por Cacovile
UNO. El escritor estaba triste porque le había dado por pensar que lo más difícil de escribir no era escribir. Había llegado a la conclusión de que lo más difícil, sin duda, era lidiar con el hecho de que todo el mundo pensara que escribir era lo mismo que jugar. Es cierto que de eso tenían la culpa los mismos escritores, porque, en general, no dejan de repetir que el acto de inventar es el acto lúdico por excelencia, que inventar es jugar a ser Dios. Sin embargo, la gente olvida que la persona que imagina suele vivir en el reino de la mentira, y para los embusteros las palabras pueden significar cientos de cosas. Jugar, por ejemplo, es un código que los escritores utilizan muy a menudo pero que ninguno de ellos sabría explicar satisfactoriamente.
DOS. Algunos escritores no respetan su obra, pero por suerte se da la paradoja de que a los escritores no les interesa la opinión de otros escritores. Por eso, el nuestro solo está triste porque sus amigos piensan que escribir no es más que ocio y método y porque su mujer, en el fondo, considera que el trabajo que ella realiza en una oficina del centro es infinitamente más duro que el suyo. Sobre todo, está triste porque, según fuentes fiables, su hijo de once años, en una normal disputa con unos compañeros del colegio, habría presumido de que lo que hacía su padre para vivir era jugar en Bolsa (cosas de la vida moderna). Cualquier cosa con tal de no reconocer ante sus amiguitos que su padre, que debía ser héroe y modelo, se ganaba la vida concibiendo vidas falsas.
TRES. Después de reflexionar sobre esas cuestiones, el escritor, abatido, se ha dado una ducha de más de media hora, y durante ese tiempo ha pensado en que la vida es angustia y calvario, y además se ha preguntado más de dos veces quién era su mujer. Ha llorado un poco, también, porque súbitamente su vida había cobrado un sentido diferente: peor.
CUATRO ¿Por qué escribía? ¿Para qué? No era un Cervantes ni un Shakespeare. Tampoco un Proust, ni un Joyce. No era ni siquiera un escritor virulentamente odiado por nadie. Podía vivir, y bien, de lo que publicaba, pero en el fondo habría querido ser como Dostoievski: un muerto de hambre, un talento inalcanzable. Pensó que sus propias creaciones lo devoraban, y que mientras algunas personas ajenas a la farándula de la literatura admiraban su obra (mediocre, ahora lo podía decir), al mismo tiempo debían pensar que lo que él hacía frente a la pantalla de su computadora era nada más que jugar. Jugar para ellos: una vida fácil. Nos guste o no, somos lo que hacemos, y por extensión, lo que los demás creen que hacemos. Es por eso que el escritor se deprimió. La literatura, como la fe para algunos, le era una losa tan indeclinable como pesada. Así las cosas, llegó a la conclusión de que tenía nada más que dos opciones: el suicidio (de verdad que estaba triste) o la literatura.
CINCO. Eligió (otra vez) el laberinto de la literatura: la ficción, ser Dios. Eligió la circularidad del tiempo o del destino. Eligió la broma de mal gusto en que se había convertido la vida para él.
SEIS. Ese día, instantes después, se sentó a escribir con ardor, como un loco, agitado, sin brújula. Transpiraba y le temblaba la mandíbula. Escribía como un desesperado. Trataba de plasmar sus tristezas en un cuento que relatara la historia de un escritor que no le viera sentido a sus días. Un cuento en el que un hombre se diera cuenta de que su mujer era una desconocida y de que su hijo se avergonzaba de él. Un cuento que sería, en definitiva, su desgarrador lamento existencial. A medida que dejaba manejar sus manos sobre el teclado el dolor se mitigaba, aunque en ese instante no reflexionó acerca de este hecho. Si el escritor no sabe por qué escribe y si la gente que lo rodea no respeta lo más mínimo el acto de crear, el acto que le da de comer: ¿para qué escribe? Ese era, más o menos, el tema del cuento, la pregunta fundamental que nadaba por detrás del circo de las palabras. Escribir fue darle la espalda al mundo y mirarlo a los ojos, las dos cosas a la vez.
BONUS. No tenía la menor idea de cómo iba a terminar el cuento-exorcismo, solo sabía que iba a llevar por título La tribulación (intento de disuasión para jóvenes incautos en seis pasos y un bonus). Eso era lo único que sabía.