Cuentos cortos en español.

lunes, 30 de agosto de 2010

Como un árbol

¿Te acordás del día que plantamos el árbol, no? Nos alumbraba el sol aunque, cada tanto, alguna nube lo cubría. Hacía frío; yo tenía las manos cansadas de cavar y vos tenías el estómago revuelto de tanto reír, pero no dejamos de ver -¿o solo yo lo noté?- que había tres hojas verdes. Dos parecían más fuertes que una: tres hojas. ¿Las viste? Te recuerdo allí, mirándolas con el pelo despeinado y tu cara llena de barro.
Aquel año volvimos decenas de veces, pero me acuerdo de una en especial. Ese mañana, ocho meses más tarde, llovían gotas gruesas como el agua gruesa y pesada. A mí no me importó; a vos no te importó tampoco, y me lo hiciste saber con un beso mojado como el agua fina y liviana. Era primavera, nuestras ropas chorreaban y el día era gris, pero para otros. Esa mañana me dijiste "te quiero" tres veces seguidas al oído y me hablaste de aquella vez que te habías caído de la bicicleta jugando con tu hermano y dos vecinos. Cuando volvíamos a nuestras casas te conté que fantaseaba con ir a perderme en la selva Amazonas y vos me amenazaste con que hay pirañas y leones. Que no hay leones y te miré serio; vos riendo, siempre riendo.
Durante un tiempo fueron periódicas nuestras visitas al árbol, pero los meses pasaron y empezamos a hablar de él como un imposible, postergando el siguiente paseo por razones de estudio, por tus maquetas, por mis libros. Estaba a cinco cuadras de casa. Ese tiempo en que lo tuvimos abandonado, queríamos tocarlo -lo sé- pero nos conformábamos con nombrarlo, en secreto y cada tanto, en esas reuniones con amigos, en la casa de mis padres o en la de los tuyos.
Era bueno pensar en él, pero mejor fue verlo, cuatro años más tarde. Esta vez era grande y grueso (no como las gotas gruesas, sino como el árbol grueso: marrón, irregular y áspero); fue en el mes de septiembre. Te pregunté si sabés que te quiero; cuánto, me preguntaste riendo. Ese fue el mismo día que me dijiste, sin darle mucha importancia, que el bigote te queda feo, Sargento Mostaza. Te miré serio, pero tu risa me empequeñeció y no supe responderte. Tardé en afeitármelo para que no te dieras cuenta de que lo hice por vos, porque no quería ser ningún Sargento Mostaza. Demasiado te quería, pero no te lo dije entonces y volvimos caminando de la mano.
Seis meses más tarde, aquel mes en que estuvimos distanciados por semanas por aquella estúpida pelea,- nunca te lo conté- volví a la plaza donde estaba el árbol y lloré. Lloré poco, porque había mucha gente y- lo sabés- no me gusta llorar en público.
Cuando cada uno dejó la casa de su familia y nos mudamos a la nuestra, se nos hizo difícil volver al árbol. Pasaron los años y yo pensaba que era el único de los dos que lo recordaba, hasta que vi esa pintura. Yo estaba seguro de que era ese árbol, y no otro, el que crecía en los ojos de esa niña de dientes blancos y cara manchada que pintaste. Ese día fui feliz, como fui feliz el día que nació Mila, blanca, frágil como un árbol recién plantado.
El día del accidente- me acuerdo- ella tenía diez años. Conocía el árbol, pero, para ella, era solo el árbol de la plaza cerca de las casas de sus abuelos. Cuando volvíamos a verlo y lo veíamos cortado, podado, violado por la municipalidad, me llenaba de furia. Tenía ganas de decirle al intendente de turno y a sus funcionarios que ese era nuestro árbol y, ahora, también el de Mila, aunque ella no lo supiera.
¡Tendrías que verla ahora! Está estudiando artes visuales, y -estoy seguro- va a ser una gran pintora. Cuando agarra sus paletas me acuerdo de vos, y estoy seguro de que ella se acuerda de vos también, porque sus cuadros lloran. Gritan que se siente sola, que te necesita y, aunque hago lo que puedo por acompañarla, no es suficiente. Intento reír, llenar la casa como cuando vos estabas, pero mi risa nunca va a ser la tuya. 
La semana pasada pintó un árbol, nuestro árbol -¿cómo pudo saberlo?- enorme aplastando un auto: el auto que te mató. Ese día llovieron mis ojos; pero no cayó agua mojada como la de aquel beso nuestro, sino salada, como el mar, como el dolor, como mi dolor.
Tus padres se mudaron de su antigua casa hace tiempo, y mi mamá murió hace un año, seis meses después que papá. De cualquier manera ya no tengo por qué volver al barrio. En la plaza de nuestro árbol están construyendo un edificio de telecomunicaciones y, aunque plantaron otros árboles en la vereda, ninguno se parece al nuestro. Ninguno es nuestro árbol grueso: ni tan marrón, ni tan irregular, ni tan áspero, ni tan vos.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Miradas, colores y sonrisas

