Juan pasó por el comedor de su casa con la intención de irse a dormir una siesta. Sin embargo, al mirar el piano, decidió sentarse a tocar y ver que música le suscitaba el momento.
Era una agradable tarde de primavera, dulce final de una mañana acogedora y tranquila, y Juan estaba de buen humor. Un buen humor sencillo. Un buen humor que no era saltar y reírse constantemente, sino disfrutar el momento y apreciar el lado agradable de la vida. Solo eso. Un buen humor que era estar bien.
Se sentó en la banqueta, abrió el piano y se acomodó. Probó algunos acordes, buscó una tonalidad. La mano derecha se fue soltando y empezó a decir cosas; la mano izquierda la estimulaba con suaves acordes. Al principio la derecha decía mucho y no era clara. Empezaba para arriba, después saltaba y bajaba y hablaba de montañas y sueños pero a la vez lo terrible que es la vida, y una tensión mostraba lo difícil que es decidirse, y encima decidía mal y caía a un lugar que era un escalofrío. Después de nuevo había algo de montaña pero esta vez también había algo celta en la sonoridad. Juan entraba de a poco. Al principio un poco torpe, atropellado, gritando. Después volvió a hablar de los sueños y ahí empezó a quedarse. Los sueños esto, y los sueños aquello; que son un poco así pero también pueden venir desde acá. Las notas se empezaban a buscar unas a otras. Todo empezaba a fluir. Suave, armonioso. Desde atrás, casi suspirando, una brisa de acordes que se iba acomodando a una melodía sutil pero firme, una melodía que era como un conejito saltando y algo de una sonata de Motzart, pero Juan no se acordaba de cual.
La melodía fue variando, se fue acomodando, creció y volvió a bajar. Se lleno de tensiones y se simplificó. Fue redondas. Fue un conejito que saltaba tímido pero seguro. Conejito-sol, conejito-sol, conejito cae al si y se queda un ratito.
La música volaba, se soltaba del piano y dejaba de ser tecla-martillo-cuerda. Surcaba el aire. Conejito que salía de la casa y del otro lado de la pared se escuchaban sus saltitos, y del otro lado de la pared estaba Daniel regando unas flores; Daniel que se detenía y escuchaba atento. “Es verdad eso que dice el conejito sobre los sueños. Es verdad.”
Daniel dejó la regadera y se acercó a la pared. Lentamente se sentó en el pasto a escuchar, cuidando su columna que todavía resistía a pesar de sus más de 70 años, pero después de que cumplió los setenta ya no contó más.
Cerró los ojos y respiró conejito que saltaba sueños. Respiró profundo y tranquilo. Sonrió y empezó a balancear suavemente su cabeza acompañando la música.
Desde la ventana de su casa lo miraba su mujer, Marcela. Lo miraba llenar sus pulmones de vida; de amor a la vida.
Marcela no escuchaba conejito saltando pero lo veía en el rostro de Daniel.
Su vida de jubilada tenía mucho de eso; de detenerse en el medio de unos fideos que podían esperar para amasarse y mirar. Mirar una flor, una foto, un pájaro en la ventana o a su Danielito. Y detenerse. Recordar. Sonreír porque después de todo y a pesar de lo mucho que costó (y hay que ver lo que costó, que ellos sí que las pasaron duras) la vida es linda, y al dar los últimos pasos se da cuenta de que fue una bonita aventura, que valió la pena y el dolor, sí que valió.

No hay comentarios:
Publicar un comentario