¿te das cuenta?- la burla le dibujo una sonrisa.
- Ana, no seas tan dura conmigo.
- No me llames Ana; por respeto a ella, al menos.- su sonrisa fue mudando a una mueca seria- Agustín, yo no soy más dura de lo que vos sos con vos mismo. Vos sos quien me retiene acá, así, de esta manera.
Él ya lo sabía. Ya lo habían conversado ciertos de veces.
- El miércoles vi dos adolescentes en el tren. Éramos nosotros, a los dieciséis. Y de nuevo eras vos en la fila del banco cuando fui a cobrar la jubilación, digo, por los ojos azules y la cara despreocupada...-Agustín cerró el puño y tragó saliva- y esa noche en una estúpida película de amor. Vos sabés que yo no creo en esas cosas, pero es aburrido ser viejo, y estar solo.
- Yo tampoco creo en eso.
- Ya sé. Nosotros nos reíamos, siempre nos reíamos de eso.
- Se reían.
- Nos... si: ella y yo. Vos no. De eso te quería hablar. Ahora lo veo claro: vos no sos Ana.
- Yo no soy Ana, Agustín.
- Pero son tan parecidas. Digo: los ojos misteriosos, la piel de papel, ese pelo oscurísimo, la risa interminable. Son demasiadas coincidencias.
- Basta con todo eso. ¿Para qué me trajiste de nuevo?
- Quiero saber... quería preguntarte Ana: ¿quién sos?
- No soy Ana.
Ambos se quedaron callados, él lamentaba su torpeza. Agustín rogaba que ella no escuchara el corazón sonando. Un golpe de djembe en medio de un ritual, seguido de otro y otro. Africa. PUM PUM. Se oía a los negros gritando alrededor, las máscaras de animales-dioses, la furia, el fuego en el medio, todo el baile. Todo eso en su interior y ella, fantasma juvenil, esperando una reacción del viejo. ¿Quién sos? pensaba Agustín, pero no podía exteriorizarlo, tal vez por los calmantes. Temía la respuesta y no estaba dispuesto a dejar partir a Ana, a ninguna de las dos, no justamente ahora.
El gurú de la tribu se acercó a él. Puso la mano sobre su pecho y dijo algo en un idioma que al joven Agustín le resultaba indescifrable. Estaba delirando y aparentemente con fiebre, pero comenzaba a recordar: la excursión, las máscaras, la figura perfecta de su amada dejándose llevar por la música, aquel trago compartido en el extasis del baile y el desmayo. ¿Dónde estaba Ana? ¿Había llegado Ana con él hasta ese lugar? ¿Quién era Ana?. Hizo un esfuerzo y abrió los ojos.
- Ana- dijo con el aliento entrecortado.
- No soy Ana- dijo la enfermera del hospital.
Agustín cerró los ojos, estaba mareado. Veía a una mujer vestida de blanco cambiándole la bolsa transparente con ese líquido al lado de su cama, a Ana, y a esa otra mujer: Laura. Le sonreía con una complicidad de esposa que a Agustín le daba asco. Eso, los hijos tan serios, Buenos Aires tan real, y sobretodo las cuentas. Su vejez. Cerró los ojos, pero aún escuchaba las voces.
- Mi amor, tranquilo, vas a estar mejor.
No era Ana, era la otra mujer. Aún se escuchaban los bombos, cada vez más acelerados, como el sonido del aparato midiendo sus pulsaciones de un corazón anciano. Los gritos de la enfermera y Laura, la avejentada esposa.
- ¿Quién sos?- le preguntó Agustín al gurú de la tribu.
Los bombos cesaron, los bailes también, ella salió del fuego y tomo el brazo del negro sacerdote que miraba a Agustín. Lo miró y él pudo ver sobre su boca una peca.
- Ya era hora de que preguntaras.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Después de la lluvia


Era martes y acababa de dejar de llover. El living estaba envuelto en las penumbras de un atardecer de otoño, en esa atmósfera de lento renacer del mundo que suele suceder a las grandes tormentas. Todo estaba como detenido.
Verónica y Lucas se miraban callados, sus cansancios entrelazados. Estaban sentados a una mesa donde solo había un mate lavado y un termo al que a esta altura ya se le habría enfriado el agua.

