Cuentos cortos en español.

domingo, 6 de mayo de 2012

La inocente imaginación


El hombre tomaba café en un elegante bar ubicado en el centro de San Isidro, un lugar de aquellos que, como tantos a lo largo y ancho de Argentina, aún conservan las iglesias, los árboles y las casas de otro tiempo en que eran habitados por apenas un puñado de familias. La calle era adoquinada y la mayoría de los edificios que había sobre ella eran de estilo colonial. El local, sin embargo lucía moderno, contaba con televisores de última tecnología que colgaban de las paredes y servicio Wi-Fi.
Él se llamaba Fernando, era un mediano empresario que comenzaba a ver crecer su negocio de venta de velas y fanales. Pese a este progreso económico, todavía le resultaba imposible costear el alquiler de una oficina, por lo que trabajaba a veces desde su casa y otras desde este bar, donde ni estaba su mujer interrumpiéndolo ni llamaban los insoportables empleados de telemarketing.
Sin embargo, en este momento Fernando no se dedicaba a su trabajo, sino que leía en el diario una noticia policial de un hombre muerto en un asalto. “Una historia repetida” pensó, ajeno a todo sentimiento. ¿Cuántos eran los muertos de cada día en los diarios? Según lo veía él, para los periódicos solo se trataba de relatar historias, no de dar noticias. Aquí un muerto, aquel otro muerto, todos el mismo muerto repetido hasta el hartazgo de los lectores.
Al café, se dio cuenta en ese momento, le faltaba azúcar. Por eso alzó la cabeza, buscándola contenida en alguno de los sobres de la mesa. Lo que vio, en cambio, le hizo olvidar su problema.
Unos metros frente a él se sentaba una mujer que hablaba por celular y en la misma mesa un niño que debía ser su hijo. Tendría seis o siete años. Lo miraba fijamente, y con cara exageradamente seria y hostil. Tenía los ojos a medio cerrar, el entrecejo fruncido y los labios estirados hacia delante, como si fuera a dar un beso al aire. Graciosamente, en el momento en que la mirada de Fernando lo encontró, el niño, que entonces le daba la espalda a su madre y miraba de frente al hombre, se giró ciento ochenta grados, posicionándose de frente a la señora.
Al empresario le causó gracia la reacción del niño y pensó que con ello, en vez de lograr disimular su impericia, la había vuelto más evidente. Fernando pensó que hubiera sido mejor para el niño mover la mirada hacia algún punto cercano, como para generar incertidumbre respecto a si el empresario era su objetivo, o lo era cualquier otra cosa en un rango cercano. Esto era lo que él mismo hacía cuando alguna mujer lo descubría en el instante en que observaba algún rasgo prodigioso del cuerpo femenino.
Fernando volvió la mirada al diario, aunque, en verdad, su cabeza seguía ocupada con aquella insignificante escena que acababa de presenciar. Por eso, apenas transcurridos unos minutos, la curiosidad lo llevó nuevamente a la mesa del niño y su madre. La mujer seguía hablando por celular y el muchacho ahora no solo lo observaba: le apuntaba con una pistola inmaterial, mortal en la imaginación del pequeño. Era un juego de soldados y Fernando tenía todas las de perder. El nivel de detalle con el que el niño representaba su papel era sublime: la mano derecha sosteniendo el mango y apoyándose sobre el gatillo; la izquierda, por debajo, dando firmeza y ayudando a mejorar la puntería.
Fernando decidió taparse con el diario, porque no quería incomodar nuevamente el juego del chico con su mirada, pero no logró hacerlo a tiempo, porque éste se volvió a girar rápidamente, intentando disimular, otra vez, que planeaba asesinarlo.
Se río y se dijo “suficiente recreo por hoy Fernando, a trabajar”. Cerró el diario, volvió la vista sobre su computadora portátil y descubrió un mensaje de su agenda digital que le anunciaba que debía retirar las tarjetas personales con el número de celular actualizado que había mandado a hacer. En veinte minutos la imprenta estaría cerrada.
Pidió la cuenta, cerró su computadora, devolvió el diario, pagó y se encaminó hacia la puerta.
Antes de salir volvió por última vez la vista hacia la mesa del muchacho, queriendo averiguar si continuaban sus juegos. Nuevamente se encontraron las miradas, pero esta vez el niño no intentó disimular su acción. Lo miró fijamente y Fernando creyó leer en sus ojos un odio profundo. Divertido le devolvió una sonrisa y salió por la puerta.
Aún sin haber terminado de cruzar el umbral sintió un frío que lo estremeció. La humedad, las bajas temperaturas y el viento que sacudía las hojas con violencia, parecían una combinación terrible para su cuerpo. Se cerró el saco, ajustó su bufanda y comenzó a caminar hacia la imprenta. Normalmente le gustaba caminar por su ciudad y descubrir que ese espacio que un siglo atrás era los jardines de pocas familias hoy era tantas cosas, tantas culturas, tanta gente, tanto arte, tantas vidas diferentes. Pero en este momento no podía dejarse llevar por la belleza de los edificios, ni la de los árboles, ni la de los artesanos dispuestos a lo largo de las calles. El frío se hacía cada vez más intenso y ahora comenzaba a atravesarle el cuerpo. Parecía entrar por su columna vertebral y desde allí dispersarse por todos los nervios y todos los órganos; y la cabeza le estallaba de dolor. Se sintió obligado a aminorar su marcha, finalmente a detenerse. La mirada empezó a enturbiársele, las figuras a confundirse en su cabeza; sufría como nunca y debió agarrarse del tronco de un árbol para no caer. Su boca, de pronto, se llenó de un líquido espeso que brotaba desde su interior.
La gente que pasaba a su lado no reaccionó hasta que el cuerpo del hombre se desplomó pesadamente y un río de sangre comenzó a correr alrededor suyo. La vida se le escapaba escarlata por un pequeño agujero en su espalda.
Un hombre que cuidaba coches observó la caída y se acercó corriendo a asistirlo. La gente se paró horrorizada alrededor suyo, los autos se detuvieron.
 - Está muerto- dijo el hombre nervioso, y las señoras se taparon horrorizadas la boca.

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