Cuentos cortos en español.

jueves, 28 de octubre de 2010

El baile de las plumas

Lentamente, con timidez, acomodaba plumas sentado en el medio de la plaza. De a una las iba sumando a la hilera; las acariciaba y limpiaba con suavidad, las colocaba al final de la fila, y sacaba la próxima del cuerpo de la paloma muerta. A las que estaban muy rotas o con mucha sangre las separaba en un montoncito.
Cuando terminó con un lado de la paloma giró con delicadeza el cuerpo y se dispuso a empezar con las plumas que quedaban, pero una brisa levantó por los aires las que el ya había acomodado.
Al principio simplemente acompañó el vuelo con su mirada. Después, cuando todas habían vuelto a encontrarse con el piso, se levantó tranquilo y las buscó, una por una y agarrándolas con cuidado para no romperlas.
Cuando las tuvo todas volvió a donde estaba la paloma y, con mucha sutileza, volvió a armar la fila. Una vez que logró dejarla como estaba, siguió desprendiendo plumas del cuerpo, siempre de a una y muy tranquilo.
Una señora que venía caminando apurada, mirando hacia delante desde atrás de sus anteojos de sol, casi lo choca. Sorprendida, lo ojeó con repugnancia y abrió la boca como para decir algo. Pero al final, conteniendo una arcada, siguió su camino.
Él la miró inocentemente desde el piso, contemplando pasivo los movimientos de la mujer y, cuando está se fue, volvió inmediatamente a su trabajo.
Al final logró tener lista la fila. Tomó las plumas desechadas y el cuerpo de la paloma y los tiró en un tacho. Luego se sentó junto a la prolija hilera cruzado de piernas y esperó.
Tenía los ojos bien abiertos y limitaba todo lo posible su pestañear. Apoyó la cabeza en sus manos y respiró con mucho cuidado, con miedo de perturbar el aire.
De repente sintió en sus orejas el suave roce del viento. Su pelo se movió suavemente y algunas plumas se movieron unos milímetros. La intensidad de la brisa fue creciendo y él abrió los ojos todo lo que pudo, expectante.
Una a una, casi siguiendo el orden de la fila, las plumas se elevaron y penetraron el reino del aire. Él las siguió, tratando de que ninguna quedara fuera de su vista. Su boca se abrió en forma de sutil y sincera sonrisa.
Decenas de plumas bailaban en el aire, movidas por el impulso de la brisa. Algunas ascendían más y más; otras daban muchas vueltas. Alguna no voló mucho y rápidamente volvió al suelo.
A él esas no le importaban. Seguía a todas las que flotaban. Las más altas y las más bajas, las más lejanas y las que estaban a unos centímetros de su mano.
Lentamente, las plumas fueron volviendo al piso, una a una. Sobre el final, una resistió unos segundos más que el resto y él se sorprendió y se estremeció, emocionado.
Hasta que sintió en su pelo que la brisa había terminado, y la pluma, dando unas vueltitas, cayó al piso.
Entonces se paró satisfecho y se alejó caminando.

lunes, 25 de octubre de 2010

Cuando ataca Sunescasada


La tía Nora siempre me dijo que no, yo le decía que sí. Esta mañana me lo volvió a decir

-Pablo, no seas idiota, no se puede usar una frazada para frenar una caída de tantos metros.

Yo había hecho todos los estudios necesarios y había comprobado una y otra vez que la ciencia decía que no se podía. Desde la Historia que contaba los numerosos accidentes aéreos, hasta la Física con sus leyes inamovibles, parecían pedirme que no lo hiciera y, supongo, fue por esta razón que no me decidí antes. Pero, aunque parecía tan obvia la conclusión a la que debía llegar, yo sabía que ni mi tía, ni los científicos, consideraban el factor que daba sentido a mi empresa: que yo sabía que era posible, pese a todo lo que me prevenía de hacerlo. Había tenido una Sunesenada. Y esa pequeña y sutil razón que no circula ni en los libros importantes ni en las charlas inteligentes me dibujaba una posibilidad diferente, me pintaba una esperanza y dibujaba una razón para hacerlo.
No poseía simplemente la creencia, sino la certeza de que se podía. Veía con pena la incredulidad, la falta de ciencia grande y sabiduría, de la gente, pero los comprendía, porque yo hubiera sido uno de ellos de no ser las cosas como eran. La confianza en el proyecto había anidado en mí y no daba señales de querer partir, y cada vez me hablaba con mayor intensidad. Finalmente la locura dejó de ser el hecho de que creyera y lo era que dudara de esta Sunesesada. 
Habíamos tenido numerosas discusiones antes de esta mañana, donde le pedía que se fuera, que me dejara porque me daba miedo tirarme, pero siempre terminaba ganando ella. Durante esas charlas cambiaba de nombre: Fantasía, Sueño, Locura, Realización, Destino, Estupidez y Posibilidad. Así fue que durante las semanas anteriores a este día se me iban las horas pensando en aquella frazada parda que había visto en el negocio de Hernán, y se me iban las noches imaginando mi vuelo por encima del puente y tanto había soñado con ese momento que cuando compre la frazada por 200 dólares supe que bien valdría el gasto. 

