Lo que
sorprende de Carlos quizás sea su caminar. Es medio chueco de la pierna
izquierda y por eso está siempre apoyado en el carrito: aunque en realidad no se
apoya como cualquiera se apoyaría en la baranda de la escalera para bajar al
subte asfixiante de enero en Buenos Aires; más bien es como si el carrito fuera
parte de su cuerpo, sutilmente fundido en ese movimiento que ya no sería un caminar
como cualquiera camina. Es una manera única de avanzar Carlos y carrito: Carlos
arrastrando carrito, carrito soportando Carlos.
Cuentos cortos en español.
sábado, 29 de diciembre de 2012
domingo, 16 de diciembre de 2012
Efemérides
Efemérides
amaneció dormido, y, todavía entre la luz de los ojos cerrados, soñando con
campos de trigo, supo ponerse sus botas de lluvia y salir a la calle azul de
tanto ruido y gente. El sol pegaba en algunas palmeras de una playa lejana y él
se sentía poderoso mientras caminaba embriagado de oxígeno hasta aquel quiosco
donde Efemérides se esperaba.
-
Buen día,- le dijo a Efemérides el hombre que acababa de ingresar al local,
dejando abierta la puerta del baño de servicio – un Marlboro box, por favor.
Ese
día les pesaba todo: los riñones, las uñas e, incluso, el precio de las cosas,
que no paraba de bajar.
-1,
20- se respondió.
Efemérides
imaginaba mundos a sus espaldas, frente a él, a sus costados. Imaginaba todo lo
que sucedía y, así, el negocio crecía, desapareciendo según la inestabilidad de
su deseo. Dentro del negocio, Efemérides observaba realidades completamente
diferentes, una encima de la otra, contemporáneamente fuera del tiempo.
Le
fascinaban los productos, apilados uno encima del otro – igual que las
mencionadas realidades- en ese mostrador de madera balsa. Unos, los que estaban
en la base del montón desordenado, no se veían. Ésos eran, para Efemérides, los
mejores, los más valiosos. Una vez, había metido su mano hasta el fondo y tomado
un broche para colgar la ropa. Recordaba ese momento como si fuera a suceder
mañana.
Tomó
dos cajas de cigarrillos, saludó y ya estaba sentado en el colibuste;
afortunadamente, una anciana le había cedido su asiento.
Evidentemente,
gritó Efemérides, la gente se encontraba de mejor humor que de costumbre y
algunos cantaban villancicos. Un estudiante, que en ese momento leía las
recomendaciones nutricionales de un paquete de cereales a su lado, asintió con
un ademán y agregó, también gritando, que este año había conocido al amor de su
vida. Ella no lo sabía, pero se iban a casar y tener tres hijos. La gente
aplaudió de pie, un niño le regaló un ramo de flores y un fotógrafo retrató
toda la escena. Al día siguiente esa imagen sería tapa de todos los periódicos.
El
colibuste iba a 313 megahertz por hora, atravesando concreto y ladrillo. De vez
en cuando, el chofer debía bajar la velocidad para no llevarse puesta ninguna
de las penas que se le cruzaban y, sin embargo, no se había atrasado ni un
segundo de lo no pautado, de ningún cálculo que nadie había hecho. Efemérides
veía su reloj y se alegraba de que, cada vez, fuera más temprano. Fábula, en el
instante anterior, le estaría cocinando en el horno un pollo: sazonado como a
él le gustaba, con mucho picante y misterio otoñal, y él llegaría antes que
nadie.
Ahora,
ella estaba acercando el fósforo al gas y metiéndose en la ducha; ella siempre
tan sensual, tan erótica, tan sabrosa.
Porque
la belleza de Fábula le generaba ansiedad, se bajó del colibuste de un salto.
Las personas lo saludaban con pañuelos blancos sacados por las ventanas del
transporte. El héroe cayó en un campo de algodón.
El
algodón ya había sido cosechado y solo quedaban ramas secas en sus plantas.
Efemérides se sintió volando entre las nubes.
La
falta de gravedad. Ese era un problema con el que debía lidiar desde la victoria
de la no-revolución. Con la caída del Régimen el año anterior, habían comenzado
a desaparecer casi todas las leyes sobre las que éste se sostenía: toda la
física que pesaba sobre los cuerpos y toda la metafísica que pesaba sobre las
almas. Miles de personas habían perdido sus empleos y, con ellos, la necesidad
de tenerlos. El ocio era tan natural que no existía palabra para denominarlo; las
nuevas generaciones humanas nacían sabias y enseñaban a las más viejas, las
religiones solo existían en los libros de historia, y nadie leía aquellos
libros, aunque eran tomos tan grandes y pesados que resultaban de gran utilidad
para construir hogares, puentes y arcos de fútbol.
Fábula
había sido una de las líderes de la no-revolución. Un día le había dicho a
Efemérides:
-Esto
debe cambiar.
Y
a la mañana siguiente ya había sucedido. Había sido la revuelta más corta y
ordenada de todos los tiempos. Pero había costado innumerables ilusiones y la
poderosa voluntad de Fábula. Por eso la amaba. Por eso y porque sabía patinar
mejor que nadie, mejor que ella misma.
