Cuentos cortos en español.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Al Joraca

Los rayos del sol atrapados por el smog. La humedad. El aire denso y pesado. Abrazado por el calor, tirado en su cama, solo deseaba que llegara la noche. Sus pensamientos mareados, las gotas de sudor que se limpiaba con su sábana y que unos minutos más tarde volvían a aparecer. Pensaba todo lo que tenía que hacer y sin embargo evitaba moverse, sabiendo que eso significaría desafiar al calor. Su piel pegajosa, su mente confundida. Hacía dos horas que se había duchado y solo podía pensar en cuando lo volvería a hacer. Pero sabía que hasta que la oscuridad de la noche no apañase un poco el sofocante calor, poco sentido tendría bañarse. Que el tiempo pase, que la noche llegué, que ducharse y sentarse en esa plácida oscuridad a leer los libros que lo urgen con su enorme cantidad de páginas, que esa renovación le de un poco de ánimo y vitalidad a su mente. Increíble cómo el clima destruyó su día. Cómo se vio vencido por el aire abrasador. Y no hay ni signos de viento. Buenos Aires debería acostumbrarse a vivir con siestas en verano y casas de barro para aislar mejor, o alguna porquería de material tecnológico o lo que sea. Pero sobre todo aplicar la siesta. Maldito pragmatismo. Quizás mudarse al norte.
Después de caminar un rato, no cansado pero sí dispuesto a descansar, se sentó en el borde del inmenso cráter a disfrutar del paisaje. Se lo imaginó lleno de agua, jugando con la teoría de que había habido agua en Marte. Ese podría haber sido un gran lago, bosques hacía la derecha de donde estaba sentado, hacía la izquierda el gran río que renovaría constantemente el agua del gran estanque. Justo frente a él un valle, un largo e inmenso terreno de pasto azul (siempre creyó que la vegetación de Marte, por los rayos y la composición de las rocas, sería azul), un valle lleno de criaturas físicas afectadas por la vida y la tierra como cualquier animal terrestre, y no como las criaturas físicas afectadas por la vida y la tierra como cualquier animal terrestre, y no como las criaturas físicas afectadas por la vida y la tierra como cualquier animal terrestre, y no como las criaturas.
Cerró el libro, mareado. Extraña historia, postal de Marte, así porque sí, de la nada. Se lo había imaginado con un mate en ese inmenso cráter. Como cuando dos argentinos que están de viaje en Europa se encuentran a comer unos choris. Irse tan lejos para seguir en la misma, tan estúpido, tan lindo.
Santiago, como tantas veces, escribía postales, paisajes. “Pintaba un cuadro con palabras” como él y su enorme ego solían decir. De todos modos no estaba mal. ¿No era él mismo, en ese momento, una postal? Bien podría ese Santiago escribirse algo de su espera de la noche, del calor y la piel viscosa.
De la incomodidad. De leer varias veces un mismo renglón, irritado, avanzando por el texto con sus ojos pero pensando en otra cosa, en el calor, en todo lo que tiene que hacer y que ya no sabe bien qué es, pero que son muchas cosas urgentes. Y su sábana que ya se empieza a humedecer. Pero claro, no tiene sentido transmitir molestias, incomodidades mundanas, seguro que el Santiago piensa que no es “muy poético”, en cambio sus fantasías de Marte.
Una mosca volaba a su alrededor. El ruido lo atacaba, perforaba su oido. Esa vibración constante que se movía por la habitación se paró en su pierna. Él la sintió un segundo, sintió la pequeña picazón y largó un manotazo.
Se le escapó. Volvió a escuchar el sonido. Se rascó donde acababa de estar la mosca y trató de no prestarle atención al sonido, de concentrarse en otra cosa. Pero cuanto más trataba de liberarse, más escuchaba el irritante y veloz aleteo.
