Cuentos cortos en español.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Miguel

La primer palabra de Miguel había sido oficialmente registrada por su familia poco después de su quinto cumpleaños. Pese a que "mertealón" dudosamente figurase en algún diccionario serio les resultaba, teniendo en cuenta los acostumbrados "angago goga" del niño, todo un avance. Aquel día festejaron con una comida. Sacaron los divinos platos de porcelana y pusieron aquel mantel de flores que la madre había comprado un sábado en el Puerto de Frutos de Tigre.
Durante la cena los temas de conversación fueron variando: primero la tía Estela, después el asunto de la herencia, aquel sobrino descarriado y sus horribles vicios, las visitas de este muchacho barbudo a la casa de la vecina cuando su marido no está, los precios del supermercado que suben y siguen subiendo. Finalmente se mencionó el logro de Miguel y comenzó un debate acerca de cuál sería el mejor jardín de infantes para que el niño comenzara su educación, ahora que al fin parecía estar despertando de la estupidez.
El padre quería que fuera uno barato porque no vale la pena tirar plata en tontos. No me mirés así: sabés que es lento como él solo. Quizás lo mejor sea un instituto donde le enseñen un oficio, que aprenda lo que pueda, y, mientras, creamos un fondo con la plata que ahorramos para cuando nosotros ya no estemos. 
La madre le explicó que esos institutos no existen para chicos de su edad, quizás en unos años lo podemos considerar. Lo importante, en un mundo tan malo como el que le va a tocar a Miguel, es que se junte con buena gente. Magdalena piensa mandar a su hija a Praderas Verdes, esa, me parece, es la mejor opción.
Aquella noche nadie le preguntó al disperso chico, que estuvo casi toda la comida fascinado con una mosca que sobrevolaba la mesa, su opinión. Él no pudo hacerles saber que "mertealón" era una mezcla de todos los insectos que, como éste, alguna vez había conocido y que era también los abrazos de su abuela, el naranja violento de la lámpara de lava curúncum de su cuarto, olor a pasto banga recién cortado, el pixa viernes, burundas, picadura abeja es muchos escalones que lleva cuarto de la televisión monstro colores y ojos grandes que aparecianese paratotele l agua chorrando sobre frentel peinado de mamá ir a misaleluya forzado e la vieja delbancoed atrás, inga; el siblato del afilador de cuchillos, a noch vio la lunapatada ek dedos en el enchufe, un garonso, les der bola, muk serdensa, una flor amaranga y en verdad no era nada parecido a esto, sino aquello: totalmente todo en grandepequeño para él. Mertealón era, digamos, todo su mundo, todo lo que conocía, que era bien poco, y bien mogólico como él.
Gracias al siempre inevitable paso del tiempo, Miguel creció. Su mundo dejó de ser solo "mertealón", para fragmentarse en decenas de palabras incomprensibles, luego en miles. Empezó con aquellas dos: ñmmam y djajp, que decían que miel era dulce y limón se escupe si es mucho. 
Durante este tiempo que comenzaba a crecer su diccionario solo se entendía bien con su perro Oscar, porque los dos estudiaban en la misma academia: el jardín de la vieja casa. Ambos recortaban alala revolcarse en la tierra, la galunnza del sol cuando atardece (que para Oscar era "guau guau" echado en el pasto y  espalda) y el gruñido de mamá-dueña cuando los ve así. Gruñido pertenecía, en el idioma de ambos, a "Mikél!!!" con trés signós de exclamación y con ácento en el acénto (aunque para ninguno existían los "acentos", porque no sabían escribir, uno por animal, el otro por estúpido). Revolcarse en la tierra sonaba a "chikdk shplsh" y a canto de pájaros, y el sol era silencio, tal vez un viento. Por mucho tiempo su mundo estuvo sellado para el resto de los "esos" que no eran Oscar y las maestras del jardín se desesperaban de que sus saberes pedagógicos rebotaran contra la dura cabeza de Miguel.
Una tarde probó el mate y lo escupió. La tarde anterior había llovido y él se la había pasado jugando a los jueguitos de la computadora.
Pero conforme el tiempo fue pasando, Miguel aprendió a incorporar términos del mundo de su madre, que era parecido al de su padre, que era parecido al de su tía, que se parecía al del presidente electo aquel último octubre, al de sus profesores, y al del hombre que le cortaba tan chic chac el pelo con aquellas brutas tijeras.
Eso no era razón para que Mamá no sufriera por su hijo. Cuando veía que el cuerpo gordo de Miguel era cada vez más adulto y aunque se afeitaba seguía siendo casu igual de tonto, se lamentaba. Ella entendía que el aprendizaje del hijo era demasiado lento. Tenía miedo de que pronto su estupidez lo matara, que le robaran, que lo pisara un auto, que lo estafaran o se rieran de él.
Miguel miraba a su madre cuando le decía todas estas cosas. Sabía, de todos aquellos miedos en los que la madre lo quería educar, que era muerte porque una vez habían encontrado un pájaro podrido en el jardín. Aprendió la palabra "muert" de sus padres que se esforzaron en explicarle. Él entendió: "muert" era algo similarcido a ver animal quieto no vuela y no más "pío pío" para los oídos. Lloró.
Robo y estafa, por otro lado, no nada para él, porque no sabía lo que era ser propietario, dueño, poseedor...: su perro Oscar era de Oscar y su lámpara de lava, su televisor y su casa siempre habían estado en el mismo lugar; su ropa prefería sacársela si le picaba.