Efemérides
llegó a lo de Fábula. El pollo estaba listo, sazonado con las más exóticas
hierbas; solo faltaba matarlo.
-El
honor es tuyo, querido- le dijo Fábula a Efemérides mientras le acariciaba una
idea.
Efemérides tomo al ave por el cuello,
la olió profundamente y le arrancó el cogote. La cocina se inundó de paz, de
luz, harina y más luz.
martes, 4 de diciembre de 2012
Zamba
Hay quienes creen que a ciertas horas del
día no se debe escuchar música. Estas personas sostienen que mientras el sol
nos cobija, los hombres hemos aprendido a escapar a su hechizo o al menos a
atenuarlo, pero cuando la noche cae su fuerza se multiplica y con ella, la
capacidad del ritmo, la melodía y armonía, de tirar abajo todas nuestras
defensas. Se sospecha que cerca de las tres de la madrugada es el horario más
peligroso, aquel en que somos más frágiles y, entonces, ellos aprovechan para
atacar. No sé si será cierto pero tampoco sé si algo de todo lo que se dice en
este desbocado mundo sea cierto.
De lo que sí puedo hablar es de aquella noche en
la que me había quedado revisando las notas de una novela que planeaba
escribir. Deseaba avanzar con esa obra, tan imposible como genial esperaba que
fuera. En algún momento las musas me habían abandonado por lo que decidí
excitarlas, traerlas de nuevo con la magia de aquel disco de La Negra que tanto
me gustaba (ayudaba también media copa de vino). Esa mujer y su voz solían
despertar todos mis sentidos y a las dueñas de la inspiración volverlas locas:
musas eróticas, jugando y sonriendo, musas que arrancaban pedazos de mi
universo interno.
Puesto el disco, les tomó solo tres notas
despertarse y dos más sacarme de mi letargo mental. Me pusieron a caminar por
el salón, con mi copa en la mano. Era una noche fresca de primavera, de un día
particularmente calmo. La Negra y otro hombre cantaban al desamor
“No sé para qué volviste, si ya empezaba a
olvidar.”
Al principio me concentré en la letra, y,
como amante de las historias que soy, en aquello que relataba. Empezaba a
recordar y a oír, como si ambas acciones fueran una misma cosa, que se trataba
de un hombre que sufría la melancolía de un amor que vuelve, pero como la cruel
realidad de algo que no puede ser. Quise imaginar los dos personajes, el hombre
y su amada, y situarlos en un escenario: aquella humilde casa de campo donde él
llora, una noche igual a la mía, todas sus penas. Vi la ingenuidad de la mujer,
la vi queriendo acercarse con las mejores intenciones, tal vez impulsada por su
inocente nostalgia. La vi atacando con su bella ingenuidad, rasguñando al
hombre, hiriéndolo de muerte en cada uno de sus detalles de india, en su mirada
lejana y simple, en sus pocas palabras.
Por supuesto, casi nada de esto que intuía
aparecía enunciado en la letra de la canción. En ella, apenas se veía un boceto
de lo que despertaba en mí. En aquel perfecto borrador descansaba toda la
potencia de una historia, toda la vida contenida en forma de pena. Y yo recordé.
Recordé un poema escrito por mí unas
décadas antes, manchado con una lágrima.
Recordé a mi madre. Recordé su sobria
tumba.
Recordé el tren con su amarga bocina, su
furia y al amigo en las vías.
El rincón, la penitencia esperando
que del trabajo vuelva el padre.
Recordé mi infancia y sus juegos, que no
volverían. Otro niño, él sin infancia, pidiendo plata en un vagón. Los
amigos eternos de la adolescencia a los que ya no les hablaba. Recordé los
sueños, el amor y otros supuestos.
Recordé un no, otro no más cruel, y el no
como la tónica en la escala de mi vida. Dos bombas nucleares y toda el
hambre. Los disparos, una serie de vídeos en Internet, sangre. Un llanto
solitario en el sur, el mío. Una
carta.
La nada.
Me vi hiriendo a alguien, un poco
intencionalmente. La vi a ella volviendo, ella huyendo, ella volviendo de la
mano de otro. Una flor marchitándose en un libro. El
otoño. Un jardín en decadencia. Recordé la sabiduría de los hombres de la
tierra, velada por la necedad de mi civilización. Un niño pidiendo plata,
otra vez, en el tren furioso, y mi amigo en las vías.
El tráfico y la contaminación. El tráfico
en un hombre acalorado golpeando a otro hombre. Todos los hombres golpeando a
todos los hombres. La contaminación en los pulmones de mi abuela.
Mi madre, su tumba. Un niño
pordioseando, mi infancia, los sueños no cumplidos. El niño, mi no, su hambre,
el niño, ¿sus juegos?
-Tal vez -pensé, queriendo volver a la
canción y evadir este espacio tan desconocido para mí- solo exista una
tristeza, y es la misma para todos: para el amante de la historia, para el
autor de la canción y para mí.
