Bastaría contar
todo lo que podría haber sido para llenar todos los espacios de tu memoria con
su imagen. Pero a vos, lector, voy a ahorrarte mi obsesión; aunque no sin darte
un par de ideas sobre lo que significa o puede significar ella. Digámosle, por
ahora, Esmeralda.
La conocí por
primera vez en un colectivo. Un 407. Ese día era el último día de trabajo del
chofer, que había decorado el colectivo con distintas cartulinas “Felicitaciones
Rubén; tus hijas”; “Te bancamos en tu nuevo proyecto; la banda azul”; “Gracias
por tantos viajes”; y uno escrito por el propio Rubén “Estimado pasajero: estos
son mis últimos viajes, fue un placer llevarlo, fue un placer traerlo, espero
que los viajes hayan sido un placer para usted también.”
La gente en el
colectivo se sumaba al clima festivo reinante. Circulaban mates, las facturas
que un pasajero había bajado a comprar en un semáforo en rojo, un chico tocaba
la guitarra y todos aplaudían. El colectivero sonreía con los ojos húmedos
mientras frenaba amablemente en todas las esquinas “suba despacio doña, que los
escalones son altos”.
Esmeralda
estaba sentada en la mitad del colectivo, sonriendo y hablando con unas
señoras. Cada tanto gritaba “¡Genio Rubén!” y las señoras aplaudían
entusiasmadas.
Yo me senté
cerca y la observé, encantado por su apariencia tan suelta y agradable. Me
gustaba el trato que mantenía con las señoras; y recuerdo que esa vez me
percaté del detalle de que llevaba zapatillas de danza jazz. Su sonrisa, sus
aplausos, “¡Rubén groso!”.
Yo pensaba en
lo lindo que debía ser verla bailar y una de las señoras le dijo algo como
“Laura, nosotras nos bajamos en la próxima, un gusto conocerte”. Yo como
siempre, tímido y convencional, me quedé sentado a una distancia prudente
intentando llamar su atención cantando a viva voz y aplaudiendo. Algunas veces
me miró sonriendo. Otras veces miró sonriendo al chico de la guitarra. Y de
repente estábamos en la estación, el timbre, gracias Rubén, felicitaciones y me
iba recordándola: Esmeralda.
La segunda vez
fue en mi casa. Yo solo en el living y la misma historia de cualquier casa en
una ciudad: justo en la pared de atrás del televisor aparece caminando
plácidamente una cucaracha.
Yo me paro con
la intención de terminar con tanta placidez utilizando la fatalidad de la suela
de mi ojota y veo que desde el televisor sale otra más. Me freno, invadido por
esa sensación de asco condimentada con algo de miedo que caracteriza el
avistaje de cucarachas. Quizás el dúo merezca que la suela se transforme en
Raid y mientras pienso esto se suman nuevas cucarachas que se unen a la primera
formando una mancha marrón movediza y mugrienta.
Una sensación
de calor me recorre la garganta; como si hubiera tragado arroz crudo caliente y
el vomito amenaza brotar como lava desde el centro de mi cuerpo. Estoy
paralizado de repugnancia frente a la pared en donde las cucarachas parecen
haber iniciado un congreso. O quizás es su nuevo boliche.
De repente
vuelvo a pensar en eso que dicen tantos de que las cucarachas nos van a
sobrevivir; de que aunque el mundo estalle en mil pedazos van a vagar por el
espacio. Y aunque logre matar a alguna, después la voy a barrer y tirar al
tacho de basura que es como el paraíso para ellas, así que de todas maneras
salen ganando. Todos estos pensamientos se funden con el recuerdo de esa
película de los agentes que matan extraterrestres que son cucarachas y ellos
van vestidos de negro como dos James Bonds intergalácticos.
Me arrodillo reconociendo
mi derrota frente a los insectos y entonces, por un segundo, ellas frenan. Al instante vuelven a su repugnante
movimiento perpetuo, solo que esta vez hay algo más: el todo que conforman
tiene forma.
Si no les
presto atención a los movimientos individuales, el conjunto de cucarachas dibuja
una cara; el rostro hermoso de una chica que reconozco de la facultad: se
sienta en la primera hilera de asientos y siempre se sonroja cuando al escuchar
“Josefina Forsterbend” ella responde presente.
Es tan extraño
verla tan linda sonriéndome desde su rostro-cucaracha, yo arrodillado en el
centro de mi living oscuro con una ojota en mi mano derecha. Y sin embargo,
sentimiento extraño que te invito a no juzgar, tengo ganas de pararme y acercarme
a darle un beso: Esmeralda; dulce y linda esperanza.
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