martes, 31 de julio de 2012

Relato desvinculado

(si querés estás obligado a seguir los vínculos, o no; pero sigue, o no)
Lo del arito fue lo que me trajo acá, a esta sala de espera inmensa, infinita.
Hay una hilera de diez sillas en las que estamos sentados diez sujetos. Y después, hacia atrás, siguen filas y filas de diez bancos hasta donde mi vista alcanza a ver (y cuando tengo puestos mis anteojos mi vista alcanza a ver muy lejos). Pero no hay nadie más. Las sillas están vacías.
Desde que llegué no hablé con nadie; y ya no me acuerdo si es así porque lo decidí, o no hablo porque no se puede, o si yo no tengo la capacidad esa de entenderme por sonidos (algo demasiado extravagante para mi gusto, de todos modos).
El señor que me da los alimentos pequeñitos como una uña y que me dan sueño tampoco produce sonidos al mirarme. Solo me da los diminutos óvalos de colores y se asegura de que los trague (aunque no tiene que hacer ningún esfuerzo, ya que paso el día entero esperando el momento de tragar y calmar, de dejar estas marañas del pensar, de olvidarme por un rato de los otro nueve y voltearme a mirar el fluir de las sillas hacia el infinito.

Erre

Y siempre que me piden la verdad yo se los digo. Fui yo. El del arito fui yo. Yo soy tu padre. Yo maté a Mufasa.
Estaba esperando que se metieran dentro de mi boca con todos esos aparatos, y mi vista estaba en la oreja de la chica justo delante de mí. No es que tuviera nada en especial, solo que mi mirada se había quedado ahí y yo navegaba en mis pensamientos sin dar especial atención a la información que me traía la vista. Pero ahí estaba esa oreja con ese arito. Y se me ocurrió que no estaba bien agujerearse la oreja. Y que además eso me daba poder sobre ella.
Es como cuando estoy cerca de una avenida y pienso que con empujar al que está al lado; con solo empujarlo cuando viene un auto. O soltar una piedra a la altura del parabrisas, total con la velocidad por la que vienen en las avenidas.
Y yo pensaba en esto y pensaba en las ganas de irme de camping; lejos de todo este ruido de sonidos en autos y personas. Pensaba agarrar mi pasacasetes viejo y dejar atrás todas estas interminables esperas cuando empecé a pensar en eso de las avenidas y ahí estaba la oreja con el arito. Y de repente me di cuenta que llevaba un tiempo mirando fijamente el punto exacto de la oreja donde se agarraba el arito. En muy poco tiempo mi mano viajó hacia la oreja, agarró el arito y volvió hacia mí. Mi mano se abrió y ahí estaba el arito. Casette. Pero ya no se percibía el lindo dorado porque de repente se había cubierto de ese dulce y empalagoso líquido rojo que da asco y excita. Bolsa, bolsa. Entonces algo del tiempo o del espacio se detuvo. Arito. Y esa roja calidez me arrebató intensamente, me embriagó. Espera. Rojo.