Mis ojos se habían humedecido. Había algo
muy cierto en todo eso. No era solo el sentimiento más infeliz expresado en la
historia de un hombre y una mujer, sino -pensaba- el sentimiento fuera de ella,
el sentimiento como un universal, como aquello propio del hombre.
Ocasionalmente, solo ocasionalmente, se había trasladado al piano, a una letra,
a una guitarra, luego a la voz más poderosa de mi país. Pero no les pertenecía
a ninguno de ellos.
Pero ¿qué importaba cuál era la naturaleza
de esta experiencia? En definitiva, me había aplastado, eso era lo cierto, lo
real, lo importante. La pena, llamémosle así, era en ese tiempo mi espacio. Eso
no había sido parte del plan. Yo había querido seguir escribiendo mi novela,
ordenar mis notas, volverlas palabras, irme a dormir y acá estaba.
Cuando era joven creía que la buena
escritura venía de las emociones profundas, pero con el tiempo asumí que era de
la fría manipulación de aquellos recuerdos que salían las mejores obras. Al
menos así lo imaginaba escribiendo al Borges que tanto admiraba, y ese había
sido mi método hasta entonces. En esta oportunidad, había sido superado. No
podría escribir así. Ni siquiera creía que fuera posible irme de allí: de esa
pena que era tiempo y espacio a la vez.
Debía vencerla, tomar nuevamente las
riendas de mi vida, como siempre lo había hecho.
Como siempre: por eso no había llorado a
mi madre, y en cambio me había ocupado en regalarle a su cuerpo una parcela
elegante en Verdes Praderas, para que, como reina egipcia, tuviera un más allá
lujoso, rodeada de personas ricas y jardines. Por eso el traje y el ritual tan
igual a otros: un sacerdote que no la conocía hablando de ella, de la vida y
del "más allá". No de su vida, no de su muerte. Así, la promesa
universal del cielo había sido para mi la tranquilizadora respuesta que había
alejado el suceso. Así había podido soportar lo misterioso de la particular
extinción de mamá. La muerte de Carla había sido convertida en la muerte
en general, de Carla la que amasaba los ñoquis, de Carla mi viejita, la que
amasó aquella vez los ñoquis que comimos en la mesa redonda
con mi hermano, mediodía cálido en que anuncié que me casaba y la vi alegre,
como nunca, con los ojos brillosos, acercando su sabrosa salsa. Como nunca
(siempre mejor que nunca), y luego ella silbando, ella acercando un café,
ella viéndose trascender en el hijo que yo todavía no tenía pensado
tener con una mujer. Aquella muerte podría haberse tornado en una pregunta
irresoluble, en llanto profundo, en silencio de cinco meses y raptos de locura.
Todo el tiempo en todo el espacio, como mi pena. No La Pena, en general, sino
ésta, mi pena.
Me encontraba abrumado por estas imágenes
cuando la música se cortó repentinamente. Me di cuenta que algo estaba
aconteciendo, pero aún no entendía bien de qué se trataba. El escritorio
donde me encontraba empezaba a oscurecerse, yo comenzaba a sentirme más
liviano. Simplemente lo intuí: caminé hacia el reproductor donde giraba el
disco y lo expulsé. Todo se volvió luz.
Hay quienes creen que la materia es
simplemente una excusa para el resto de las cosas, para la energía, para lo
espiritual, para lo divino, para lo humano. No sé si eso será cierto, en verdad
creo muy pocas de las cosas que se rumorean. Lo que sí puedo decir, es que
aquella noche, yo abandoné mi cuerpo. No morí. Simplemente me dejé transportar
a otra realidad. Abandoné mi novela, mi casa, mi gente y comencé a habitar en
ciertas frases musicales, en algunas letras, en detalles casi imperceptibles. A
veces le canto a mi madre, otras al niño, otras al sueño, otras a ella. A veces
soy solo un par de notas.
lunes, 26 de noviembre de 2012
De zapatillas y bastones
¿Me da una
monedita? Para comer. Mateo. Diez. ¿Me da la monedita? Gracias. Que Dios lo
bendiga.
Cuando salgo
del subte me pongo las zapatillas. Están justo detrás de la moldura de un
kiosco de diarios en la estación Catedral. En general me da frío en los pies,
pero el señor del subte me dice que es mejor en patas; por eso yo voy en patas,
porque sé que a él hay que hacerle caso.
domingo, 11 de noviembre de 2012
domingo, 21 de octubre de 2012
Miriam II (sobre las flores)
( http://deloquecontamos.blogspot.com.ar/2011/10/miriam-i-sobre-la-timidez.html )
Una semana después murió papá. En casa todo
se vino abajo. Pablo no volvió por mucho tiempo, mamá lloraba y nosotros no
sabíamos qué hacer. Y ahí de a poco Miriam fue apareciendo más y más.
Siempre silenciosa, se movía discreta entre
la cocina y el cuarto. Cortaba unas papas, lavaba las tazas de la merienda y la
abrazaba a mamá.
lunes, 15 de octubre de 2012
Quién es Ana
Él apoyó su mano sobre el hombro de la joven y la obligó a darse vuelta y salir de ese placar oscuro donde solía descansar. El olor a cuero, a pasto seco, a vaca flaca y a chozas hechas de junco y barro invadieron la sala. En medio de estas sensaciones volvió su perfume, una primavera a lo lejos, un campo, y un verano en la playa.
