En Buenos Aires hace frío. Hace poco ha comenzado la primavera prometiendo un clima más caluroso, pero ahora ésta parece abandonar su lento y progresivo avance para regalarle unos días más al invierno. Ignacio sube el cierre de su buzo y camina por las transitadas calles porteñas. En poco minutos llega a su edificio, sube las escaleras, abre la puerta del departamento de sus padres y entra en él. Deja la mochila con los cuadernos de la facultad, prende la computadora, espera unos minutos ansioso y accede a su correo electrónico. Escribe entusiasmado y, minutos más tarde, toca "enter".
Dos años antes, en su casa de Boulogne, Gastón había recibido, en menos de una semana, cientos de correos electrónicos de una cadena de su grupo de amigos. Gastón es un rubio de veinte años, enorme, ingenioso, divertido y, por ello, querido por todos. Lee el último de los mensajes del buzón y decide en ese instante contribuir al grupo con una propuesta: los viernes serán "viernes-mix". Aquel que así lo desee, explica, mandará a través de la cadena una "canción para bailotear" al grupo. Cuando los integrantes del mismo reciban los viernes estos mensajes, deberán dejarse llevar por su música y bailar "estén en el trabajo, en la facultad, en sus casas o en un ciber". Ese día Gastón comienza una tradición que seguirá vigente al menos dos años más tarde, cuando Juan se encuentre con ella.
Juan tiene un día libre de obligaciones. Intenta escribir un cuento, pero se encuentra paralizado en su creatividad y, por ello, desesperado. Amalia, complicada para concentrarse en su estudio, se toma un recreo hablando con él. Le pregunta a través de Facebook por qué escribe, tratando así de ayudarlo a desbloquearlo. Él le dice que lo hace porque le gusta jugar con la realidad, encontrando relaciones distintas, nuevas, entre las cosas. Tal vez deba alejarse de la computadora, le propone ella (él le acaba de decir que quiere destruir la máquina por considerarla culpable de su falta de inspiración). Juan la despide y cierra la conversación porque se da cuenta que su amiga tiene razón.
En el cuarto de al lado Belén, la hermana menor de Juan, se sienta en el apoya-brazos del sillón de la computadora. Mira aburridamente fotos y comentarios que sus amigos y conocidos han publicado en internet. Definitivamente, piensa, la foto que tiene frente a sus ojos hace que su amiga Martina se vea linda. La música del cuarto de al lado se escucha cada vez más fuerte, oye la manija de la puerta que baja y ve salir de ahí a su hermano bailando (bailoteando) una canción que ella suele escuchar en fiestas.
-Mentiroso, corazón mentiroso-
Juan baila.
Cuatro minutos antes, después de hablar con Amalia, cuando se disponía a apagar su computadora, había recibido un e-mail de su amigo Nacho. Es viernes, toca viernes-mix, corresponde bailar, dice él. Los movimientos de su hermano, piensa Belén, son graciosos. No tiene técnica, pero es divertido ver su entusiasmo. Le pregunta a Juan qué hace.
-Hoy es viernes-mix- él le responde- Hay que bailar.
Belén mira y se ríe, mueve tímidamente su cuerpo, baila sentada. Él se mueve espástica y exageradamente hasta que la música cesa. Ella propone ahora un tema para danzar. Después de una serie de intentos fallidos, los dos hermanos logran sincronizar la misma canción en las computadoras de cada uno de los cuartos donde se encuentran. Suben el volumen y en los parlantes una voz repite "give me everything tonight".
La propuesta de Gastón fue recordada por Ignacio porque quería combatir así la tristeza del frío con música. Envía el mensaje en el instante exacto en que Juan se encuentra necesitado de destrabar su cabeza; un instante después de que se ha dado cuenta de esto; un instante antes de que hubiera apagado su computadora. Él se da cuenta que activar su cuerpo es una buena idea y se deja llevar por la casa, se encuentra con su hermana en el momento en que ella se pregunta por qué todo es tan igual y tan aburrido. Ella se da cuenta ahora que ni todo es tan igual ni tan aburrido y se permite mover un brazo en el aire. Baila.
En ese instante el preceptor está aburrido; bosteza. Gastón ya no participa del grupo en el cual, dos años antes, instituyó que los viernes son para bailar. Mira el reloj, cansado. No ve la hora de irse a su casa y abandonar el colegio en el que trabaja. Revisa el correo electrónico y solo encuentra tres publicidades y la suscripción que le llega semanalmente sobre su club, su pasión: Racing. Todavía falta una hora para que se termine su turno.
María escucha desde su cuarto el ruido de la música de sus hijos. Sube las escaleras y les dice con enojo que bajen el volumen, que no pueden poner la música tan fuerte. Antes de la interrupción ella estaba intentando trabajar. Belén deja de agitar su brazo y para la música. Todo vuelve a ser, para ella, igual de silencioso.
Juan, luego de ser reprendido, deja de bailar y vuelve a su computadora: ahora tiene algo que escribir. Ignacio en su departamento en capital duerme la siesta.
Dos días más tarde Rosario entrará al blog y leerá lo que Juan escribió. Reconocerá la historia, reconocerá los personajes, recordará que ese viernes en el que transcurre todo ella recibió también la canción de Ignacio y otras tantas más que mandaron otros amigos (aunque no las vio hasta el día siguiente). Ese día viernes había sido el cumpleaños de sus hermanos, los mellizos, y su casa había estado invadida todo el día por visitas. Juan pasó por allí, saludo a sus hermanos, comió torta y se reencontró con viejos amigos. Ese día Rosario estuvo todo el día con ganas de decir algo pero no se animó.
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