Cuentos cortos en español.

viernes, 30 de septiembre de 2011

domingo, 25 de septiembre de 2011

Mínimo

En Buenos Aires hace frío. Hace poco ha comenzado la primavera prometiendo un clima más caluroso, pero ahora ésta parece abandonar su lento y progresivo avance para regalarle unos días más al invierno. Ignacio sube el cierre de su buzo y camina por las transitadas calles porteñas. En poco minutos llega a su edificio, sube las escaleras, abre la puerta del departamento de sus padres y entra en él. Deja la mochila con los cuadernos de la facultad, prende la computadora, espera unos minutos ansioso y accede a su correo electrónico. Escribe entusiasmado y, minutos más tarde, toca "enter".
Dos años antes, en su casa de Boulogne, Gastón había recibido, en menos de una semana, cientos de correos electrónicos de una cadena de su grupo de amigos. Gastón es un rubio de veinte años, enorme, ingenioso, divertido y, por ello, querido por todos. Lee el último de los mensajes del buzón y decide en ese instante contribuir al grupo con una propuesta: los viernes serán "viernes-mix". Aquel que así lo desee, explica, mandará a través de la cadena una "canción para bailotear" al grupo. Cuando los integrantes del mismo reciban los viernes estos mensajes, deberán dejarse llevar por su música y bailar "estén en el trabajo, en la facultad, en sus casas o en un ciber". Ese día Gastón comienza una tradición que seguirá vigente al menos dos años más tarde, cuando Juan se encuentre con ella.
Juan tiene un día libre de obligaciones. Intenta escribir un cuento, pero se encuentra paralizado en su creatividad y, por ello, desesperado. Amalia, complicada para concentrarse en su estudio, se toma un recreo hablando con él. Le pregunta a través de Facebook por qué escribe, tratando así de ayudarlo a desbloquearlo. Él le dice que lo hace porque le gusta jugar con la realidad, encontrando relaciones distintas, nuevas, entre las cosas. Tal vez deba alejarse de la computadora, le propone ella (él le acaba de decir que quiere destruir la máquina por considerarla culpable de su falta de inspiración). Juan la despide y cierra la conversación porque se da cuenta que su amiga tiene razón.
En el cuarto de al lado Belén, la hermana menor de Juan, se sienta en el apoya-brazos del sillón de la computadora. Mira aburridamente fotos y comentarios que sus amigos y conocidos han publicado en internet. Definitivamente, piensa, la foto que tiene frente a sus ojos hace que su amiga Martina se vea linda. La música del cuarto de al lado se escucha cada vez más fuerte, oye la manija de la puerta que baja y ve salir de ahí a su hermano bailando (bailoteando) una canción que ella suele escuchar en fiestas.
-Mentiroso, corazón mentiroso-
Juan baila.
Cuatro minutos antes, después de hablar con Amalia, cuando se disponía a apagar su computadora, había recibido un e-mail de su amigo Nacho. Es viernes, toca viernes-mix, corresponde bailar, dice él. Los movimientos de su hermano, piensa Belén, son graciosos. No tiene técnica, pero es divertido ver su entusiasmo. Le pregunta a Juan qué hace.
-Hoy es viernes-mix- él le responde- Hay que bailar.
Belén mira y se ríe, mueve tímidamente su cuerpo, baila sentada. Él se mueve espástica y exageradamente hasta que la música cesa. Ella propone ahora un tema para danzar. Después de una serie de intentos fallidos, los dos hermanos logran sincronizar la misma canción en las computadoras de cada uno de los cuartos donde se encuentran. Suben el volumen y en los parlantes una voz repite "give me everything tonight".
La propuesta de Gastón fue recordada por Ignacio porque quería combatir así la tristeza del frío con música. Envía el mensaje en el instante exacto en que Juan se encuentra necesitado de destrabar su cabeza; un instante después de que se ha dado cuenta de esto; un instante antes de que hubiera apagado su computadora. Él se da cuenta que activar su cuerpo es una buena idea y se deja llevar por la casa, se encuentra con su hermana en el momento en que ella se pregunta por qué todo es tan igual y tan aburrido. Ella se da cuenta ahora que ni todo es tan igual ni tan aburrido y se permite mover un brazo en el aire. Baila.
En ese instante el preceptor está aburrido; bosteza. Gastón ya no participa del grupo en el cual, dos años antes, instituyó que los viernes son para bailar. Mira el reloj, cansado. No ve la hora de irse a su casa y abandonar el colegio en el que trabaja. Revisa el correo electrónico y solo encuentra tres publicidades y la suscripción que le llega semanalmente sobre su club, su pasión: Racing. Todavía falta una hora para que se termine su turno.
María escucha desde su cuarto el ruido de la música de sus hijos. Sube las escaleras y les dice con enojo que bajen el volumen, que no pueden poner la música tan fuerte. Antes de la interrupción ella estaba intentando trabajar. Belén deja de agitar su brazo y para la música. Todo vuelve a ser, para ella, igual de silencioso.
Juan, luego de ser reprendido, deja de bailar y vuelve a su computadora: ahora tiene algo que escribir. Ignacio en su departamento en capital duerme la siesta.
Dos días más tarde Rosario entrará al blog y leerá lo que Juan escribió. Reconocerá la historia, reconocerá los personajes, recordará que ese viernes en el que transcurre todo ella recibió también la canción de Ignacio y otras tantas más que mandaron otros amigos (aunque no las vio hasta el día siguiente). Ese día viernes había sido el cumpleaños de sus hermanos, los mellizos, y su casa había estado invadida todo el día por visitas. Juan pasó por allí, saludo a sus hermanos, comió torta y se reencontró con viejos amigos. Ese día Rosario estuvo todo el día con ganas de decir algo pero no se animó.


