"Yo me iba a morir y Luc ya estaba
muerto, no habría nunca más una flor para alguien
como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente
nada, y la nada era eso,
que no hubiera nunca más una flor"
Una flor amarilla, Julio Cortazar
Antes
creía que los escritores se entregaban a la ficción para dejar en ella algo de
sus vidas personales, para contar cómo habían logrado darle cierre a algún capítulo
de su existencia. Podía tratarse de algo enorme o de algo pequeño, pero siempre
debía ser algo completo que el autor quisiera transmitir al resto de la
humanidad. Este "algo" –creía- era la razón y la urgencia para
lanzarse sobre el papel y lápiz.
Hoy
no lo tengo tan claro y desde esta confusión es que comienzo mi relato. Solo lo
comienzo; no sé, ni domino -que absurdo- dónde terminará.
A
veces creo que se escribe cuando falta claridad, cuando se está más lejos que
nunca del final de la historia, de cualquier historia. Otras pienso que esa es
la historia siempre: la de estar en medio de algo, creyendo que es su
culminación.