(se recomienda leer escuchando la música del siguiente video: http://www.youtube.com/watch?v=6u-HqM-6QRs)
Deja de caminar; tampoco eso logra calentar su cuerpo. Trata de refugiarse en la entrada de un edificio. Desde la esquina llega una música de fiesta y griterío; pero todo es tan lejano, tan inentendible.
Se acomoda en un rincón, se abraza, se hace pequeño y cierra los ojos sin sueño, pero deseando dormir para que pase esa noche, para que se haga de día y el sol traiga un poco de calor. Se tararea una nana, una canción que le cantaban de chico. Se acuerda algo; trata de volver a esa calma, a esa pradera correntina y las corridas, ayudarlo a papá en las construcciones, las noches bajo las estrellas y las manos cálidas de su mamá abrazándolo. Siente ese calor, esos brazos estrechándolo y murmurándole la nana al oído.
Piensa en ese niño correntino que fue, en esos juegos, en esas risas que aún hoy le dan un calorcito suave, un golpecito de añoranza dulce para entibiar el alma.
Abre los ojos pero está Buenos Aires. Las luces siempre prendidas que esconden las estrellas, el ruido que siempre llega de alguna parte, esa sensación de que en todos lados está mal, de que sobra. Cierra nuevamente los ojos pero sabe que la ciudad está allí. Lo sabe por el frío que penetra hasta sus huesos. Y ya no puede evitar pensar en eso. Lo siente demasiado intensamente. Frío. Frío que lo obliga a acurrucarse. Frío que le quema la nariz y las orejas. Frío que lo hace chillar por dentro, pero hacia afuera nada. Hacia afuera solo es un alguien acurrucado en un rincón. Hacia afuera es solo un cuerpo. Un cuerpo que sabe que no falta mucho rato para que lo descubran y lo echen; y entonces tendrá que ser nuevamente un cuerpo deambulando pesadamente por las calles en busca de calor, en busca de un rinconcito para encogerse, volver a cerrar los ojos y soñar con una correntina que le canta dulcemente una nana a su hijo.
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