Esa mañana saludé a mi tía diciéndole que iba a devolver la frazada, que no iba a seguir con la locura, y ella, estúpidamente, me creyó. Caminé los dos kilómetros por la ruta del puente con la frazada bajo el brazo y cuando llegué a ese precipicio de bondad y hermosura supe que nada podía salir mal, y salté.

Ahora me encuentro en plena caída y estoy tan seguro con mi frazada que, aunque vea acercarse el río con fiereza, sé que la Sunesepesana es mía y es real.

jueves, 21 de octubre de 2010

Comunicado de la comisión directiva

-Escribí, es la última vez que te lo digo.
-¿No entendés? estoy seco. Se-co.
-No es excusa. Tenemos un convenio. Vos publicás cada tanto y la gente lee. Voy a tener que usar la fuerza si no cooperás.
- Es que no puedo forzarlo. Tiene que salir, tiene que ser VERDAD. Sino no es nada.
- ¿Verdad? ¿Querés saber lo que es verdad? ¿Ves esta pinza? Esto es verdad.
- ¡ Pará! ¿Qué querés hacer con eso? ¡No!, por favor. 
-Si no cooperás...
-¡No las uñas no! Ahhh!
- ¿Ves ese dedo sangrando? No estás tan seco a fin de cuentas, algo podemos sacar. Vamos a ver..
-No, pará. Escribo, pero por favor no sigas.
-Adelante.
- Eh... puede ser una historia de.. de un doctor, eh, de uno que desaparece. Que desaparece cuando escribe. Él,  queda en el papel... Él se vuelve lo que escrib...
- Sinceramente no me interesa, escribí de una vez. 
- A ver... "El día que el profesor desapareció no estaba más raro que de costumbre. Saludó de manera cortada, entró a su despacho y cerró la puerta"
-Bien.
-" Cuando entramos, dos horas más tarde..." o "Cuando, dos horas más tarde el decano tocó la puerta.." No.
- ¿Qué pasa?
- No, no puedo.
- ¿Cómo decís? Me parece que no te escuché bien.
-Que no puedo seguir.
-¡Seguí, te digo!
- No. ¡Sacame todas las uñas si querés, pero no voy a escribir algo vacío!.
-Como quieras... a ver esa mano.
-AHHHHHHH

Fragmento extraído de una entrevista entre un editor de nuestro blog y un ex-escritor del mismo. El día de hoy es dado a conocer públicamente para continuar con las políticas de transparencia que siempre mantuvo la gestión y, a la vez, como material de formación para los actuales escritores del blog
Deloquecontamos.SA agredecería no tener que publicar otra vez redacciones tan lamentables, pero desde el día de la fecha anuncia que, en caso de ser necesario, hará lo pertinente para adoctrinar a sus rebeldes escritores.