Lucas subió al colectivo, pagó su boleto de 1,50 sabiendo que el viaje costaba al menos 1,75 y se abrió paso entre cuerpos indiferentes, buscando un lugar donde plantar su espera. Usando los codos y con extraños movimientos corporales, girando sobre su cadera y medio en puntas de pie, se abrió paso entre la aglomeración de viajantes y se instaló a ser paciente entre un chico que tenía la mirada clavada en el escote de la chica sentada justo adelante y una vieja medio regordeta que miraba por la ventana como intentando al menos con la mirada escapar de ese calvario de sudor y fricciones indeseadas.
Como todos, estaba cansado. Por ninguna razón en particular; simplemente por la energía de un 60 lleno de gente, por el ruido del motor y los frenos, por las ansías de llegar a cualquier lugar al que se vaya.
Pensaba precisamente en eso, en como la gente se somete voluntariamente a esa terrible espera porque sabe que es un lugar de paso. En como se detienen todos juntos con su malhumor y esperan cada semáforo, aguantan los súbitos bamboleos del coche y la inercia que mueve a todos a su gusto; en la fatalidad de ese momento de transición.
No siempre los viajes en colectivo eran tan nefastos. A veces (sentado o no, pero siempre era mejor sentado) todo era más tranquilo. Simplemente observaba a la gente o hacía algún sudoku. A Lucas le divertía mucho hacer sudokus o mirar gente. No era de los que inventan historias. A veces si, pero en general se limitaba a mirar, curioso, sin después hacer ningún análisis de nada.
Primero paseaba su mirada por los distintos personajes, tratando de apoderarse de su esencia, como si fuera necesario conocerlos de alguna manera para poder compartir un viaje con ellos. Le tomaba unos pocos segundos absorber algún rasgo distintivo de la gente que alcanzaba a ver, y entonces empezaba a recortar los paseos de su mirada a dos o tres personas.
En general ojeaba algún personaje curioso y, si encontraba, alguna chica que le resultara linda.
No entendía bien que ganaba con mirarlas. De hecho estaba casi seguro de que solo por observarlas no iba a robarse ni un poco de su belleza, y era casi obvio que tampoco lograría conquistarlas. Pero había algo placentero en dirigir sus ojos hacía una estética agradable. Se imaginaba que era como mirar un atardecer en el campo de su tía Lucrecia o un amanecer en Mar del Plata, cuando después de salir a bailar iba a la playa y se quedaba una horita mirando como el cielo cambiaba de color y de a poco la luz iba conquistando la tierra.
Debía tener algo de eso, de estética agradable. Quizás por eso la mayoría de las actrices tenían rasgos lindos o, al menos, agradables. Porque al mirarlas los ojos se relajan.
Ese día Lucas estaba observando la gente como de costumbre, cuando su mirada se cruzó con la de una chica parada unos metros más atrás.
Su reacción instantánea fue dirigir sus ojos hacia el piso. Se enderezó y trabó su espalda como tratando de mostrar que incluso su cuerpo flacucho tenía algo de poderoso. Después volvió a mirar a la chica.
Esta vez fue ella quién desvió la mirada. Entonces Lucas la pudo mirar con detenimiento. Pero no la estudió; no miró el color de sus ojos ni la forma de su nariz. No se fijó en sus labios o en el pelo. No descompuso el rostro porque así como le llegaba le parecía increíble.
La contempló tranquilo unos segundos hasta que ella lo miró de reojo y él nuevamente escapó con su mirada y fue a refugiarse al piso. Sin embargo, naturalmente, sus ojos volvieron a buscarla.
Ahí estaba ella mirándolo de lleno a los ojos. Intimidado, Lucas volvió a contemplar sus zapatillas sintiendo vergüenza de algo que no sabía bien qué era.
Después empezó a levantar sus ojos de a poco, y descubrió que ella lo seguía explorando con todo el ímpetu de su mirada. Sin embargo, Lucas no sintió que esos ojos lo atropellaran. Había algo de inocencia en esa contemplación y él dejó que sus ojos se relajaran en ese rostro.
Pensó en que iba y le hablaba, o en que no le decía nada porque ella ya sabía. Intercambiaban celulares, se miraban un rato más y eso les bastaba. No necesitaban un beso para decirse nada porque ya lo sabían todo.
Después él la llamaba y se juntaban en una plaza a la tarde. Unos mates, música y de nuevo esos ojos que lo curioseaban con ternura desde ese sol lleno de vida que era la cara. Una sonrisa que era un arrebato de dulzura, una pincelada de su alma. Una risa tierna, sincera y el brillo que tienen los ojos de los que saben amar.
Compartir tiempo y detenerse en esos momentos sencillos pero capaces de hacerlos volar de felicidad. Miradas, colores, sonrisas. Estar juntos y sentir (no saber) que eso es todo lo que se necesita para vivir feliz: una mirada que te registre, un color que te alegre, una sonrisa que sea alegría por tu color.

