Cuentos cortos en español.

sábado, 23 de marzo de 2013

Esmeralda 1 y 2


Bastaría contar todo lo que podría haber sido para llenar todos los espacios de tu memoria con su imagen. Pero a vos, lector, voy a ahorrarte mi obsesión; aunque no sin darte un par de ideas sobre lo que significa o puede significar ella. Digámosle, por ahora, Esmeralda.
La conocí por primera vez en un colectivo. Un 407. Ese día era el último día de trabajo del chofer, que había decorado el colectivo con distintas cartulinas “Felicitaciones Rubén; tus hijas”; “Te bancamos en tu nuevo proyecto; la banda azul”; “Gracias por tantos viajes”; y uno escrito por el propio Rubén “Estimado pasajero: estos son mis últimos viajes, fue un placer llevarlo, fue un placer traerlo, espero que los viajes hayan sido un placer para usted también.”
La gente en el colectivo se sumaba al clima festivo reinante. Circulaban mates, las facturas que un pasajero había bajado a comprar en un semáforo en rojo, un chico tocaba la guitarra y todos aplaudían. El colectivero sonreía con los ojos húmedos mientras frenaba amablemente en todas las esquinas “suba despacio doña, que los escalones son altos”.
Esmeralda estaba sentada en la mitad del colectivo, sonriendo y hablando con unas señoras. Cada tanto gritaba “¡Genio Rubén!” y las señoras aplaudían entusiasmadas.
Yo me senté cerca y la observé, encantado por su apariencia tan suelta y agradable. Me gustaba el trato que mantenía con las señoras; y recuerdo que esa vez me percaté del detalle de que llevaba zapatillas de danza jazz. Su sonrisa, sus aplausos, “¡Rubén groso!”.
Yo pensaba en lo lindo que debía ser verla bailar y una de las señoras le dijo algo como “Laura, nosotras nos bajamos en la próxima, un gusto conocerte”. Yo como siempre, tímido y convencional, me quedé sentado a una distancia prudente intentando llamar su atención cantando a viva voz y aplaudiendo. Algunas veces me miró sonriendo. Otras veces miró sonriendo al chico de la guitarra. Y de repente estábamos en la estación, el timbre, gracias Rubén, felicitaciones y me iba recordándola: Esmeralda.

La segunda vez fue en mi casa. Yo solo en el living y la misma historia de cualquier casa en una ciudad: justo en la pared de atrás del televisor aparece caminando plácidamente una cucaracha.
Yo me paro con la intención de terminar con tanta placidez utilizando la fatalidad de la suela de mi ojota y veo que desde el televisor sale otra más. Me freno, invadido por esa sensación de asco condimentada con algo de miedo que caracteriza el avistaje de cucarachas. Quizás el dúo merezca que la suela se transforme en Raid y mientras pienso esto se suman nuevas cucarachas que se unen a la primera formando una mancha marrón movediza y mugrienta.
Una sensación de calor me recorre la garganta; como si hubiera tragado arroz crudo caliente y el vomito amenaza brotar como lava desde el centro de mi cuerpo. Estoy paralizado de repugnancia frente a la pared en donde las cucarachas parecen haber iniciado un congreso. O quizás es su nuevo boliche.
De repente vuelvo a pensar en eso que dicen tantos de que las cucarachas nos van a sobrevivir; de que aunque el mundo estalle en mil pedazos van a vagar por el espacio. Y aunque logre matar a alguna, después la voy a barrer y tirar al tacho de basura que es como el paraíso para ellas, así que de todas maneras salen ganando. Todos estos pensamientos se funden con el recuerdo de esa película de los agentes que matan extraterrestres que son cucarachas y ellos van vestidos de negro como dos James Bonds intergalácticos.
Me arrodillo reconociendo mi derrota frente a los insectos y entonces, por un segundo, ellas frenan.  Al instante vuelven a su repugnante movimiento perpetuo, solo que esta vez hay algo más: el todo que conforman tiene forma.
Si no les presto atención a los movimientos individuales, el conjunto de cucarachas dibuja una cara; el rostro hermoso de una chica que reconozco de la facultad: se sienta en la primera hilera de asientos y siempre se sonroja cuando al escuchar “Josefina Forsterbend” ella responde presente.
Es tan extraño verla tan linda sonriéndome desde su rostro-cucaracha, yo arrodillado en el centro de mi living oscuro con una ojota en mi mano derecha. Y sin embargo, sentimiento extraño que te invito a no juzgar, tengo ganas de pararme y acercarme a darle un beso: Esmeralda; dulce y linda esperanza.

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