Había que poner a funcionar la máquina. Lo importante era que anduviera, sin importar el costo, menos todavía nuestro cansancio. Palacios, Rueda y yo éramos los únicos que aún seguíamos en pie y alrededor nuestro se apilaban los cuerpos, algunos muertos, otros agotados prontos a partir al mundo del sueño eterno.
Ya ni recordábamos por qué lo hacíamos, pero se nos presentaba como una verdad infalible que nuestro destino y el de la máquina eran una misma cosa. Para mí en verdad era así, pero no lo iba a saber hasta tiempo más tarde y a partir de una serie de desgracias.
Le pedí a Rueda que subiera al tablón de madera y que, ayudándose con la escoba que nos servía de abanico, bastón y de otras tantas cosas más, hiciera palanca sobre uno de los engranajes que colgaban sobre nuestra cabeza. Desde hacía unos días Palacios y él habían asumido que yo debía dirigir al grupo, por lo qué en seguida cumplió con mi solicitud.
-Hay una rata, Fierro.
Me dijo.
- Sáquela entonces que no nos queda tiempo.
Le respondí, y escuchando mis palabras me convencí de que se trataba de un asunto urgente, aunque en verdad no sabía bien que sentido tenía todo esto. Palacios cerraba los ojos cada vez con mayor frecuencia. Le dije que vamos hombre, que no se le apague el espíritu, pero ya lo veía irse con los demás, con los cansados.
Rueda consiguió sacar la rata, que era del doble del tamaño de un hombre, y escuchamos que algo comenzó a moverse. Parecía que iba a arrancar de una vez esta maldita máquina que era motivo tanto de nuestro calvario como de nuestro existir. Pero apenas gíró un diente del engranaje y se quedó quieto nuevamente.
Los ruidos que venían de la caldera y del galpón donde se alojaba el gigante motor y el acontecimiento reciente me indicaban que la máquina estaba encendida, y que el problema era con alguno de estos engranajes del cuarto donde estábamos.
-Palacios, no se quede dormido. Agarre a uno de nuestros queridos compañeros y póngalos a trabajar.
Él, cansado como estaba, agarró la mano de uno de los hombres que tenía a su costado y lo arrastró hasta la caldera. Por el olor pude saber que lo había echado al fuego. Aunque los cuerpos humanos no son muy buenos para avivar el fuego, con este sistema conseguíamos más espacio para movernos.
- Luman y Garrido no respiran más.
Nos hizo saber Rueda desde el otro lado del salón.
-Ya me estaban empezando a molestar los ronquidos del Polaco.
Así le decíamos a Luman, y con estas palabras de Rueda comenzábamos a borrarlo de nuestra memoria.
-Voy a meterme a ver cuál es el problema- anuncié preocupado.
Introducirme entre los engranajes era peligroso y si lograba mi cometido lo más probable era que fuera mi última acción en esta vida. Lo cierto es que desde unas horas atrás (o días, o semanas, no lo podía saber) había ido creciendo en mí la idea de que las cosas para que salieran bien las tenía que hacer yo mismo. Rueda y Palacios reaccionaron- como era nuestra costumbre frente a todo lo que pasaba- con indiferencia a mis palabras.
Me acosté en el piso y comencé a introducirme entre las partes de la máquina, en dirección a lo más desconocido de ella, descubriendo nuevos engranajes de todos los tamaños que se encadenaban unos con otros, largos tubos de metal, sistemas complejos y chorros de grasa que los lubricaban.
Con mi cabeza más aceitosa que nunca y los dedos negros avancé hasta toparme con una caja enorme. Esto era lo que impedía el funcionamiento del artefacto. Con esfuerzo logré ponerme en pie, aunque debía torcerme para no golpear con el chapón que colgaba sobre mí. Saqué una llave inglesa de mi bolsillo y empecé a hacer palanca para que la caja se corriera de donde estaba. Se mostraba rígida y pesada y no parecía que fuera a ceder ni un milímetro. Allí fue cuando noté con curiosidad que había, sobre ella, unas inscripciones, unas letras que- por supuesto- me resultaban familiares.
Agudicé la mirada, tratando de leer con la poca luz que me llegaba por entre los tubos, caños, engranajes y chapas. Mis manos temblaban.
Unos caracteres de imprenta desprolijos anunciaban: Lucas Fierro, 1998.
Continuará ...
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