Cuentos cortos en español.

sábado, 3 de agosto de 2013

Golpes al cuero

El niño se arrodilla en el piso y recorre ceremoniosamente, con dos dedos, el lodo que se formó con la lluvia reciente. Luego con sus dedos embarrados recorre con fuerza y lentitud cada una de sus mejillas, trazando sus marcas de guerra. Desde la casa, su madre le dice que deje de ensuciarse la cara. El sonríe travieso “no sabe con quién habla señorita”. La madre pone cara de espanto participando en el juego del niño “¿Usted es un  indio salvaje?”. El niño profundiza su actuación poniendo cara de misterio. “Mucho más que eso señorita. Soy un Quilmes.”
El cuerpo recorre la superficie de la montaña rocosa como si estuviera recorriendo la piel de su amada. Conoce cada centímetro, cada mechón de pasto. Viaja corriendo y saltando sin hacer ruido, deslizándose tan delicadamente como sus labios quisieran deslizarse sobre los pechos de la mujer que lo espera lejos, en un pulmón de la cordillera donde los vientos soplan tan fuerte y los pasos son tan cerrados que solo los suyos pueden llegar. Frena erguido sobre una saliente y deja que una brisa acaricie su cuerpo mientras abre los brazos y respira toda esa vida que la madre tierra le regala.
El hombre había escuchado algo de folklore en alguna época, pero nunca mucho. Quizás por eso lo sorprendió tanto ese día el golpe del bombo legüero, tan profundo, tan íntimo: como si estuviera apelando directamente a un rincón de su alma que él ni conocía. ¿Qué es eso que escuchas, hijo? Una vidala o una copla, no sé bien. Es guaraní. ¿Por? Nada, son lindos los golpes. El hijo asintió y siguió pintando. El hombre no volvió a su libro. Esos golpes parecían estar marcando un nuevo ritmo en su respiración, parecían estar dándole una nueva fuerza al pulso de su sangre.
El niño continúa con su juego apasionado, corriendo por la casa como si estuviera corriendo por una montaña inmensa, llena de secretos. De repente frena sintiendo el viento que entra por una ventana y, como raptado, lanza un grito que le nace del centro del vientre, rasgando su garganta. A lo lejos se ve el fuego y entiende que es su pueblo, que no tiene sentido volver pero, al contrario, él empieza a avanzar más rápido.
De repente percibe que toda su existencia es arrastrada por fuerzas incomprensibles. No siente ira ni tristeza. No siente tiempo ni distancia. Mientras su cuerpo se acelera con el universo percibe que nunca tuvo nombre, que nunca tuvo tiempo. Sus músculos se tensan y relajan al desplazarse veloces por un camino esquivo que se pierde en precipicios y rocas que se desprenden.
Hace eco en su interior una nana dulce e intensa, una que le cantaban los días que la tribu salía de guerra. Sus manos acarician la tierra y sienten la energía que lo une a un cosmos eterno, a una energía que vibra a través del cuero de su cuerpo, uniendo su espíritu al ánima de la historia. A pesar de que su cuerpo avanza veloz, su pulso sigue el ritmo de la nana que sigue resonando en sus entrañas, dulcemente lastimera. Ser carne y roca; sangre y río. La melodía que despide a los que salen a desgarrarse en silencio por los cuerpecitos pequeños de los que aún lloran al dormir. Un día serán ellos y nacerán otros. O quizás no, quizás se acabe porque ahora.
El fuego cada vez más cerca. Gritos, piedras que caen, casas desmoronadas. Alaridos de quienes entregan su vida luchando. Los rostros altivos de su pueblo. Su rostro, también altivo, busca lo inevitable.
Pero antes, se arrodilla y hunde su cara en el pasto, alabanza a la madre tierra que lo sostuvo siempre y lo sostiene ahora. Hoy es carne y sangre; mañana será roca y río. Así agachado sobre el polvo, escupe y empieza a crear barro. Se arrodilla en el piso y recorre ceremoniosamente, con dos dedos, el lodo que formó. Luego con sus dedos embarrados recorre con fuerza y lentitud cada una de sus mejillas, trazando sus marcas de guerra.
Entonces vuelve a alzarse, elevando su rostro al cielo, dejando que lo golpee el calor del fuego tan cercano, que lo invada el humo que corroe sus arterias invadiéndolo con esos vientos de ruina.

Las notas de una nueva canción fueron diluyendo tenuemente la atmósfera que se había generado. Abrió los ojos en el sillón de su casa, su libro yacía a un costado, su hijo seguía pintando. Inhaló angustiado. Aún sentía la fuerza del bombo en el pulso de su sangre; aún sentía el calor del fuego en su rostro.

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