martes, 12 de octubre de 2010

Desaparecer completamente

(se recomienda leer el cuento escuchando la música del siguiente video)
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El hambre lo consumía. El departamento sucio, casi vacío. Se sentía incómodo por la capa de tierra y sudor que tenía impregnada en la piel. La canilla de la cocina goteando porque no cerraba bien; el ruido era insoportable. El frío lo hacía temblar. La pared se ennegrecía de humedad, la única silla estaba tan rota que prefería sentarse en el piso.
Día, tarde, noche; no sabía. Todo era igual desde que, por falta de fuerza y ganas, no había vuelto a abrir las persianas. Su vida era un grito que pasaba desapercibido para una sociedad, un mundo, que no sabía que existía.
Y ahí estaba, casi desnudo, apoyado en la pared. Raquítico, sus huesos amenazando con atravesar su piel, apenas con fuerza para moverse, sosteniendo con amor su guitarra; guitarra lustrada, impecable: de luthier; contraste violento con el resto del departamento.
Apoyado en la pared, con los ojos cerrados y luchando internamente contra los ruidos de su panza y el frío de su blanca y parca piel, tocaba unas notas, probaba acordes. Cada tanto se detenía y escribía algo en la pared, emocionado. Probaba con más ganas y en sus ojos podía llegar a percibirse, con mucho esfuerzo y como brotando de una profundidad abismal, un pequeño destello de luz. Pero todo, como antes, como siempre, terminaba en una desilusión, un desengaño. Y entonces volver, probar otro camino.
Hacía tiempo, cuando todavía tenía nombre, se había preguntado qué pasaba con los ignorados, con los que no llegan. Cómo eran las historias de los que nunca conocían la gloria; adonde iban a parar aquellos de los que no hay que hablar. Ahora sabía.
Se esforzaba por no dejar que su sueño se terminara de desgastar. Cuando se despertaba, luchaba para seguir creyendo que lo iba a lograr, que iba a encontrar su música, su canción, que iba a grabar, que CD-recital-entrevistas y alcanzar la fama.
Pero pasaba el tiempo y nada. Notas, acordes en su cabeza. Estaba apoyado contra la pared y ya no quería escribir más. No tenía sentido, no estaba pasando nada. En poco tiempo ya se iba a ir.
De a poco algo de su música se empezaba a repetir. Le sonaba conocido de una canción de Radio Head o Pink Floyd, ya no se acordaba ni siquiera bien de cuál.
Lo repetía una y otra vez y cada vuelta con mayor intensidad, mientras su rostro se contorsionaba por el dolor de su panza, por la irritación de la piel. Quería rascarse, pero tenía miedo de hacerse sangrar y no quería dejar de tocar, no podía.
Seguía repitiendo lo mismo una y otra vez, y fantaseaba con que no estaba, con que no existía. Imaginaba que dejaba de ser, que se soltaba, que ya no había presiones, dolores, que ya no había nada.
La canilla se terminó de romper y empezó a salir un chorro de agua, salpicando y haciendo tanto ruido que la cadencia que tocaba era cada vez más indistinguible. El reclamo por el pago del alquiler llamaba a la puerta, e inconcientemente, ajustó sus acordes al ritmo de esos golpes. Pero no se dio cuenta porque internamente seguía alejándose, seguía dejando de existir, continuaba abandonando un pedazo de su alma en cada nota.
Empezó a escuchar un violín que crecía, que hablaba. Y él que no estaba, que dejaba de ser, que se iba. Atravesaba paredes, flotaba en el riachuelo y allí estaba Ofelia todavía cantando, llena de flores y amor para él.
Y no pasaba nada, se habían acabado los momentos, ya no estaba, se había ido. No había dolor, ya no golpeaban su puerta, no importaba el agua que empezaba a inundar el piso, no importaba el hambre, ya no estaba, no estaba pasando nada. Había volado tan lejos que ya no había retorno, y además no quería volver. Seguía creciendo, se seguía yendo, dejaba su cuerpo, lo abandonaba en ese cuarto mísero y perdido en una calle extraviada en esa ciudad de mil ciudades y él se iba adonde quería. Flotaba en el Liffey; el agua lo abrazaba y lo tocaba porque lo admiraba, porque quería su música. El cielo le regalaba su celeste más alegre. El sol acariciaba suavemente su cara y él se dejaba estar. El agua lo llevaba y lo hacía recorrer mil paisajes. Y él se abandonaba tranquilo, lleno de paz. Ya no quedaba nada de aquel departamento, de aquel dolor. Ya no estaba, se había ido y nunca lo iban a poder encontrar.

miércoles, 6 de octubre de 2010

María

Pero para María no hay madrugada,
pero para María no hay mediodía. 
( María Landó de Cesar Calvo- Chabuca Granda)