-A vos los años no te tocan. Estás igual que la última vez- le dijo Agustín sonriendo exageradamente, tratando de transmitir con su voz una calma que no tenía, que el corazón no se le había acelerado; ni le faltaba el aire. Tampoco los nervios o la inmadurez.
- Vos en cambio estás tan cambiado. Al menos tu cuerpo.- Lo miraba- ¿Seguís esperando entenderlo todo?- lanzó con una sonrisa que buscaba provocarlo.
La voz siempre igual de suave, las palabras tan precisas: llegaban a ese lugar al que Agustín no dejaba ingresar a nadie más. Ana sabía de él lo que nadie y tenía palabras exactas para penetrar en su coraza y hacer rebrotar miles de sentimientos, sueños e ideas guardadas. Eran silencios que querían romperse, como ese que acaba de revivir.
"Definitivamente los años han pasado" pensó él con dolor. Miró su mano, arrugada, las venas violetas, los temblores. Temblaba de viejo. Hace más de una década (¿dos quizás?) que lo hacía y ésto lo apenaba. Ella, en cambio, no tenía una sola arruga; ni siquiera una peca -lo cual correspondía a esa piel tan blanca, a tanta juventud-. Bueno, tal vez tenía una peca: allí, unos centímetros arriba de la comisura de los labios que ahora sonreían. Si, definitivamente siempre había tenido una peca. Y ojos azules, profundos ojos: misteriosa profundidad de océano en la mirada. Ojos perfectos, modelos para los otros ojos que él había visto en su vida.
-¿Entonces ahora tengo una peca?. Eso es nuevo. La vejez te está jugando una mala pasada Agus. ¿O mejor te digo abuelo? Podrías ser mi abuelo ¿te das cuenta?- la burla le dibujo una sonrisa.
- Ana, no seas tan dura conmigo.
- No me llames Ana; por respeto a ella, al menos.- su sonrisa fue mudando a una mueca seria- Agustín, yo no soy más dura de lo que vos sos con vos mismo. Vos sos quien me retiene acá, así, de esta manera.
Él ya lo sabía. Ya lo habían conversado ciertos de veces.
- El miércoles vi dos adolescentes en el tren. Éramos nosotros, a los dieciséis. Y de nuevo eras vos en la fila del banco cuando fui a cobrar la jubilación, digo, por los ojos azules y la cara despreocupada...-Agustín cerró el puño y tragó saliva- y esa noche en una estúpida película de amor. Vos sabés que yo no creo en esas cosas, pero es aburrido ser viejo, y estar solo.
- Yo tampoco creo en eso.
- Ya sé. Nosotros nos reíamos, siempre nos reíamos de eso.
- Se reían.
- Nos... si: ella y yo. Vos no. De eso te quería hablar. Ahora lo veo claro: vos no sos Ana.
- Yo no soy Ana, Agustín.
- Pero son tan parecidas. Digo: los ojos misteriosos, la piel de papel, ese pelo oscurísimo, la risa interminable. Son demasiadas coincidencias.
- Basta con todo eso. ¿Para qué me trajiste de nuevo?
- Quiero saber... quería preguntarte Ana: ¿quién sos?
- No soy Ana.
Ambos se quedaron callados, él lamentaba su torpeza. Agustín rogaba que ella no escuchara el corazón sonando. Un golpe de djembe en medio de un ritual, seguido de otro y otro. Africa. PUM PUM. Se oía a los negros gritando alrededor, las máscaras de animales-dioses, la furia, el fuego en el medio, todo el baile. Todo eso en su interior y ella, fantasma juvenil, esperando una reacción del viejo. ¿Quién sos? pensaba Agustín, pero no podía exteriorizarlo, tal vez por los calmantes. Temía la respuesta y no estaba dispuesto a dejar partir a Ana, a ninguna de las dos, no justamente ahora.
El gurú de la tribu se acercó a él. Puso la mano sobre su pecho y dijo algo en un idioma que al joven Agustín le resultaba indescifrable. Estaba delirando y aparentemente con fiebre, pero comenzaba a recordar: la excursión, las máscaras, la figura perfecta de su amada dejándose llevar por la música, aquel trago compartido en el extasis del baile y el desmayo. ¿Dónde estaba Ana? ¿Había llegado Ana con él hasta ese lugar? ¿Quién era Ana?. Hizo un esfuerzo y abrió los ojos.
- Ana- dijo con el aliento entrecortado.
- No soy Ana- dijo la enfermera del hospital.
Agustín cerró los ojos, estaba mareado. Veía a una mujer vestida de blanco cambiándole la bolsa transparente con ese líquido al lado de su cama, a Ana, y a esa otra mujer: Laura. Le sonreía con una complicidad de esposa que a Agustín le daba asco. Eso, los hijos tan serios, Buenos Aires tan real, y sobretodo las cuentas. Su vejez. Cerró los ojos, pero aún escuchaba las voces.
- Mi amor, tranquilo, vas a estar mejor.
