"Yo me iba a morir y Luc ya estaba
muerto, no habría nunca más una flor para alguien
como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente
nada, y la nada era eso,
que no hubiera nunca más una flor"
Una flor amarilla, Julio Cortazar
Antes
creía que los escritores se entregaban a la ficción para dejar en ella algo de
sus vidas personales, para contar cómo habían logrado darle cierre a algún capítulo
de su existencia. Podía tratarse de algo enorme o de algo pequeño, pero siempre
debía ser algo completo que el autor quisiera transmitir al resto de la
humanidad. Este "algo" –creía- era la razón y la urgencia para
lanzarse sobre el papel y lápiz.
Hoy
no lo tengo tan claro y desde esta confusión es que comienzo mi relato. Solo lo
comienzo; no sé, ni domino -que absurdo- dónde terminará.
A
veces creo que se escribe cuando falta claridad, cuando se está más lejos que
nunca del final de la historia, de cualquier historia. Otras pienso que esa es
la historia siempre: la de estar en medio de algo, creyendo que es su
culminación.
Él
no lo tiene claro todavía; quizás nunca lo resuelva.
-El
arte emula la vida y todo lo que la rodea. Pero la vida tiene un dinamismo que
las obras no poseen. Toda fotografía es, de algún modo una mentira. Toda fotografía,
todo relato, es una representación acabadamente de algo aún en movimiento- le
había dicho Roberto a ella.
Ella
le aferraba la mano, él miraba con seriedad la foto frente a ellos. Un mundo de
gente elegante desfilaba por la galería juzgando las obras y tomando champagne.
El gastado saco de Roberto le recordaba que él solo era un invitado ocasional
en este mundo de lujo.
Barrio
de Saavedra. Vemos, en un edificio decadente, la ventana abierta de una
habitación. Adentro se puede sentir el olor a humedad, encierro y depresión.
Escuchamos, como gotas anchas de una lluvia que comienza a caer en los techos
de las casas, los dedos del escritor sobre el teclado de su vieja computadora.
Se frenan.
"Que
puta esta vida. Lo que uno quiere de ella, los deseos más profundos que nos
dejan sin dormir, son apenas una ínfima parte de todo lo que existe” piensa. Él
cambiaría toda su realidad, si tan solo tuviera el coraje. Sueña no tener que
escribir esos folletines tan horrendos para mujeres que no tienen otra
compañera que no sea una estúpida ilusión romántica, porque su vida, como la
del escritor, es también horrenda. Detestable y solitaria.
Él
siente un poco de lástima por ellas y, mucho más, rechazo. Pero esas mujeres
pagan su alquiler, la luz, el agua. Por eso no puede hacer más que bajar la
cabeza ante su realidad. Escribe.
“-Quisiera que no se fuera Susana,
pero sé que es mucho pedirle- dice Luís y baja la mirada.”
Al
escritor le molesta la timidez de su personaje. Si tan solo tuviera el coraje
de decirle a esa mujer de una vez lo que le pasa: “Mirá Susana. No entiendo por
qué das tantas vueltas. Vos me querés, yo te quiero, y tu papá no tiene nada
que opinar sobre nosotros, por muy rico y poderoso que sea. Estamos dándo
vueltas desde el primer capítulo y solo falta que alguno dé el salto y se
termine esta publicación horrenda para mujeres deprimidas. Yo no me imagino una
vida sin vos; pero no así. Dejemos el español neutro y tanta estúpida timidez y
seamos felices”.
Al
escritor le entusiasma imaginar la rebelión de sus personajes. Al escritor se
le acelera el corazón imaginando todo lo que podría decirle a su editor, a ese
sucio mercenario, a ese traidor de las letras. Es que los personajes son,
aunque tan completamente otros, tan iguales a quien los engendra. Luego, ante el
menor de los descuidos, comienzan a parecerse al lector, que después encuentra
en ellos lo que nunca existió ni para los personajes ni para quien los
originó.
-El
único lector que existe es el apócrifo, el único arte que existe es el no
oficial.
-No
sé Roberto, siempre hablás tan complicado. A mi esta foto me gusta. No jodas.
Años
más tarde, fumando en una plaza de una Buenos Aires congelada y brumosa,
Roberto recordaría esa escena como un puñal. Siempre la tuvo a su lado y la
ignoró. La mejor obra: ella. Pero la tenía tan cerca, tan segura, que no
percibió su belleza. Porque –para él- solo lo que muere puede ser bello. Por
otra parte, todo lo eterno quizás no sea tan valioso. Ella no moría, por eso no
se lamentó apenas se fue. En uno de los muchos ensayos que había escrito para una
publicación de baja tirada había expresado:
“Nada
más perfecto y trágico que la belleza. Perfecto por su fuerza y terrible,
justamente por lo contrario, por su imperfección: sabemos que su condición
esencial, aquello que nos hace querer llorar de pena y alegría a la vez, es que
debe acabarse.”
