Cuentos cortos en español.

domingo, 2 de octubre de 2011

Miriam I (Sobre la timidez)

http://deloquecontamos.blogspot.com/2011/08/sobre-la-timidez-y-las-flores-miriam.html

Miriam llegó de España un día hace mucho tiempo, con las mismas arrugas que aún conserva, con el mismo acento que todavía se le escucha las pocas veces que decide hablar. Llegó sola. Compró una casa ya por ese entonces vieja, de jardín extenso y amplias ventanas, y se instaló.

El pelo recogido, de camisa y larga falda; sencilla, elegante. Su rostro surcado por nobles arrugas y sus manos curtidas, moviéndose despacio hasta que se ocupada con algo. Entonces había que verla; se movía ágil, armónica, todo su cuerpo fluyendo en cada uno de sus movimientos y sus manos; sus manos hábiles y firmes era capaces de transformar cualquier tarea en una obra artística.

Al principio su escasa comunicación irritó hasta la calumnia la curiosidad de los escasos habitantes de este pueblo de polvo y chismes. Que era una criminal que había matado a su marido, que era una anarquista que venía acá a esconderse, que sobre su cabeza pendía un pedido de captura por millones de pesos y en cualquier momento aparecía la interpol por el pueblo para llevársela. Se hablaba sobre ella cada vez que dos personas se cruzaban en la calle o el almacén. Recuerdo a mi madre murmurando maliciosa de “la galleguita” mientras lavaba los platos.

Pero ella parecía no enterarse. Permanecía tranquila en su casa, moviéndose acá y allá en su jardín, solo saliendo una vez al día a hacer compras, cortés y silenciosa.

Con el correr de los meses las habladurías fueron disminuyendo y nos fuimos acostumbrando a su presencia, pero siempre manteniendo cierto recelo, cierta sospecha de que en cualquier momento saldría a la luz un pasado escandaloso, el asesinato de un hijo o un vínculo con alguna extraña y antigua secta.

De todos modos, cuando llegó la primavera y su jardín inundó de alegría y color toda la cuadra, era normal notar que algunas personas desviaban un poco su camino para pasar cerca de esas decenas de flores hermosas y deleitarse con sus formas y aromas.

Así, poco a poco la silenciosa y afable señora se volvió parte de nuestro pequeño pueblo. Aunque estoy seguro de que la primera vez que crucé más que un par de frases con ella fue cuando mi padre cayó enfermo.

Ni mi madre, ni el médico, ni Pablo nos decían nada de lo que pasaba pero yo sabía, por su forma de darnos las espaldas a mí y a mis hermanas, que algo andaba mal.

Recuerdo que estábamos todos en la casa nerviosos, pero como nosotros todavía éramos muy chicos nadie nos decía nada. Alrededor del mediodía Agostinita salió corriendo y llorando del cuarto de nuestros papás y yo quise ir a ver que pasaba. Pablo salió a cortarme el camino y después todo era lágrimas en las caras de todos. Yo no entendía nada y me acuerdo que pensé en muerte porque intuía que la palabra tenía algo que ver con todo eso. Al rato vinieron los médicos a llevárselo y yo vi que se movía y que tenía los ojos abiertos.

Se lo llevaron, y quedamos en silencio. Mi madre lavaba todo lo que encontraba a su camino. Nos gritaba que nos estuviéramos quietos y callados pero no hacía falta porque nosotros ni nos movíamos, excepto por Agostinita que no paraba de llorar sobre el regazo de Pablo. Yo no entendía que pasaba, no pude más y me fui.

Caminaba por la calle pateando piedras, mirando el piso y retándome porque no sabía llorar, porque no lloraba como todos y seguía como si nada. Pero la verdad es que no entendía nada. No sabía lo que estaba pasando pero en ese momento creía que sí, que comprendía todo perfectamente y que correspondía llorar. Pero yo no lloraba. No me sentía triste. No sentía nada.

-¡Martín!

Levanté la cabeza y la vi a Miriam mirándome.

-Véngase para acá polluelo.

Me acuerdo que me gustaba que me diga polluelo. Solo ella me decía a veces así y yo me sentía bien, porque solo me lo decía cuando nadie más escuchaba.

-¡Vamos Martincito! Llevo un rato llamándote pero ni me escuchas.

-Perdón, señora Miriam. Es que voy distraído.

-¡Nada de perdones! –dijo con ese tono amable y directo que la caracterizaba- me va a ayudar con mis panes que yo estoy plantando unas semillas.

Ese día trabajamos hasta que se hizo de noche. Sin hablar mucho, porque ella decía que había que dejar que nuestras manos hablaran. Yo le pregunté qué palabras podían decir nuestras manos. “Hoy” me respondió “panes y flores”.

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