De repente ella bajó la mirada y se rompió todo el hechizo. Lucas volvió al colectivo, al calor y a un codazo del chico de al lado que no paraba de moverse. Ella dijo “permiso” dos veces, tocó el timbre, lo miró por última vez como lamentando la historia que no fue y unos segundos después ella caminaba por la calle y él la miraba mientras se alejaba en el colectivo.
Después sus ojos de nuevo a las zapatillas y una nostalgia que fue creciendo. Lucas no quería que terminara ahí, quería que siguiera de alguna manera, que se volvieran a cruzar y se reconocieran, que el destino, que las energías, que el amor.

lunes, 16 de agosto de 2010

Tio Walter

Escrito por Lulú
El cuarto, desgarrado, despojado de vida, el abandono, las sillas y un pizarrón. Allí se encontraba él, cadavérico pero rebalsado en entusiasmo, expectante, la paradoja viviente. Mal hablado, mal parado, mal educado pero no mala persona. Sus pelos electrizados, como el viejo Albert, aunque de Einstein no tenía ni un pelo de seriedad. Pero si de genio. No había relación sanguínea alguna, pero así se presentó, tío Walter. Personas, personas, si que las hay, 6 mil millones de hecho, dentro de este mar uno se destacó, el loco de Walter, si bien rozaba la demencia y la insalubridad, nunca se dio por vencida en su estuche; ese estuche dejado, desprolijo, desquiciado, su convicción. “Yo creo en la suma de voluntades, que lo que vos, vos, vos y vos decidan puede hacer toda la diferencia, porque el pelotudo que se pasa el semáforo en rojo le saca las dos gambas a tu sobrino, y siempre es el de atrás ¿no? El de atrás que me apura, el de atrás que me jode, el de atrás que me toca bocina, y me pregunto acá da la casualidad que nunca vino el de atrás ¿no? Porque el de atrás somos todos”.  Dio un cachetazo de enseñanzas. Examen teórico, aprobado, 100%, vencimiento 11 de Agosto. Examen práctico, reprobado, a Julio, si que costó la rotonda marcha atrás. Examen moral, completo, ¿duración? La vida.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Que la locura no es lo mío

