El niño se
arrodilla en el piso y recorre ceremoniosamente, con dos dedos, el lodo que se
formó con la lluvia reciente. Luego con sus dedos embarrados recorre con fuerza
y lentitud cada una de sus mejillas, trazando sus marcas de guerra. Desde la
casa, su madre le dice que deje de ensuciarse la cara. El sonríe travieso “no
sabe con quién habla señorita”. La madre pone cara de espanto participando en
el juego del niño “¿Usted es un indio
salvaje?”. El niño profundiza su actuación poniendo cara de misterio. “Mucho
más que eso señorita. Soy un Quilmes.”
El cuerpo recorre
la superficie de la montaña rocosa como si estuviera recorriendo la piel de su
amada. Conoce cada centímetro, cada mechón de pasto. Viaja corriendo y saltando
sin hacer ruido, deslizándose tan delicadamente como sus labios quisieran
deslizarse sobre los pechos de la mujer que lo espera lejos, en un pulmón de la
cordillera donde los vientos soplan tan fuerte y los pasos son tan cerrados que
solo los suyos pueden llegar. Frena erguido sobre una saliente y deja que una
brisa acaricie su cuerpo mientras abre los brazos y respira toda esa vida que
la madre tierra le regala.
El hombre había
escuchado algo de folklore en alguna época, pero nunca mucho. Quizás por eso lo
sorprendió tanto ese día el golpe del bombo legüero, tan profundo, tan íntimo:
como si estuviera apelando directamente a un rincón de su alma que él ni
conocía. ¿Qué es eso que escuchas, hijo? Una vidala o una copla, no sé bien. Es
guaraní. ¿Por? Nada, son lindos los golpes. El hijo asintió y siguió pintando.
El hombre no volvió a su libro. Esos golpes parecían estar marcando un nuevo
ritmo en su respiración, parecían estar dándole una nueva fuerza al pulso de su
sangre.
El niño
continúa con su juego apasionado, corriendo por la casa como si estuviera
corriendo por una montaña inmensa, llena de secretos. De repente frena
sintiendo el viento que entra por una ventana y, como raptado, lanza un grito
que le nace del centro del vientre, rasgando su garganta. A lo lejos se ve el
fuego y entiende que es su pueblo, que no tiene sentido volver pero, al
contrario, él empieza a avanzar más rápido.
De repente
percibe que toda su existencia es arrastrada por fuerzas incomprensibles. No
siente ira ni tristeza. No siente tiempo ni distancia. Mientras su cuerpo se
acelera con el universo percibe que nunca tuvo nombre, que nunca tuvo tiempo.
Sus músculos se tensan y relajan al desplazarse veloces por un camino esquivo
que se pierde en precipicios y rocas que se desprenden.
Hace eco en su
interior una nana dulce e intensa, una que le cantaban los días que la tribu
salía de guerra. Sus manos acarician la tierra y sienten la energía que lo une
a un cosmos eterno, a una energía que vibra a través del cuero de su cuerpo,
uniendo su espíritu al ánima de la historia. A pesar de que su cuerpo avanza
veloz, su pulso sigue el ritmo de la nana que sigue resonando en sus entrañas,
dulcemente lastimera. Ser carne y roca; sangre y río. La melodía que despide a
los que salen a desgarrarse en silencio por los cuerpecitos pequeños de los que
aún lloran al dormir. Un día serán ellos y nacerán otros. O quizás no, quizás
se acabe porque ahora.
El fuego cada
vez más cerca. Gritos, piedras que caen, casas desmoronadas. Alaridos de
quienes entregan su vida luchando. Los rostros altivos de su pueblo. Su rostro,
también altivo, busca lo inevitable.
Pero antes, se
arrodilla y hunde su cara en el pasto, alabanza a la madre tierra que lo
sostuvo siempre y lo sostiene ahora. Hoy es carne y sangre; mañana será roca y
río. Así agachado sobre el polvo, escupe y empieza a crear barro. Se arrodilla
en el piso y recorre ceremoniosamente, con dos dedos, el lodo que formó. Luego
con sus dedos embarrados recorre con fuerza y lentitud cada una de sus
mejillas, trazando sus marcas de guerra.
Entonces vuelve
a alzarse, elevando su rostro al cielo, dejando que lo golpee el calor del
fuego tan cercano, que lo invada el humo que corroe sus arterias invadiéndolo
con esos vientos de ruina.
Las notas de una nueva canción fueron diluyendo tenuemente la atmósfera que se había generado. Abrió los ojos
en el sillón de su casa, su libro yacía a un costado, su hijo seguía pintando. Inhaló angustiado. Aún sentía la fuerza del bombo en el pulso de su
sangre; aún sentía el calor del fuego en su rostro.
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