No era Ana, era la otra mujer. Aún se escuchaban los bombos, cada vez más acelerados, como el sonido del aparato midiendo sus pulsaciones de un corazón anciano. Los gritos de la enfermera y Laura, la avejentada esposa.
- ¿Quién sos?- le preguntó Agustín al gurú de la tribu.
Los bombos cesaron, los bailes también, ella salió del fuego y tomo el brazo del negro sacerdote que miraba a Agustín. Lo miró y él pudo ver sobre su boca una peca.
- Ya era hora de que preguntaras.
lunes, 24 de septiembre de 2012
Después de la lluvia
Era martes y
acababa de dejar de llover. El living estaba envuelto en las penumbras de un
atardecer de otoño, en esa atmósfera de lento renacer del mundo que suele
suceder a las grandes tormentas. Todo estaba como detenido.
Verónica y
Lucas se miraban callados, sus cansancios entrelazados. Estaban sentados a una
mesa donde solo había un mate lavado y un termo al que a esta altura ya se le
habría enfriado el agua.
martes, 7 de agosto de 2012
martes, 31 de julio de 2012
Relato desvinculado
(si querés estás obligado a seguir los vínculos, o no; pero sigue, o no)
Lo del arito fue lo que me trajo acá, a esta
sala de espera inmensa, infinita.
Hay una hilera de diez sillas en las que
estamos sentados diez sujetos. Y después, hacia atrás, siguen filas y filas de
diez bancos hasta donde mi vista alcanza a ver (y cuando tengo puestos mis
anteojos mi vista alcanza a ver muy lejos). Pero no hay nadie más. Las sillas
están vacías.
Desde que llegué no hablé con nadie; y ya no
me acuerdo si es así porque lo decidí, o no hablo porque no se puede, o si yo
no tengo la capacidad esa de entenderme por sonidos (algo demasiado
extravagante para mi gusto, de todos modos).
El señor que me da los alimentos pequeñitos
como una uña y que me dan sueño tampoco produce sonidos al mirarme. Solo me da
los diminutos óvalos de colores y se asegura de que los trague (aunque no tiene
que hacer ningún esfuerzo, ya que paso el día entero esperando el momento de
tragar y calmar, de dejar estas marañas del pensar, de olvidarme por un rato de
los otro nueve y voltearme a mirar el fluir de las sillas hacia el infinito.
Erre
Y siempre que me piden la verdad yo se los
digo. Fui yo. El del arito fui yo. Yo soy tu padre. Yo maté a Mufasa.
Estaba esperando que se metieran dentro de mi
boca con todos esos aparatos, y mi vista estaba en la oreja de la chica justo
delante de mí. No es que tuviera nada en especial, solo que mi mirada se había
quedado ahí y yo navegaba en mis pensamientos sin dar especial atención a la
información que me traía la vista. Pero ahí estaba esa oreja con ese arito. Y
se me ocurrió que no estaba bien agujerearse la oreja. Y que además eso me daba
poder sobre ella.
Es como cuando estoy cerca de una avenida y
pienso que con empujar al que está al lado; con solo empujarlo cuando viene un
auto. O soltar una piedra a la altura del parabrisas, total con la velocidad
por la que vienen en las avenidas.
Y yo pensaba en esto y pensaba en las ganas
de irme de camping; lejos de todo este ruido de sonidos en autos y personas.
Pensaba agarrar mi pasacasetes viejo y dejar atrás todas estas interminables
esperas cuando empecé a pensar en eso de las avenidas y ahí estaba la oreja con
el arito. Y de repente me di cuenta que llevaba un tiempo mirando fijamente el
punto exacto de la oreja donde se agarraba el arito. En muy poco tiempo mi mano
viajó hacia la oreja, agarró el arito y volvió hacia mí. Mi mano se abrió y ahí
estaba el arito. Casette. Pero ya no se percibía el lindo dorado porque de
repente se había cubierto de ese dulce y empalagoso líquido rojo que da asco y
excita. Bolsa, bolsa. Entonces algo del tiempo o del espacio se detuvo. Arito.
Y esa roja calidez me arrebató intensamente, me embriagó. Espera. Rojo.
http://www.deloquecontamos.blogspot.com.ar/2012/07/relato-desvinculado.html
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lunes, 9 de julio de 2012
Microrelato con hipervínculos
La mañana, su niebla y el silencio nos arrastraron uno cerca del otro.
Miré a La Locura de frente y me dí cuenta que era parecida a dos ojos violetas salidos de sus órbitas que brillan y entienden, una apasionada mueca de lucidez, un pelo revuelto de originalidad. Era como saberlo todo junto y a la vez, pero no poder decirlo; un camino angosto para solitarios. Entonces le estreché la mano y nos despedimos, huyendo cada uno de aquello que podríamos ser.
Miré a La Locura de frente y me dí cuenta que era parecida a dos ojos violetas salidos de sus órbitas que brillan y entienden, una apasionada mueca de lucidez, un pelo revuelto de originalidad. Era como saberlo todo junto y a la vez, pero no poder decirlo; un camino angosto para solitarios. Entonces le estreché la mano y nos despedimos, huyendo cada uno de aquello que podríamos ser.
domingo, 1 de julio de 2012
Solo Soy
A veces me pongo a pensar en esto de que siento
que vibra en mi interior un grito de miles de años. Grito fuerte, intenso, que resuena
sin atravesar jamás mi garganta. ¿Es solo mi deseo, solo mi inquietud de hoy la
que hace latir dentro de mí al Inca que quiere gritar? Grito gutural. Jamás
podría un diccionario abarcar su significado.
Yo prefiero pensar que hay una cultura ancestral
que llega hasta mí, a través de los ojos que vieron cordillera, a través del
viento que trae tierra y mi sangre que lleva tanto pueblo.
Mi Inca quiere gritar porque siente que lo
mataron. Porque arrasaron con sus hermanos sin piedad, porque les quitaron toda
dignidad. Porque sabe que también ellos, los Incas, fueron a veces españoles
con otros pueblos. Porque sabe que también devastaron tribus. Por eso grita con
tanta intensidad. Porque muere y mató; y en ese alarido todo se despide de la
vida.
Pero el Inca también tiene vida. Lo sé en mí.
Sé que esta dentro mío. Y podrán encontrarle explicaciones psicológicas que
serán muy validas, pero acá está el Inca latiendo. Y si late vive.
Mataste y moriste; viviste y vivís.
Todo acá es tan vida y muerte. Tan paz y
dolor. Tan violencia y gestos de amor. Es el grito que suena y se entrecruza
con una suave canción de cuna. La canción de cuna que le cantaba la madre a ese
Inca cuando era solo un bebe, cuando acunado en sus brazos era pura promesa.
Después fue cuchillo en mano para ampliar la
frontera hacia donde la cordillera se pone más fría. Y más tarde, cuando ya era
un guerrero tan valorado, vino lo otro: los otros hombres a los que hicimos
dioses y que nos hicieron perros. El miedo. La incertidumbre. La lucha. La sangre
que vuelve tan lejana la canción de cuna. Y después sentir que ya había perdido
ese dulce arrullo y solo me quedaba expirar mi historia con ese grito que raspó
mi garganta hacia una tierra que se me perdía.
Y ahora vuelvo a nacer. O a conectarme cada
vez más con una conciencia que despierta a mí.
Soy esta vida y también aquella muerte. Soy
la paz, soy dolor. Solo soy. Contradicciones, humanidad, tantas idas y vueltas enredadas y complejas
como mil ríos que de repente tienen que fluir por el mismo caudal; y tanto lio
porque vienen de tanto antes, cada uno tan él en su yo. Soy tu voz. Soy tu yo.
Solo soy.
Solo soy una gota de uno de esos ríos en el
inmenso caudal; pero por eso mismo soy
el caudal.
Me despierto al Inca y el grito vuelve a ser
lo que era y siempre fue: melodía que la madre le cantó al niño que se llenaba
de vida. Digo tu verdad; vivo tu ilusión. Sueño con el mismo mar y soy parte de
tu río. Soy paz que surge del dolor; soy vida que se abre de la muerte; soy canción
de cuna que vuelve a nacer al final del grito.
Y ya no soy cuerpo individual porque disuelvo
la barrera que me separa del resto del río, que me separa de vos. Mi carne
vibra suave y ya no se toca: se escucha. Tan extraño y tan dulce. Soy dolor.
Soy la paz. Solo soy.
Solo soy una canción. Siento la
transformación, el sutil transmutar de cuerpo a melodía. Solo soy notas que se
suceden; una frase tan corta en un tiempo tan inmenso, tan suave en una
sinfonía tan intensa. Y sin embargo tan dulce porque es llanto y canto lleno de
vida de una madre a su pequeño Inca, a su pequeño niño de ayer y hoy.
Soy mi yo que grita en su soledad;
disolviéndome en la armonía de la tenue melodía. El viento me arrastra y soy sonido.
Soy la paz. Soy dolor. Solo Soy.
domingo, 6 de mayo de 2012
La inocente imaginación
El hombre tomaba café en un elegante bar ubicado
en el centro de San Isidro, un lugar de aquellos que, como tantos a lo largo y
ancho de Argentina, aún conservan las iglesias, los árboles y las casas de otro
tiempo en que eran habitados por apenas un puñado de familias. La calle era
adoquinada y la mayoría de los edificios que había sobre ella eran de estilo
colonial. El local, sin embargo lucía moderno, contaba con televisores de
última tecnología que colgaban de las paredes y servicio Wi-Fi.
Él se llamaba Fernando, era un mediano empresario
que comenzaba a ver crecer su negocio de venta de velas y fanales. Pese a este
progreso económico, todavía le resultaba imposible costear el alquiler de una
oficina, por lo que trabajaba a veces desde su casa y otras desde este bar,
donde ni estaba su mujer interrumpiéndolo ni llamaban los insoportables
empleados de telemarketing.
Sin embargo, en este momento Fernando no se
dedicaba a su trabajo, sino que leía en el diario una noticia policial de un hombre
muerto en un asalto. “Una historia repetida” pensó, ajeno a todo sentimiento.
¿Cuántos eran los muertos de cada día en los diarios? Según lo veía él, para
los periódicos solo se trataba de relatar historias, no de dar noticias. Aquí
un muerto, aquel otro muerto, todos el mismo muerto repetido hasta el hartazgo
de los lectores.
Al café, se dio cuenta en ese momento, le faltaba
azúcar. Por eso alzó la cabeza, buscándola contenida en alguno de los sobres de
la mesa. Lo que vio, en cambio, le hizo olvidar su problema.
Unos metros frente a él se sentaba una mujer que
hablaba por celular y en la misma mesa un niño que debía ser su hijo. Tendría
seis o siete años. Lo miraba fijamente, y con cara exageradamente seria y
hostil. Tenía los ojos a medio cerrar, el entrecejo fruncido y los labios
estirados hacia delante, como si fuera a dar un beso al aire. Graciosamente, en
el momento en que la mirada de Fernando lo encontró, el niño, que entonces le
daba la espalda a su madre y miraba de frente al hombre, se giró ciento ochenta
grados, posicionándose de frente a la señora.
Al empresario le causó gracia la reacción del niño
y pensó que con ello, en vez de lograr disimular su impericia, la había vuelto
más evidente. Fernando pensó que hubiera sido mejor para el niño mover la
mirada hacia algún punto cercano, como para generar incertidumbre respecto a si
el empresario era su objetivo, o lo era cualquier otra cosa en un rango cercano.
Esto era lo que él mismo hacía cuando alguna mujer lo descubría en el instante
en que observaba algún rasgo prodigioso del cuerpo femenino.
Fernando volvió la mirada al diario, aunque, en
verdad, su cabeza seguía ocupada con aquella insignificante escena que acababa
de presenciar. Por eso, apenas transcurridos unos minutos, la curiosidad lo
llevó nuevamente a la mesa del niño y su madre. La mujer seguía hablando por
celular y el muchacho ahora no solo lo observaba: le apuntaba con una pistola
inmaterial, mortal en la imaginación del pequeño. Era un juego de soldados y
Fernando tenía todas las de perder. El nivel de detalle con el que el niño
representaba su papel era sublime: la mano derecha sosteniendo el mango y
apoyándose sobre el gatillo; la izquierda, por debajo, dando firmeza y ayudando
a mejorar la puntería.
Fernando decidió taparse con el diario, porque no
quería incomodar nuevamente el juego del chico con su mirada, pero no logró hacerlo
a tiempo, porque éste se volvió a girar rápidamente, intentando disimular, otra
vez, que planeaba asesinarlo.
Se río y se dijo “suficiente recreo por hoy
Fernando, a trabajar”. Cerró el diario, volvió la vista sobre su computadora
portátil y descubrió un mensaje de su agenda digital que le anunciaba que debía
retirar las tarjetas personales con el número de celular actualizado que había
mandado a hacer. En veinte minutos la imprenta estaría cerrada.
Pidió la cuenta, cerró su computadora, devolvió el
diario, pagó y se encaminó hacia la puerta.
Antes de salir volvió por última vez la vista
hacia la mesa del muchacho, queriendo averiguar si continuaban sus juegos.
Nuevamente se encontraron las miradas, pero esta vez el niño no intentó
disimular su acción. Lo miró fijamente y Fernando creyó leer en sus ojos un
odio profundo. Divertido le devolvió una sonrisa y salió por la puerta.
Aún sin haber terminado de cruzar el umbral sintió
un frío que lo estremeció. La humedad, las bajas temperaturas y el viento que
sacudía las hojas con violencia, parecían una combinación terrible para su
cuerpo. Se cerró el saco, ajustó su bufanda y comenzó a caminar hacia la imprenta.
Normalmente le gustaba caminar por su ciudad y descubrir que ese espacio que un
siglo atrás era los jardines de pocas familias hoy era tantas cosas, tantas
culturas, tanta gente, tanto arte, tantas vidas diferentes. Pero en este
momento no podía dejarse llevar por la belleza de los edificios, ni la de los
árboles, ni la de los artesanos dispuestos a lo largo de las calles. El frío se
hacía cada vez más intenso y ahora comenzaba a atravesarle el cuerpo. Parecía
entrar por su columna vertebral y desde allí dispersarse por todos los nervios
y todos los órganos; y la cabeza le estallaba de dolor. Se sintió obligado a
aminorar su marcha, finalmente a detenerse. La mirada empezó a enturbiársele,
las figuras a confundirse en su cabeza; sufría como nunca y debió agarrarse del
tronco de un árbol para no caer. Su boca, de pronto, se llenó de un líquido
espeso que brotaba desde su interior.
La gente que pasaba a su lado no reaccionó hasta
que el cuerpo del hombre se desplomó pesadamente y un río de sangre comenzó a
correr alrededor suyo. La vida se le escapaba escarlata por un pequeño agujero
en su espalda.
Un hombre que cuidaba coches observó la caída y se acercó corriendo a
asistirlo. La gente se paró horrorizada alrededor suyo, los autos se
detuvieron.