 Locura, por Lulú

Que la locura no es lo mío, la mina no está loca. Que encuentre donde ir a terminar, porque sino digo lo que pienso y qué pienso que lo que digo, lo hago. Es energía, impulso, decir, olvidar. Y así se me va pasando el momento, veloz, improcesable, incontenible, intendente. Nada me tranquiliza porque es un mar de ideas el que sale, con olas gigantes, imposibles de barrenar, y por cada dos salen cuatro triplicadas, como para no hacer la cuenta y dejar que el tiempo pase. Y así me olvido y no quiero olvidarme, eso, que es muy duro.
¿Qué? Parlantes-pantalla-luz-palabra, bla, bla. ¡Basta!
El agua la montaña me perdí, y ya no sé si en la montaña o en mi cabeza y no me importa el enojo de mi papá de estar parado cuando hay tanto por recorrer; para qué y encima mi hermanita que lloraba.
Para qué estaba parada la mina, si puedo seguir. Y cuando freno, se asoma la pregunta. Agito la mano, de derecha a izquierda porque de arriba hacia abajo es más doloroso y olvidé algo que no me acuerdo, por suerte.
Porque cuando mi primito quería ir a andar a caballo en plena ciudad, y yo no tenía caballo, lo inventábamos sosteniéndonos en algo que no estaba y galopábamos a pura fantasía de indios, vértigo y campo que yo no veía, pero él sí, y yo, entonces, imaginaba. Quizás así me escapaba, pienso, con él a los terrenos eternos de la niñez, donde el tiempo no pasa, donde nada pasa tan en serio, como al freak de piterpam, ese que nunca creció.
Aunque sé que lo que estoy haciendo es escapar…que yo escape...
¡Sí! Como el caño de escape de los autos, auto, que es lo que me va a venir a buscar cuando quiera escaparme de los indios, de mi primo y de la niñez para volver a ser normal. Normal y adulta, para usar el peine rosa enorme de mi mamá para ir a reuniones importantes de gente importante vestida de traje y corbata para ser normales. A eso no le puedo escapar, y nadie puede, como ahora no le puedo escapar a la computadora que me hipo, himn… hipnotiza. Del hipo hay que liberarse preguntándole su nombre, dirección y número de teléfono, y si alguien te asusta desde atrás mejor.
Digo, no le puedo escapar a la que me hipnotiza, decía, porque me habla y me habla, y me habla de mi familia aunque ellos no estén ahí, ni en palabras. Y de la película de terror que terminó y no la entendí realmente pero había un enano que me hacía reír y era igual a la vida: de una belleza horrenda, y por eso las dos me hacen reír.
Reír es olvidar, y en seguida me olvido de que me río de Janeiro, aunque fui al sur y no me gusta tanto Brasil ni su carnaval- ¡como me gusta reir!- y la única comparsa que conozco es la que suena todos los días en mi casa sin tanto color y menos música. Pantalla- parlantes. Agito las manos pero esta vez ese fantasma paso tan cerca que sí me me dio miedo. Nada que ver al enano de la película.
            Se me cierran los ojos y a punto de dormirme pienso que sobreviví un día más a la locura que me quiere alcanzar, locura que me quiere normalizar lo suficiente como para que llegue, algún día, a guardar los caballos que galopan libres en mi fantasía, que le encuentre un sentido a un peine rosa enorme que no es otra cosa que el peine rosa enorme de mi mamá, y que le dé lugar a eso que asoma una y otra y otra vez. Hasta mañana.

