Los corre el tiempo en ese bar de horas interminables que son tan
largas en esos silencios invencibles, pero tan cortas en el inmenso tedio de
las semanas que pasan sin verse. Los acompaña la oscuridad de esas noches
esporádicas que saben suyas; pero esa carencia de luz les habla demasiado del
sepulcro en el que respiran la muerte de su relación, mirando en silencio la ternura
del rostro justo enfrente, de la persona que en la silla opuesta toma un trago
de cerveza tan corto porque quiere que ese momento se estire, como se estiraban
las canciones en aquellas noches en Cuba cuando se conocieron.