http://www.deloquecontamos.blogspot.com.ar/2012/07/relato-desvinculado.html

domingo, 1 de julio de 2012

Solo Soy



A veces me pongo a pensar en esto de que siento que vibra en mi interior un grito de miles de años. Grito fuerte, intenso, que resuena sin atravesar jamás mi garganta. ¿Es solo mi deseo, solo mi inquietud de hoy la que hace latir dentro de mí al Inca que quiere gritar? Grito gutural. Jamás podría un diccionario abarcar su significado.
Yo prefiero pensar que hay una cultura ancestral que llega hasta mí, a través de los ojos que vieron cordillera, a través del viento que trae tierra y mi sangre que lleva tanto pueblo.
Mi Inca quiere gritar porque siente que lo mataron. Porque arrasaron con sus hermanos sin piedad, porque les quitaron toda dignidad. Porque sabe que también ellos, los Incas, fueron a veces españoles con otros pueblos. Porque sabe que también devastaron tribus. Por eso grita con tanta intensidad. Porque muere y mató; y en ese alarido todo se despide de la vida.
Pero el Inca también tiene vida. Lo sé en mí. Sé que esta dentro mío. Y podrán encontrarle explicaciones psicológicas que serán muy validas, pero acá está el Inca latiendo. Y si late vive.
Mataste y moriste; viviste y vivís.
Todo acá es tan vida y muerte. Tan paz y dolor. Tan violencia y gestos de amor. Es el grito que suena y se entrecruza con una suave canción de cuna. La canción de cuna que le cantaba la madre a ese Inca cuando era solo un bebe, cuando acunado en sus brazos era pura promesa.
Después fue cuchillo en mano para ampliar la frontera hacia donde la cordillera se pone más fría. Y más tarde, cuando ya era un guerrero tan valorado, vino lo otro: los otros hombres a los que hicimos dioses y que nos hicieron perros. El miedo. La incertidumbre. La lucha. La sangre que vuelve tan lejana la canción de cuna. Y después sentir que ya había perdido ese dulce arrullo y solo me quedaba expirar mi historia con ese grito que raspó mi garganta hacia una tierra que se me perdía.
Y ahora vuelvo a nacer. O a conectarme cada vez más con una conciencia que despierta a mí.
Soy esta vida y también aquella muerte. Soy la paz, soy dolor. Solo soy. Contradicciones, humanidad,  tantas idas y vueltas enredadas y complejas como mil ríos que de repente tienen que fluir por el mismo caudal; y tanto lio porque vienen de tanto antes, cada uno tan él en su yo. Soy tu voz. Soy tu yo. Solo soy.
Solo soy una gota de uno de esos ríos en el inmenso caudal; pero por eso mismo soy el caudal.
Me despierto al Inca y el grito vuelve a ser lo que era y siempre fue: melodía que la madre le cantó al niño que se llenaba de vida. Digo tu verdad; vivo tu ilusión. Sueño con el mismo mar y soy parte de tu río. Soy paz que surge del dolor; soy vida que se abre de la muerte; soy canción de cuna que vuelve a nacer al final del grito.
Y ya no soy cuerpo individual porque disuelvo la barrera que me separa del resto del río, que me separa de vos. Mi carne vibra suave y ya no se toca: se escucha. Tan extraño y tan dulce. Soy dolor. Soy la paz. Solo soy.
Solo soy una canción. Siento la transformación, el sutil transmutar de cuerpo a melodía. Solo soy notas que se suceden; una frase tan corta en un tiempo tan inmenso, tan suave en una sinfonía tan intensa. Y sin embargo tan dulce porque es llanto y canto lleno de vida de una madre a su pequeño Inca, a su pequeño niño de ayer y hoy.
Soy mi yo que grita en su soledad; disolviéndome en la armonía de la tenue melodía. El viento me arrastra y soy sonido. Soy la paz. Soy dolor. Solo Soy.