sábado, 3 de septiembre de 2011

Frente al hombre de barba que fuma y sueña



El hombre de barba fuma y sueña. No puedo alcanzarlo, aunque está tan cerca de mí, sentado apenas a metros de mis ojos. Intento descifrar sus pensamientos, pero él, indiferente, contempla el otro lado de la ventana fumando. Deseo comprender por qué es tan azul, qué mira tan lejos, qué añora o espera, por qué el cigarro, por qué el humo tan espeso.
Estamos los dos en el mismo bar, pero existimos de manera tan distinta que no puedo pensar que seamos parte de una misma realidad. No dudo de que mi mesa está ubicada en ese local, en Palermo, una noche de Agosto de dos mil once y que yo estoy ahí. Dudo de él que, en cambio, está fuera del tiempo; no está ni en esa mesa, ni en esa ciudad, ni está esa noche o ese mes. 
Los mozos corren de un lado a otro del local, los minutos pasan, la gente entra con sus diarios, con sus computadoras, se juntan, charlan, y él sigue ahí. Yo lo veo todo en silencio. Trato de observar al hombre con disimulo, aunque no me queda claro para qué: él no tiene más interés que el que le dedica a su cigarro y a sus pensamientos y este viejo que lo mira no existe para él, aunque curiosamente resulte que él solo exista para mi. Nada más que estos ojos ancianos que están en la esquina opuesto del salón lo ven. Por eso, pienso, ninguna de las personas que circulan por este bar puede darse cuenta de que es un resabio de otro tiempo, que es un fantasma que se quedó allí para siempre soñando. 
El cigarro se va apagando y el humo va perdiendo consistencia. Su cara se muestra cada vez más clara, lo mismo que su historia.
Puedo verlo 40 años y 8 meses antes esperando, tal vez, a dos compañeros. En su interior resuenan palabras como cambio, revolución, igualdad, justicia. Cuando los otros lleguen se tomarán juntos un tren a Bahía Blanca a la espera de nuevas órdenes, de nuevas indicaciones a seguir antes de encaminarse a Trelew. Él cree profundamente en el cambio que quieren llevar a cabo aquellos jóvenes de alma grande contra el capitalismo, contra el sistema tan desigual, contra los poderes que someten al pueblo. Lo cree mucho más desde que su hermano fue tomado prisionero y llevado al sur. Fuma y espera el día que ataquen la cárcel para liberarlo. Ya saborea su victoria.
También ya puedo visualizarlo en otro mundo esperándola a ella, la mujer perfecta. Van a dejar todo, irse lejos de esa sociedad que exige tanto de ellos, para vivir su propio sueño. Tal vez sigan a aquellos amigos que fueron al sur para establecer una comunidad alejada de los vicios occidentales, para vivir el amor y la paz, para vivir del arte, como hermanos. O tal vez, en otra versión de esa historia, crucen el Rio de la Plata y vivan en un pueblo costero de Uruguay, o él se instale solo en Cabo Polonio, sin ella, sin nadie.
Puedo verlo también (o en vez) planeando un viaje por el mundo para predicar una religión, o pensando las primeras palabras de un libro que escribirá, o, tal vez, tarareando dentro suyo la melodía de la próxima canción que va a escribir y que hablará de buscar la simpleza, de bajar las armas, de la unidad humana.
Siento que él es todo posibilidad y eso no puede resultar más ajeno a mi vida. Estoy viendo a un idealista, a un soñador, y pienso que eso está bien para un jóven. A los sesenta y dos años (pienso en mi edad), en cambio, no hay lugar para perderse en lo que podría ser, no hay tiempo para esperar, no hay para qué encarar un proyecto; renunciar a algo es una irresponsabilidad.
Él larga una nueva bocanada de humo y, ahora, me doy cuenta algo que antes no comprendía: que no estoy viendo a algo ajeno, sino al fantasma de mis posibles historias, de todas las que pudieron pero no resultaron ser. 
Me doy cuenta que me encontré con el hombre de barba que fuma y sueña. Él está eternamente ahí, sentado en ese bar de Buenos Aires, imaginando por cada capítulo que escribimos de nuestra historia, infinitas variaciones de ella. 
Él ahora se imagina que me acerco a su mesa y me dispongo a hablarle, pero también se imagina que hago de este encuentro una historia, o que lo ignoro, pago y me voy; que muero de un paro cardiaco; que a mis espaldas, sin que yo la vea, viene acercándose Beatriz, la mujer a la que le negué la escapada al Bolsón, porque preferí quedarme estudiando, convertirme en abogado y casarme con una señora que me prometió una vida aburridamente estable y cuatro hijos. Ella toca mi hombro, me giro, y la veo, perfecta como siempre.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Volutas de humo