Hablaba
de otra cosa; de la relación entre el arte y la religión, de cierta religión
como enemiga del arte. Pero así sucede a menudo: una pieza de un rompecabezas
termina encajando en otro; una frase que se libera de su contexto puede
ingresar gloriosamente en otro.
Roberto
recuerda aquel día. Los dos paseando por el museo; ella tomaba su mano. Él se
perdía en sus ideas: que lo pasajero del papel, que la condena al deterioro de
las obras. Reflexionaba, construía internamente el siguiente artículo a
publicar. Pensaba. Tal vez, algunas de esas fotografías, las mejores, serían
sometidas a procedimientos para su conservación, pero, tarde o temprano,
también terminarían desapareciendo. Eso lo movilizaba, lo entristecía y, a la
vez, le generaba un extraño placer. La ironía, piensa con angustia, es que
ahora todas esas obras están a su alcance, a un par de cuadras, y ella no.
Aquel momento mucho menos, jamás igual.
El
escritor, sentado frente a su computadora, piensa en todo lo que quiere decirle
a su editor. Quiere dejar atrás a Luis, a Susana y a las señoras con sus
ilusiones que pagan alquileres y servicios de otros. Sí, tal vez lo haga. Tal
vez deje este oficio de literato mediocre y se dedique a lo que en verdad le
hace estallar el corazón. Quizá pueda retomar su novela, aquella que dejó
cuando terminó su relación con Ana.
Los
últimos habían sido meses tormentosos. Ella le reclamaba amor, él no entendía
su lenguaje. Luego la separación, después su depresión de hombre de reacción
tardía, finalmente el orgullo femenino y miles de no, nunca más.
Escucha
el teléfono sonar. Roberto no desea atenderlo, pero el automatismo que rige su
vida lo hace por él. Si es el editor, probablemente no le diga que lo odia.
-Hola-
dice al levantar el tubo. Oye un silencio profundo del otro lado que le resulta
familiar. Ya lo conoce. Silencio, lugar donde la tragedia aguarda agazapada
para saltar. Silencio, anticipo del dolor.
-Roberto.
-Marina,
¿Qué hacés llamando a mi casa? Supongo que sabés que desde hace meses Ana y yo…
-Ana
murió, Roberto.
Un
llanto doble cruza la distancia entre ambos teléfonos y rompe la línea y un
fragmento del alma de Roberto, el escritor. Es el mismo llanto, en el cuerpo de
Marina y Roberto que reunidos por kilómetros de cable sufren el amor a una
misma persona que ya no está. Que nunca más va a estar.
Roberto,
el escritor, apaga el cigarrillo, cierra su abrigo y abandona la plaza. Se
dirige a su casa y no cree que nadie, en esa enorme ciudad poblada, se dé
cuenta que lo que corre por su mejilla es una lágrima. Podría ser el frío, que
hace llover en tantos ojos, tantas veces, en tantos lugares. Podría ser,
también, lo gris y brumoso del otoño, la naturaleza muriendo a cada rato y los
pájaros migrando.
Llega
a su casa y toma la última carta que le envió a Ana y que ella devolvió cerrada,
unos meses antes de morir. Roberto la abre.
“Perdón,
de nuevo te decepcioné. Esperabas una declaración sincera y te encontraste con
un ensayo, y luego volví a decepcionarte, porque, seguramente, habías creído
estar frente a un ensayo y encontraste esa mierda de carta que te mandé la
última vez. Creo que todo el tiempo que estuve con vos solo te pude dar buenas
ideas, y en esta carta ni siquiera tuve eso para vos.
Ahora
ni siquiera son buenas mis ideas. Así ando yo Ana. Soy la misma confusión,
aunque ni de eso estoy seguro. A veces creo que soy una historia que no termina
de salir y se pudre, de adentro hacia afuera. Ya no quiero que me perdones,
solo que me muestres dónde me olvidé la luz de nuestros primeros días. Recuerdo
que había algo. Llevame a ese lugar y, te dejo ir, yo me ocupo de seguir
andando después.”
Roberto
cierra la carta, la vuelve a meter en el sobre que la había contenido y la
guarda en el cajón de su escritorio. Oye que una paloma se apoya en el balcón
de su ventana. Sin pensarlo demasiado deja entrar al ave y cierra para que no
se enfríe la habitación. Se gira. Frente a él está la vieja computadora que lo
llama. Se sienta, contra el mismo respaldo de siempre y respira. Detrás –siente-
lo mira ella con sus ojos de ave, con una sabiduría ganada en horas de vuelo.
Ella lo ve todo desde allá, ella sabe bien.
Roberto
abre un archivo: “El escritor.doc”.
Luego
de varios meses, puede comenzar un capítulo nuevo de su novela:
"Antes creía que los escritores se entregaban a la ficción para dejar en ella algo de sus vidas personales, para contar cómo habían logrado darle cierre a algún capítulo de su existencia."
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