domingo, 6 de mayo de 2012

La inocente imaginación


El hombre tomaba café en un elegante bar ubicado en el centro de San Isidro, un lugar de aquellos que, como tantos a lo largo y ancho de Argentina, aún conservan las iglesias, los árboles y las casas de otro tiempo en que eran habitados por apenas un puñado de familias. La calle era adoquinada y la mayoría de los edificios que había sobre ella eran de estilo colonial. El local, sin embargo lucía moderno, contaba con televisores de última tecnología que colgaban de las paredes y servicio Wi-Fi.
Él se llamaba Fernando, era un mediano empresario que comenzaba a ver crecer su negocio de venta de velas y fanales. Pese a este progreso económico, todavía le resultaba imposible costear el alquiler de una oficina, por lo que trabajaba a veces desde su casa y otras desde este bar, donde ni estaba su mujer interrumpiéndolo ni llamaban los insoportables empleados de telemarketing.
Sin embargo, en este momento Fernando no se dedicaba a su trabajo, sino que leía en el diario una noticia policial de un hombre muerto en un asalto. “Una historia repetida” pensó, ajeno a todo sentimiento. ¿Cuántos eran los muertos de cada día en los diarios? Según lo veía él, para los periódicos solo se trataba de relatar historias, no de dar noticias. Aquí un muerto, aquel otro muerto, todos el mismo muerto repetido hasta el hartazgo de los lectores.
Al café, se dio cuenta en ese momento, le faltaba azúcar. Por eso alzó la cabeza, buscándola contenida en alguno de los sobres de la mesa. Lo que vio, en cambio, le hizo olvidar su problema.
Unos metros frente a él se sentaba una mujer que hablaba por celular y en la misma mesa un niño que debía ser su hijo. Tendría seis o siete años. Lo miraba fijamente, y con cara exageradamente seria y hostil. Tenía los ojos a medio cerrar, el entrecejo fruncido y los labios estirados hacia delante, como si fuera a dar un beso al aire. Graciosamente, en el momento en que la mirada de Fernando lo encontró, el niño, que entonces le daba la espalda a su madre y miraba de frente al hombre, se giró ciento ochenta grados, posicionándose de frente a la señora.
Al empresario le causó gracia la reacción del niño y pensó que con ello, en vez de lograr disimular su impericia, la había vuelto más evidente. Fernando pensó que hubiera sido mejor para el niño mover la mirada hacia algún punto cercano, como para generar incertidumbre respecto a si el empresario era su objetivo, o lo era cualquier otra cosa en un rango cercano. Esto era lo que él mismo hacía cuando alguna mujer lo descubría en el instante en que observaba algún rasgo prodigioso del cuerpo femenino.
Fernando volvió la mirada al diario, aunque, en verdad, su cabeza seguía ocupada con aquella insignificante escena que acababa de presenciar. Por eso, apenas transcurridos unos minutos, la curiosidad lo llevó nuevamente a la mesa del niño y su madre. La mujer seguía hablando por celular y el muchacho ahora no solo lo observaba: le apuntaba con una pistola inmaterial, mortal en la imaginación del pequeño. Era un juego de soldados y Fernando tenía todas las de perder. El nivel de detalle con el que el niño representaba su papel era sublime: la mano derecha sosteniendo el mango y apoyándose sobre el gatillo; la izquierda, por debajo, dando firmeza y ayudando a mejorar la puntería.
Fernando decidió taparse con el diario, porque no quería incomodar nuevamente el juego del chico con su mirada, pero no logró hacerlo a tiempo, porque éste se volvió a girar rápidamente, intentando disimular, otra vez, que planeaba asesinarlo.
Se río y se dijo “suficiente recreo por hoy Fernando, a trabajar”. Cerró el diario, volvió la vista sobre su computadora portátil y descubrió un mensaje de su agenda digital que le anunciaba que debía retirar las tarjetas personales con el número de celular actualizado que había mandado a hacer. En veinte minutos la imprenta estaría cerrada.
Pidió la cuenta, cerró su computadora, devolvió el diario, pagó y se encaminó hacia la puerta.
Antes de salir volvió por última vez la vista hacia la mesa del muchacho, queriendo averiguar si continuaban sus juegos. Nuevamente se encontraron las miradas, pero esta vez el niño no intentó disimular su acción. Lo miró fijamente y Fernando creyó leer en sus ojos un odio profundo. Divertido le devolvió una sonrisa y salió por la puerta.
Aún sin haber terminado de cruzar el umbral sintió un frío que lo estremeció. La humedad, las bajas temperaturas y el viento que sacudía las hojas con violencia, parecían una combinación terrible para su cuerpo. Se cerró el saco, ajustó su bufanda y comenzó a caminar hacia la imprenta. Normalmente le gustaba caminar por su ciudad y descubrir que ese espacio que un siglo atrás era los jardines de pocas familias hoy era tantas cosas, tantas culturas, tanta gente, tanto arte, tantas vidas diferentes. Pero en este momento no podía dejarse llevar por la belleza de los edificios, ni la de los árboles, ni la de los artesanos dispuestos a lo largo de las calles. El frío se hacía cada vez más intenso y ahora comenzaba a atravesarle el cuerpo. Parecía entrar por su columna vertebral y desde allí dispersarse por todos los nervios y todos los órganos; y la cabeza le estallaba de dolor. Se sintió obligado a aminorar su marcha, finalmente a detenerse. La mirada empezó a enturbiársele, las figuras a confundirse en su cabeza; sufría como nunca y debió agarrarse del tronco de un árbol para no caer. Su boca, de pronto, se llenó de un líquido espeso que brotaba desde su interior.
La gente que pasaba a su lado no reaccionó hasta que el cuerpo del hombre se desplomó pesadamente y un río de sangre comenzó a correr alrededor suyo. La vida se le escapaba escarlata por un pequeño agujero en su espalda.
Un hombre que cuidaba coches observó la caída y se acercó corriendo a asistirlo. La gente se paró horrorizada alrededor suyo, los autos se detuvieron.
 - Está muerto- dijo el hombre nervioso, y las señoras se taparon horrorizadas la boca.

jueves, 8 de marzo de 2012

(r)o(s)tro

Siente la punzante incomodidad de la gota de sudor naciendo en su axila y deslizándose irritante por su cuerpo. Es nuevamente parte de un subte atiborrado en otro febrero húmedo de esta Buenos Aires plagada de smog que vuelve a empezar un año de rutinas e imágenes grises. Siente como los cuerpos que lo rodean se frotan contra el suyo, oprimiéndolo. El áspero y ácido sabor del asco le sube por la garganta y le llena la boca.
Calor. Olor a sudor y pestilencias de docenas de hombres apretándose lejos de la luz del sol.
Que me trague la tierra, piensa. Que me trague la tierra. Mundo imberbe. Sociedad estúpida, sistema asqueroso, cultura consumista de mierda; lo que sea, tan mal pensado, tan sin sentido, tan poco humano ser un pedazo de cuerpo sudando y destilando aún los hediondos olores de la noche, a pesar de la ducha, y de que vale la ducha si de todos modos va a llegar hecha un asco al trabajo, maldito trabajo que no le aporta nada. Ah. Asco; desagrado de otro martes más; tantos martes más.
Una niña va intentando hacerse paso entre la gente pidiendo una moneda. Tiene uno de esos dulces rostros de sueño, de ganas de jugar.
Sus ojos se encuentran sin encontrarse.
Señorita, ¿no tendrá una moneda? Ella niega con la cabeza automatizada, molesta de que encima de todas las molestias del subte está allí esa niña molestándola. Si le hubiese dado una moneda seguro se la llevaba a su papá para que se compre vino.

Tiene 34 mails nuevos. Cada uno implica, seguro, una nueva tarea, una responsabilidad más. Suspira y es como si el aire que sale de su boca se uniera a todos los otros suspiros de tantos otros martes y otros días, de tantas como ella y tantos otros, de tanta historia de viajes en subte o en carreta o en nave espacial o quien sabe qué, y que importa.
Abre el primer mail y le viene el recuerdo del dulce rostro de sueño. Mueve su cabeza cerrando los ojos como si así fuera a sacarse la imagen de su pensamiento. Vuelve a mirar el mail pero sigue ahí en su mente ese dulce rostro de sueño, de ganas de jugar.
Ya no es concretamente el rostro de esa niña. Es más histórico, como más universal. Una imagen repetida en el tiempo, como sus viajes en subte; una demanda más infinita que sus martes.
“Sofía: El jueves a las 16hs tengo una reunión y para ese entonces necesito que tengas listo…”
Cuando le pide una moneda no le pide una moneda. Su mirada no es solo la de un cuerpo que necesita alimentarse. Porque a través de sus ojitos su alma pide mucho más. Pide…
De repente Sofía empieza a sentir eso que pide. Un fuerte golpe la invade en su alma; la colma una realidad inmensa: dulce rostro.
Infinito rostro con tanta vida; de tantas vidas. Rostro mojado, arrugado. La frente surcada por el cansancio y el labio inferior temblando levemente. Rostro de niño y de anciano. Rostro de inocencia en la forma en que se elevan las cejas. Rostro de trabajo, de piel curtida por el sol y por el tiempo. Rostro de esperanza en el brillo de los ojitos. Inagotable rostro en tantas caras, en tantos cuerpos, en tantos seres en tanto tiempo. Vasto rostro que pide en la historia, que ruega. Dulce rostro de sueño, de ganas de jugar.
¿Puede una revelación así marcar su vida? ¿De verdad siempre había convivido con ese rostro y nunca lo había visto? Y ahora que lo vio ¿puede olvidarlo? ¿O seguir su vida como si nada, sabiendo que ese rostro está ahí, mirándola? ¿O puede cambiar así, de un día para el otro?
Está como tildada, con los ojos fijos en ese corto mail, pero viendo otra cosa. Su compañera la mira algo extrañada:
-Sofía ¿estás bien? ¿Qué te pasa?

martes, 6 de marzo de 2012

Tu guitarra y vos



                      La expresión del alma, sin limites, sin miedo, sin restricciones, tan solo... dejándose ser.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Pluma

http://www.youtube.com/watch?v=dokYJnZSRFs&feature=related
Agua fría recorre mi cuerpo; lo abraza íntimo como solo una amante puede hacerlo. En momentos como este me vuelvo plenamente consciente de mi materialidad, desde adentro. Cierro los ojos, y si bien no puedo imaginar el volumen que ocupo, siento cada pequeño instante de mi cuerpo, transitado por caminos de agua, por gotas que son como delicados escalofríos de vida.

jueves, 26 de enero de 2012

Despedirse


Lo que intento hacerle entender a Pedro es que de a ratos tanto cariño asfixia. Pero él es así, demostrativo, yo, en cambio, nada que ver. Ojo, no es que no lo quiera, no es que no me importe, pero no me parece que haga falta. Hay semanas en las que nos vemos todos los días, especialmente ahora que estamos de vacaciones y entonces un beso para saludarnos, otro beso al rato y otro y otro, así todo el día.