Escrito por Lulú
El cuarto, desgarrado, despojado de vida, el abandono, las sillas y un pizarrón. Allí se encontraba él, cadavérico pero rebalsado en entusiasmo, expectante, la paradoja viviente. Mal hablado, mal parado, mal educado pero no mala persona. Sus pelos electrizados, como el viejo Albert, aunque de Einstein no tenía ni un pelo de seriedad. Pero si de genio. No había relación sanguínea alguna, pero así se presentó, tío Walter. Personas, personas, si que las hay, 6 mil millones de hecho, dentro de este mar uno se destacó, el loco de Walter, si bien rozaba la demencia y la insalubridad, nunca se dio por vencida en su estuche; ese estuche dejado, desprolijo, desquiciado, su convicción. “Yo creo en la suma de voluntades, que lo que vos, vos, vos y vos decidan puede hacer toda la diferencia, porque el pelotudo que se pasa el semáforo en rojo le saca las dos gambas a tu sobrino, y siempre es el de atrás ¿no? El de atrás que me apura, el de atrás que me jode, el de atrás que me toca bocina, y me pregunto acá da la casualidad que nunca vino el de atrás ¿no? Porque el de atrás somos todos”. Dio un cachetazo de enseñanzas. Examen teórico, aprobado, 100%, vencimiento 11 de Agosto. Examen práctico, reprobado, a Julio, si que costó la rotonda marcha atrás. Examen moral, completo, ¿duración? La vida.
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