-Dicen que la magia no existe; dicen los que no se animan a vivirla-.
Así lo imagino, retándome, al hombre de la "erre" parisina, al padre de Rocamadour ("Grocamadugr"), al escritor. Para este creador de mundos, la magia (la de verdad) puede empezar en una línea perfectamente recta, trazada en un accidente cósmico por una serie de recortes que fueron pegados en distintos momentos de forma arbitraria. Lo que algunos llaman "accidente" y lo que la mayoría no ve: eso es para él el realismo mágico. Puede ser eso: una línea accidental de recortes que empieza en un corcho de oficina y continúa. ¿Hasta dónde? Hasta donde alcanza la imaginación del que se encuentra con esta casualidad que debería ser- en un mundo donde mandase la cordura- irrelevante.
-Y es que tal vez lo sea- dice, tratando de responder a las inquietudes que me pesan en este momento- Tal vez sea irrelevante que te levantes en la mitad de la noche y sepas qué hora marca exactamente tu reloj antes de haberlo visto, que camines al ventanal del cuarto contiguo y veas, en la paradoja de un instante eterno, aquel relámpago atravesando el cielo. En una sociedad que se deleita con lo complejo (siempre y cuando pueda llevarlo a una fórmula matemática) sería ridículo pretender que tal cosa aparezca en las noticias o que alguien te felicite por ello. Eso, querido, es tan irrelevante y tan efímero como la belleza. Porque eso es lo único que te quise ofrecer: belleza.
Lo miro: sus dientes amarillos por la nicotina y su barba espesa; veo mi error. Él usó la palabra "efímero". Ser pasajero es condición necesaria de la belleza; el instante es el tiempo al que ella debe rendir cuentas. A él necesariamente, a él y a nadie más, aunque sea un "instante eterno"; paradoja de un instante eterno.
- Eso, eso mismo quiero yo: instantes eternos.
- ¿Eso?- Dice en aquel tono del que espera paciente que uno encuentre, no la verdad, sino su propia respuesta.
Quiero decirle que sí, que eso deseo. En verdad eso deseo, toda la vida deseé eso. Quiero estirar los instantes hasta la eternidad.
-¡Quiero estirar los instantes hasta la eternidad!
Hablo aceleradamente y, ni bien termino mi frase, me doy cuenta cuan torpe resulto al lado de este hombre que sabe elegir tan sabiamente sus palabras. Y, en verdad, no soy torpe tanto por la elección de la palabra, por que haya dicho "estirar", sino, más bien, por lo triste de la imagen, que habla, a la vez, de lo triste de mi deseo.
Un niño que dice "Señor, señor. Mire como estiro los instantes" y el cuarto que se inunda de instantes estirados y yo mismo estirado, y el cuarto también estirado. Los dientes amarillos y la barba del señor, sus ojos, sus palabras, esta hoja; todo estirado. Soy ese niño maldito.
-Quise... quise estirar los eternos instantes- digo casi suspirando, agobiado por el peso de lo que se me acaba de develar- ...quise estirar la belleza.
Llevo mi mano derecha a mi rostro, intento taparlo. Siento la piel seca de mi cabeza calva, mis ojos se cierran y, tal vez, se me humedecen los ojos.
-Lo sé. No se puede estirar la belleza, no se puede.
Imagino la cara de angustia de Julio cuando dice esto. Imagino su agonía, la frustración que le genera no poder volver a su París querida; o la que lo acosa en París cuando no puede volver a su madre en Banfield, ni a sus calles oscuras, ni a su tía ni a Ofelia. Estoy desnudo, aplastado, cansado. Ambos lo estamos frente a la constante huida del tiempo, de los instantes (o "el" único instante) donde se despliega la vida. Pienso que él me acompaña en este dolor, que solo él puede entenderme en el descubrimiento de este trágico destino del hombre. Corro mi mano y libero mis ojos, que se abren al mismo tiempo a la luz de la misera realidad, para encontrarme con su frustración. Mi amigo me entenderá, seremos una misma agonía.
En ese instante, tan instante y tan eterno como esos que se escapan siempre, él me mira y en sus ojos me veo dibujado. Mi cuerpo aparece como un boceto de carbonilla gris. Él mira toda mi angustia y yo observo-¡en verdad, con mis ojos!- una mágica y real representación. Soy yo, separado del universo y, a la vez, tan unido a él, en una síntesis perfectamente exagerada de líneas que sustraen el blanco de aquella hoja en que aparecemos todos (vos y él, y ellos también) inmortalizados como bella tragedia humana de no poder permanecer en la belleza del instante que ya se fue.
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