Suspendido en el aire el cóndor sobrevuela cientos de metros por encima de las casas hechas de piedra y madera dispersas a lo largo de la ladera. Allí abajo hay una pequeña aldea, escondida entre los altos picos de los Andes. En medio de esas construcciones todavía sobreviven algunas brazas del fogón de la noche anterior, aquel fogón de baile y mitos, y una mujer se le acerca. Sus manos de negra, de negra María, de mujer, de trabajadora, llevan un cuenco. Con un palo recoge alguna de las brazas en el recipiente, camina cansada y va hacia una de las chozas, corre el duro portón de madera y entra a la humilde construcción donde la temperatura asciende apenas unos grados. Apoya las rodillas raspadas en el piso, deja las brazas y unas maderas en la precaria chimenea y dobla su columna hasta casi alcanzar con su mejilla el piso  helado. Sopla María, sopla y salen unas chispas.
Camina hacia su crío. Piensa en Zino, Zino dónde estás hija mía, dónde estás. Se la llevaron y ella, esclava, no pudo decir que no, y aunque dijo, y aunque gimió, hija mía, se la llevaron. A este otro negrito no le puso nombre todavía, no sea cosa que se lo saquen o, tal vez, que muera de frío como tantos otros. Le da la leche, revisa el fuego y sale al tiempo que escucha los gritos del patrón.
Escucha los gritos, María, del español fornido con látigo en la mano. Una hora de caminar con la cabeza gacha y entra a trabajar. María no tiene tiempo, no quiere pensar que su hijo está solo, tal vez llorando. Dos docenas de negros caminan en fila bajo la mirada de los blancos patrones armados y se introducen en el corazón de la tierra, en los túneles cavados por ellos mismos, o sus hermanos. Caminan en silencio acompañados por sus herramientas y cada uno lleva un farol de aceite. Vamos escoria, caminen, grita un español. 
María está triste y sufre en el pecho pero que importa que un negro esté triste, qué importa que tus manos estén cansadas María, qué importa que, aunque no lo hubieras deseado, ya tengas cariño por tu crío, tu lindo negrito de ojos brillantes. No tenés tiempo, no hay pasado ni futuro, y el presente no es tuyo. María trabaja.
La negra se acuerda de la noche anterior, donde comprendió los Andes cómo alguna vez comprendió su tierra Africana. Se acuerda que ella fue, por unos instantes, el Cóndor de alas anchas, el espíritu volador. Sonaban los tambores y ella danzaba y ella cantaba. María tu voz es de los Dioses, le había dicho Motú en el fogón, dándole un abrazo y muchos más habían hecho lo mismo después de que hubiera cantado la historia de la muchacha que se había librado de su mala vida gracias al espíritu del árbol bajo el que yacía la difunta madre, allá, del otro lado del mundo en la libre África. 
Sos una artista, una vocera de Dioses, María, pero no ahora, no hay tiempo más que para el pico y los minerales brillantes. 
Quién sabe María cómo te duele el pecho, cada vez más. Es angustia, pero algo más también. Crece el dolor en el pecho y el túnel se oscurece. Un negro que trabaja al lado de María la mira de reojo, pero no se mueve por temor al español que camina por ahí. María se desploma y el negro deja su pico, el español se acerca a ver que sucede con estos estúpidos negros. Ella mira el pico sin poder enfocarlo completamente, mira el piso y sobre él una bota Europea, y piensa en su hijo, el lindo negrito y en su negrita Zino, piensa en África, sueña que es un cóndor y que está lista para volar de nuevo a la laguna sobre la que vivía en el otro continente, pero María no tiene tiempo de alzar los ojos, María solo trabaja. Su corazón deja de latir. 

En los Andes un negro bebé huérfano llora de frío y hambre y en Buenos Aires la negrita Zino, María para los clientes, cierra los ojos al tiempo que un rayo de oscuridad atraviesa sus entrañas sintiendo la muerte de su madre. Sabe que está más sola que nunca y, con esta certeza, mientras le cae una lagrima de su negra mejilla, vende otro de sus besos a un hombre desconocido.

lunes, 4 de octubre de 2010

El hijo de Perez

Yo tengo diez años y mi papá dice que ya soy un chico grande; por eso, aunque mi hermano de quince le diga que es imposible porque chico y grande son lo contrario; yo digo que soy un chico grande, porque mi papá es más grande y por eso sabe más que mi hermano.
Por eso, mañana le voy a preguntar algo que hoy no entendí, y él va a saber explicarme mejor.
Él me dijo hoy, cuando se me cayó el único diente que me quedaba que era de leche (nunca entendí cómo puede ser de leche y ser tan duro, porqué la leche se puede revolver como cuando le ponés chocolate pero los dientes son duros y no se revuelven, están en la boca pero a veces se caen, y a mi cuando se me cayó el último hoy mi papá me dijo) que el ratón Pérez era él.
Lo vuelvo a decir, porque sé que sorprende: Mi papá es el ratón Pérez.
Lo que no entiendo es como hace para cambiar los dientes por plata, como va a todas las partes del mundo a cambiar los dientes por plata, de donde saca la plata, como sabe adonde ir y cuando, pero sobre todo; si el es un ratón, ¿porque tiene forma de humano?, ¿esta disfrazado?, y que él sea ratón... ¿significa que yo también lo soy? Igual mañana le voy a preguntar a él que es más grande y por eso sabe más.