Se movió un poco para agarrar la sábana arrugada bajo su cuerpo y se secó la frente.
un valle lleno de criaturas físicas afectadas por la vida y la tierra como cualquier animal terrestre, y no como las criaturas que, él estaba seguro, “habitaban” ahora Marte. Las comillas porque para describirlas el lenguaje terrestre no es el correcto. Él sabía de la “existencia” (de nuevo las limitaciones del lenguaje, y así seguiremos. De todos modos siempre es más fácil y rápido usar las palabras ya existentes (acá sin comillas aun)que ni siquiera cumplen su función correctamente en la tierra)
Típico de Santiago el juego de insultar lo que quiere. Las palabras que no cumplen su función y sin embargo son su medio de expresión, su máxima pasión. Ión, tensión.
El calor ofuscaba su mente, la rima de sus pensamientos lo mareaba aún más.
(acá sin comillas aun)que ni siquiera cumplen su función correctamente en la tierra.)
El jueguito del paréntesis. Que bronca le daba. Seguro se creyó muy inteligente al escribirlo, y él ahí con ese calor infernal.
Él sabía la “existencia” (de nuevo las limitaciones del lenguaje, y así seguiremos. De todos modos siempre es más fácil y rápido usar las palabras ya existentes (acá sin comillas aun)que ni siquiera cumplen su función correctamente en la tierra) de esos seres, entes, marcianos. Condenados a ser en comunidad (pero acostumbrados a eso como los humanos a la “libertad” individual), sin nacer ni morir como los vivos de la tierra, atados a la existencia (ahora sin comillas) de la roca que gira alrededor del sol.
Lo extraño de los individuos, que más que individuos son comunidad (él lo sabe y piensa en eso mientras mira el cráter que quizás fue lago), es que el devenir histórico, el dinamismo de la dimensión temporal es completamente ajeno a ellos. “Saben” del paso del tiempo por lo que le sucede a su roca (por ejemplo, si es verdad que hubo lagos, al desaparecer estos, ellos “saben” que las cosas cambian).
Ya ni siquiera una postal. Una idea sobre seres marcianos que, excusado en las falencias del lenguaje, no atina a describir. Y todo el juego de las comillas y los paréntesis que hace todo más tedioso e insoportable.
Mira la hora. 17:30. Pero el sol sigue como si fuera pleno mediodía y él solo piensa en el final del calvario (y reza para que ese final no sea una cruz porque él no esta dispuesto a beber de ese cáliz, aunque tomar algo no estaría mal).
Sin embargo, decide retrasar el momento del refresco.
Se levanta y empieza a caminar en sentido contrario al cráter. Si no está perdido, en cinco minutos debería llegar al Joraca. De todos modos no tiene apuro ni miedo a perderse. Está feliz de recorrer Marte descalzo, de raspar el suelo y de esa manera estar en contacto con los entes marcianos. Siente que es una manera de relacionarse con ellos.
El vuelo de la mosca. Una simple y constante alteración sobre el aire, tan rápida y sólida que produce ese sonido, ese perfecto trémolo, irritante, terrible para el oído, que transmite su incomodidad al cerebro, que ya no da a basto con tantos reclamos.
Siente que es una manera de relacionarse con ellos. Arrastra suavemente sus pies por el piso antes de levantarlos para avanzar un paso. El contacto con la roca es áspero pero no lo lastima. Una mosca que vuela alrededor empieza a perturbarlo. El calor es agobiante.
De repente se empieza a sentir mejor. El calor deja de apretarlo y su mente empieza a adquirir claridad. Sigue leyendo las últimas líneas del “cuento” mientras camina, sabiendo que lo terminara antes de llegar.
Ya no hay roca marciana bajo sus pies, la temperatura va en aumento y en lugar del plácido silencio de la no-atmósfera, una provocativa vibración empieza a atacar su oído.
Joraca ya aparece en el horizonte. No hace falta levantar la mirada del libro para saberlo, además se está volviendo del todo interesante. Una idea muy cortazariana, pero entretenida al fin.
Los rayos del sol atrapados por el smog. La humedad. El aire denso y pesado. Abrazado por el calor, tirado en su cama, los únicos libros que rodean su cama están llenos de teorías sociales, todas lecturas que debería estar llevando a cabo si no fuera por el calor, el agobiante, terrible, calor.

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