jueves, 5 de agosto de 2010

Víctimas

-Esto es así: estoy todo enfierrado, así que dame todas las monedas. Ya.- Dijo mientras movía las manos adentro de sus bolsillos, como buscando el mango de la pistola.
Eran dos contra uno. Ellos dos asaltando. La víctima se paró: uno podía sacar su arma, el otro, visiblemente exaltado no paraba de insultar mientras mostraba sus puños y la peor cara de asesino que sabía hacer. Eran esos criminales de los que los noticieros hablaban por esos días. El asaltado era un joven estudiante universitario. Era temprano en la mañana y él no parecía lograr estar despierto pese a las cuchilladas que le propinaba el frío, los insultos del violento y las indicaciones del “enfierrado". Miró a quien le había hablado, intentando ubicarse en el asalto que estaba sufriendo sin ser partícipe. Unos instantes antes le habían pedido una moneda, por favor.
Observó ese duelo de dos contra uno, los observó. Dos: Un niño que debía tener apenas siete años – el cara de asesino- y su, probablemente, hermano mayor cercano a los trece; otro niño. Sin embargo no era tiempo de descartar la opción de que, en los bolsillos del mayor, hubiera un arma y, en ese caso, qué importaba la edad.
Miró. Las manos del ladrón intentaban llenar el espació que debía ocupar el metal de la pistola que la víctima, al final, concluyó inexistente.
-No, todas las monedas no. Tengo que volverme en colectivo
-Bueno, agarrá uno veinte. Dale loco, dame el resto
-No- dijo con calma el estudiante-  ¿cómo te llamás?
Con esa pregunta el joven buscaba disimular que dos veces se había rehusado a los pedidos de su ladrón de turno, algo grave e incorrecto. La señora que miraba a escasos diez metros, agarró con fuerza su cartera. No sabía de qué hablaban, pero claramente estaba presenciando un horroroso robo (como los de los noticieros). Los conductores llevaban al máximo las revoluciones de sus autos para llegar primeros al siguiente semáforo y no veían esta escena, ni a sus tres personajes. El estudiante, al tiempo que hablaba, sacó las monedas que traía de su estuche. Se las empezó a dar, de a una por vez.
-¿Qué te importa? No te voy a decir cómo me llamo.
No le gustaba toda esa situación. No le gustaba que lo podían agarrar, no le gustaba la calle, ni el frío, no le gustaba este pibe tan complicado y todo el tiempo que estaba pasando; encima después volver a casa. Y éste pibe quería saber su nombre.
Que es fácil, encarás, te dan todo, rajás, le había dicho la vieja. Pero este hijo de puta le daba monedas de diez centavos y tardaba. Después de preguntarle su nombre le preguntó si tenía frío. ¿Si tenía frío?, ¡gato! Solo quería que todo terminara y, en lo posible, con una buena torta para ellos dos y su familia.
-¿Querés los guantes?
Dame los guantes, dame todo, pensaba. Se me viene a hacer el piola.
Le dijo que sí, que los quería. Cualquier cosa, pero que terminara rápido.
El niño con cara de asesino, el pequeño hermano, que en ningún momento había dejado de insultar y amenazar, vió el bulto de un celular en el abrigo de la víctima que se estaba sacando los guantes de la mano. Estiró las manos y agarró el aparato, pero enseguida sintió que otra mano, caliente, agarraba la suya.
-¿Sabés qué? No te doy nada. No me gustó la actitud- dijo el joven al mayor de los ladrones mientras miraba con enojo a su hermano y guardaba el teléfono en el pantalón de sus jeans.
Cerró el estuche de las monedas y se fue caminando. El semáforo se puso en amarillo, luego en verde y los autos avanzaron; la mujer de la parada respiró aliviada al ver que los dos chicos se iban caminando rápidamente en dirección opuesta a donde estaba ella.
-Me llamo Javier- dijo el mayor, entre dientes para que su hermanito no lo escuchara, mientras estrujaba el mango de la Taurus 9 milímetros que le había quitado a su mamá esa mañana.
Realmente tenía frío.