“Y otra vez, otra vez te vuelvo a encender

Y mientras miro tus volutas de humo

Que envuelven todo mi cuerpo

Te tengo que decir, a mi pesar

Que seguís siendo mi mejor compañero…

Si al menos supiese hacia donde apunta todo este lío que me enreda en pensamientos, miedos y dudas, podría por lo menos fijar mi mente en ese punto lejano y saber que todo va a tener sentido allá. Pero me parece necio vivir por la promesa de un allá, y entonces me veo abandonado a esta incertidumbre flotante que me hace hablarte a vos. Será por la soledad o por la indiferencia de este momento en que es evidente que no soy nada y siento deseos de expresar este vacío que me nace del centro del estómago y me desinfla hasta las yemas de los dedos. Será por lo que sea o tenga que ser; poco me interesa ahora someterme a análisis psicológicos o cuestiones metafísicas para saber porque te hablo. Es solo sostenerte encendido entre mis dedos y ver cómo cae tu ceniza entre las teclas a medida que voy escribiendo.

Me surgen nombres, historias, vivencias, interpretaciones diversas de esas vivencias, filosofías de vida, preguntas existenciales. Ideas o recuerdos que quieren inundarme para pasar a formar parte de estas oraciones. Pero nada logra llenarme ni un poco.

Desde el living una música trae su melancolía y me invita a consolarme en mi soledad y llorar. Pero hoy no es ni siquiera eso.

Sin embargo algo de la música logra acompañarme, al igual que la penumbra de este lugar, que se aparece con tantas enciclopedias que ya no hay lugar para emociones. Este cuarto que fue tantas veces alegría, tristeza y nostalgia; hoy no es nada. Y es mi culpa. Yo vacié todo esto al vaciarme a mí. Y hoy esa es mi verdad. Ahora me importan una mierda las teorías sobre la existencia, la realidad, el saber. Hoy soy solo este sentimiento que es falta de pasión.

Que bueno que te este hablando a vos y no a algún estúpido que piense en lo turbio de estos pensamientos, en las cosas feas, en lo terrible. Que bueno que te tengo encendido entre mis dedos, consumiéndote tranquilo entre pitadas y teclas. Que bueno que lográs expresar toda está nada al consumirte en volutas de humo que flotan alrededor de mi cuerpo (¡con que simpleza se desintegran en cuanto las toca el viento!).

Y creo que esto es un poco lo que soy ahora. Mañana me voy a levantar y voy a volver a encarar la vida. Probablemente pase algo en el bondi, por más nimio que sea, que me saque una risa y empiece a llenarme de buen humor. Quizás con un poco de suerte me pase como tantas veces que llegue a la facultad cantando feliz de estar vivo, feliz de que mi alma baile.

Pero no va a quitar esto, porque hoy entiendo un poco más que soy esta aparente contradicción: este vacío lleno de incertidumbres y esa plenitud a la que le basta que la vida sea vida. Soy el pedazo de historia y de mundo que está ahora en este lugar. Nada menos. Nada más. Soy tanto y tan poco. Soy un niño. No puedo controlar nada de esto. No tengo siquiera dominio sobre mí y por más que me aterre mi pequeñez no puedo más que aceptarla. Soy vulnerable. Soy esto. No puedo dominar mi vida. Pero puedo disfrutarla. Después de todo soy un niño. Todavía puedo jugar, reír, saltar, bailar.