En cambio, sí sabía lo que era auto (le gustaba mucho el ruidofuriosomotór) y le encantaba subirse a él pero desconocía su poder asesino porque no veía las noticias y no lo dejaban salir mucho a la calle.
Reír sabía exactamente lo que era: cosquillas en el vientre, abdominales tensos, garganta que no se contiene, ojos que se cierran, Oscar saltando. Pero en su mundo era imposible que uno se riera de otro y, por lo tanto, que alguien se riera de Miguel. Para él uno se reía y ya. Él nunca hubiera dicho "y ya", pero todas sus oraciones terminaban implícitamente con el sentido de aquella expresión, tal vez todas sus palabras lo hacían. Para Miguel, Miguel y ya. Cosquillas y ya, Oscar y ya, auto y ya, muert y ya.
Un verano, Miguel había ido a la playa y se había quemado las plantas de los pies con la arena caliente. El agua de mar no era buena para tomar porque era salada, asquerosa. Pero con esfuerzo y dedicación de muchos educadores Miguel pudo volverse más inteligente.
El día que terminó el colegio que por más de una década lo cobijó, sabía mil palabras de aquellas que sus profesoras y compañeros, y también el peluquero, podían comprender (seguramente eran más, pero él solo había aprendido a contar hasta allí). Por todos sus logros y por su esfuerzo, el rector decidió que aquel día de Diciembre, después del discurso de verdad, dado por el mejor alumno de su clase, él dijera unas palabras a los egresados, sus familias, a los docentes y a los directivos. Miguel estaba muy emocionado y se preguntaba cuál de las mil palabras debía usar. Le entristecía pensar que no podría incluir el color amaranga ni hablar de que los alala en la tierra eran tan buenos como la galunza del sol cuando atardece. Tampoco podría hacerles saber a sus profesoras que él se "Mikél!!" con ellas cuando no le dejaban sacarse la ropa que le picaba. Él tenía el deseo de compartirles por un instante lo mejor de su mertealón, pero lo limitaba su idioma. Sabía muy bien esto porque había aprendido que su estupidez le impedía acercarse a la gente normal y buena. Era tonto o, como decían sus profesores, especial. Según sus compañeros era "Miguel" y eso ya explicaba bastante.
El campo de la tía Estela era infinito y tenía vacas que dormían a la sombra de los árboles y espantaban a las moscas con la cola por eso comenzó su discurso cuando el excelente alumno (que no era Miguel) bajó del escenario acomodando su camisa dentro de los pantalones grises.
-Hola pro profesors, papases, y a-amigos. Ec me sepan e disculpar, pepero es que soy muy muy Miguel, perdón- dijo en un tono alegre.
La mayoría de las personas que escuchaban sonreían ante este simpático gordito. Algunos se esforzaban por comprender al pobre chico que hablaba tan mal, pobrecito. Otros acomodaban su pena en los asientos y tosían con la intención de apurar aquel incómodo momento para el chico, que en verdad no era nada incómodo para Miguel. Los compañeros estaban entretenidos y lo apoyaban con sus gritos, por primer vez en todos esos años. La mayoría de los profesores que habían enseñado a Miguel miraban con orgullo aquella obra en la que habían puesto sus granos de arena, en la que aparecía toda su dedicación, pasión y paciencia en forma de recompensa regordeta y algo menos estúpida.
- Mm me gustaría se ser más intelignte, como tods uste tedes. Por k que soy to tonto, sh, ya sé. Y si simpre me quivok e ne so me ntinde mucho. Cuand do todos sal en el recreo, y yo me me quedo, porq no sabía co cntar hasta cien y soy lento p para co correr, porque soy mm muy go gordo al poli la landron.
Agarrándose un rollo y mostrándolo al público quiso justificar lo dicho, mientras sonreía. Su espontaneidad causó gracia a los que escuchaban. La mayoría rió en vos alta. A un padre de la quinta fila incluso le pareció divertido imaginarse hablando con tanta inocencia a su mujer, la que tenía a su lado, y diciéndole que hace cuatro años te te ten go una una mante mi amor. 
Verlo hablar a Miguel llenaba de orgullo a todos los que habían trabajado para hacer de este estúpido una persona. Él estaba ahí parado demostrando todas las palabras, los conceptos e ideas que tan bien habían sabido inculcarle sus mayores.
- Ahora s soy menos tonmnto gracias a u ustedes, a mis se seños. O o oscar se murió a hace u un año y yo, yoyano m me d revolco p por el pi p piso y no, no ens sucio la aa ro o pa. M mi mamá est tá co contenta po porque no la tiene k que lavar- dijo con tono orgulloso.
El público se reía y se iba emocionando. A algunas personas les brillaban los ojos y su madre estaba a punto de llorar. Su padre en cambio no, porque no sabía hacerlo, no le habían enseñado.
- Po por eso, cuando sh yo t tenga u un hijo...
El rector se acomodó la corbata y bajó la cabeza. La madre justo se acordó que había que comprar jabón para lavar la ropa y el padre pensó que pobre idiota ya la tenía que cagar.
-... quiero que v venga a e este co colegio pa para que que se apren dda ta tan g bien como co mo yyo. y le vo voy a co comprar un Oscar y u una lam mmmpara de l lava.
Se acomodó el pantalón para que no se le viera el culo y bajó pesadamente las escaleras del escenario.
Y ya.


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