- Está muerto- dijo el hombre nervioso, y
las señoras se taparon horrorizadas la boca.
sábado, 28 de abril de 2012
jueves, 8 de marzo de 2012
(r)o(s)tro
Siente la punzante incomodidad de la gota de sudor naciendo en su axila y deslizándose irritante por su cuerpo. Es nuevamente parte de un subte atiborrado en otro febrero húmedo de esta Buenos Aires plagada de smog que vuelve a empezar un año de rutinas e imágenes grises. Siente como los cuerpos que lo rodean se frotan contra el suyo, oprimiéndolo. El áspero y ácido sabor del asco le sube por la garganta y le llena la boca.
Calor. Olor a sudor y pestilencias de docenas de hombres apretándose lejos de la luz del sol.
Que me trague la tierra, piensa. Que me trague la tierra. Mundo imberbe. Sociedad estúpida, sistema asqueroso, cultura consumista de mierda; lo que sea, tan mal pensado, tan sin sentido, tan poco humano ser un pedazo de cuerpo sudando y destilando aún los hediondos olores de la noche, a pesar de la ducha, y de que vale la ducha si de todos modos va a llegar hecha un asco al trabajo, maldito trabajo que no le aporta nada. Ah. Asco; desagrado de otro martes más; tantos martes más.
Una niña va intentando hacerse paso entre la gente pidiendo una moneda. Tiene uno de esos dulces rostros de sueño, de ganas de jugar.
Sus ojos se encuentran sin encontrarse.
Señorita, ¿no tendrá una moneda? Ella niega con la cabeza automatizada, molesta de que encima de todas las molestias del subte está allí esa niña molestándola. Si le hubiese dado una moneda seguro se la llevaba a su papá para que se compre vino.
Tiene 34 mails nuevos. Cada uno implica, seguro, una nueva tarea, una responsabilidad más. Suspira y es como si el aire que sale de su boca se uniera a todos los otros suspiros de tantos otros martes y otros días, de tantas como ella y tantos otros, de tanta historia de viajes en subte o en carreta o en nave espacial o quien sabe qué, y que importa.
Abre el primer mail y le viene el recuerdo del dulce rostro de sueño. Mueve su cabeza cerrando los ojos como si así fuera a sacarse la imagen de su pensamiento. Vuelve a mirar el mail pero sigue ahí en su mente ese dulce rostro de sueño, de ganas de jugar.
Ya no es concretamente el rostro de esa niña. Es más histórico, como más universal. Una imagen repetida en el tiempo, como sus viajes en subte; una demanda más infinita que sus martes.
“Sofía: El jueves a las 16hs tengo una reunión y para ese entonces necesito que tengas listo…”
Cuando le pide una moneda no le pide una moneda. Su mirada no es solo la de un cuerpo que necesita alimentarse. Porque a través de sus ojitos su alma pide mucho más. Pide…
De repente Sofía empieza a sentir eso que pide. Un fuerte golpe la invade en su alma; la colma una realidad inmensa: dulce rostro.
Infinito rostro con tanta vida; de tantas vidas. Rostro mojado, arrugado. La frente surcada por el cansancio y el labio inferior temblando levemente. Rostro de niño y de anciano. Rostro de inocencia en la forma en que se elevan las cejas. Rostro de trabajo, de piel curtida por el sol y por el tiempo. Rostro de esperanza en el brillo de los ojitos. Inagotable rostro en tantas caras, en tantos cuerpos, en tantos seres en tanto tiempo. Vasto rostro que pide en la historia, que ruega. Dulce rostro de sueño, de ganas de jugar.
¿Puede una revelación así marcar su vida? ¿De verdad siempre había convivido con ese rostro y nunca lo había visto? Y ahora que lo vio ¿puede olvidarlo? ¿O seguir su vida como si nada, sabiendo que ese rostro está ahí, mirándola? ¿O puede cambiar así, de un día para el otro?
Está como tildada, con los ojos fijos en ese corto mail, pero viendo otra cosa. Su compañera la mira algo extrañada:
-Sofía ¿estás bien? ¿Qué te pasa?
martes, 6 de marzo de 2012
miércoles, 22 de febrero de 2012
Pluma
http://www.youtube.com/watch?v=dokYJnZSRFs&feature=related
Agua fría recorre mi cuerpo; lo abraza íntimo como solo una amante puede hacerlo. En momentos como este me vuelvo plenamente consciente de mi materialidad, desde adentro. Cierro los ojos, y si bien no puedo imaginar el volumen que ocupo, siento cada pequeño instante de mi cuerpo, transitado por caminos de agua, por gotas que son como delicados escalofríos de vida.
martes, 14 de febrero de 2012
jueves, 26 de enero de 2012
Despedirse
Lo que intento hacerle entender a Pedro es que de a ratos
tanto cariño asfixia. Pero él es así, demostrativo, yo, en cambio, nada que
ver. Ojo, no es que no lo quiera, no es que no me importe, pero no me parece
que haga falta. Hay semanas en las que nos vemos todos los días, especialmente
ahora que estamos de vacaciones y entonces un beso para saludarnos, otro beso
al rato y otro y otro, así todo el día.
sábado, 21 de enero de 2012
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