Cuentos cortos en español.

lunes, 1 de agosto de 2011

Partir

-Madre, no hay más yerba. ¿Me da para ir a comprar a lo de Lidia?
La mujer entró a la casa con una criatura en sus brazos. Era gorda pero a pesar de eso la remera que traía le bailaba a los costados, lo mismo que su pantalón, el cual se ajustaba en su cintura pero sobraba alrededor de sus piernas. Le dijo a José que acá tenés y comprame un kilo de papa ya que estás, que no hay más. José salió contento de tener una excusa para pasear. Abrió la reja que separaba su casa de la calle de tierra pensando que, tal vez, si el destino lo acompañaba se iría a cruzar con ella.
Su casa era igual a las demás. El gobierno no se preocupaba demasiado por saber qué quería cada familia, sino que armaba una maqueta -el lo sabía porque se acordaba de la primer visita de Mauro- y la copiaba una y otra vez a lo largo de las manzanas del barrio. Mauro les había explicado que las casas las estaba construyendo el Fondo Nacional de Viviendas, pero en Carlos Casares. Por eso, si querían tener la suya iban a tener que, primero, trasladarse al interior y, segundo, votar al que él les dijera. Como les dijo Madre, era lo mejor que podían esperar y ya verían qué podrían hacer allá para vivir. Tiempo después se mudaron su padre, su madre, José y sus tres hermanitos al barrio Esperanza.
José caminaba mirando al piso, jugando a patear piedras. Los perros, las decenas de perros que salían por cada paso que él daba, lo seguían ladrando. En la canchita, justo a sus espaldas, tres chicos jugaban ruidosamente al fútbol. Era temprano en la mañana pero el barrio ya comenzaba a despertarse con sus gritos, sus radios a todo volumen, sus perros y sus goles.
El niño llegó al almacén y empujó las tiras que colgaban de la puerta para entrar. Saludó a la mujer que estaba del otro lado del mostrador y le pidió papa y yerba.
-¿Nada más?
- No, nada más.
- ¿Cómo anda tu madre?
- Bien, ahí anda.
- ¿Tu papá?
- En el campo. Viene el Domingo.
- Quince con sesenta. Buen día.
José volvió sobre sus pasos, con la bolsa en sus manos. En la esquina se encontró con Kevin, un compañero de colegio que lo invitó a ir a la plaza. Le respondió que dejaba las compras y volvía y después podemos pasar a buscar a Agus, Luqui y, bueno, a Mica. Esto último lo dijo nerviosamente, porque no quería que se notara su interés.
-Bueno, dale.
Siguió caminando por las calles de tierra de su barrio y llegó a la esquina de su casa. La bolsa con las compras casi se le cae de la mano cuando vió la escena que se desarrollaba en la puerta de su casa. Varios vecinos se agolpaban alrededor de ella y de la ambulancia estacionada enfrente. José no corrió porque no sabía qué esperar, pero esperaba lo peor. Apuró el paso y se metió entre la gente. La gigante María, la firme María, su madre, que siempre había sabido soportar las pruebas que la vida le traía lloraba desconsoladamente. Marta, la vecina, se llevaba a los hermanos con ella. A todos menos al chiquito, a Rami. Su madre lloraba, un enfermero la miraba, y Ramiro yacía en los brazos de la otra enfermera. Estaba blanco, no respiraba, estaba muerto.
José no quería estar ahí, tampoco quería ir con la vecina. Un amigo de la familia quiso decirle algo, pero él no lo escuchó, soltó la bolsa que traía en sus manos y giró sobre sus pies. Se lanzó a correr hacia ningún lado, lejos, a donde fuera. Corrió la primer cuadra, todavía escuchando las voces de los curiosos y los preocupados que comentaban el horror de lo que acababa de acontecer.
Kevin lo frenó en medio de su carrera. Le preguntó a dónde vas, acá estamos, que ahí llegan los chicos. Efectivamente se acercaba el grupo de siempre. José tenía los ojos llorosos y su amigo no entendía bien a qué se debía.
- Traje la soga que me pediste- Dijo Luqui, mostrando una cuerda de unos dos metros de largo.
Y en ese momento comenzó a soplar el viento salado de altamar. Ellos eran Piratas, y Kevin daba ordenes, todos a la vela mayor (lo había escuchado así en una película). Los atacaban por todos lados y, sin embargo, había un pirata que no peleaba. Colgados unos de los mástiles, otros de las velas y otros en la borda luchaban como salvajes, pero José reciba cañonazos sin sentirlos, sin caer al piso y sin siquiera intentar esquivarlos. Los abordaban y cortaban con sables enormes y a él no le importaba. Mica lo miraba, pero él tampoco podía notar esto. Ella lo miró a Kevin y se puso seria. En seguida Kevin frenó la magia. Uno a uno dejaron de pelear y lo rodearon a José.
Fue recién ahí que él pudo notar el peligro. Eran cuatro monstruos marinos que querían devorarlo y después destruir a su familia y secuestrar a su hermanito Rami. Agarró una espada que vió en el piso y comenzó a golpear a las bestias. Primero, ellos no le devolvían los golpes y se limitaban a esquivarlo, pero uno calló al piso y los otros tres saltaron encima de José.
- ¡Pará José! Estás loco.
José gritaba mientras sus amigos lo agarraban en el piso. Sus ojos estaban inyectados  de sangre como un toro atravesado por decenas de espadas en un ruedo español.
-Puta- dijo mirándola a Mica que le acababa de hablar.
Sus amigos lo soltaron y el intentó golpearlos. Esquivaron su mano.
- Si no querés no juegues con nosotros.
-No, no quiero jugar con ustedes maricas- Dijo y se fue caminando por la calle.
La tierra de la calle se le metía por las zapatillas mientras pateaba las piedras, su vida, sus amigos y se alejaba hacia el campo.
Anochecía en todo el pueblo. En su casa su madre lloraba mientras arreglaba con Mauro cómo enterrar a Ramiro, los dos hermanitos jugaban a ser vendedores en lo de la vecina, el padre volvía al rancho luego de un pesado día de trabajo en el tambo, ignorándolo todo. 
Mientras tanto el sol se escondía naranja en el horizonte tiñiendo las nubes. José caminaba entre las plantaciones de soja sin entender nada, con odio, con ganas de irse, como su hermano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario