El hombre tomaba café en un elegante bar ubicado
en el centro de San Isidro, un lugar de aquellos que, como tantos a lo largo y
ancho de Argentina, aún conservan las iglesias, los árboles y las casas de otro
tiempo en que eran habitados por apenas un puñado de familias. La calle era
adoquinada y la mayoría de los edificios que había sobre ella eran de estilo
colonial. El local, sin embargo lucía moderno, contaba con televisores de
última tecnología que colgaban de las paredes y servicio Wi-Fi.
Él se llamaba Fernando, era un mediano empresario
que comenzaba a ver crecer su negocio de venta de velas y fanales. Pese a este
progreso económico, todavía le resultaba imposible costear el alquiler de una
oficina, por lo que trabajaba a veces desde su casa y otras desde este bar,
donde ni estaba su mujer interrumpiéndolo ni llamaban los insoportables
empleados de telemarketing.
Sin embargo, en este momento Fernando no se
dedicaba a su trabajo, sino que leía en el diario una noticia policial de un hombre
muerto en un asalto. “Una historia repetida” pensó, ajeno a todo sentimiento.
¿Cuántos eran los muertos de cada día en los diarios? Según lo veía él, para
los periódicos solo se trataba de relatar historias, no de dar noticias. Aquí
un muerto, aquel otro muerto, todos el mismo muerto repetido hasta el hartazgo
de los lectores.
Al café, se dio cuenta en ese momento, le faltaba
azúcar. Por eso alzó la cabeza, buscándola contenida en alguno de los sobres de
la mesa. Lo que vio, en cambio, le hizo olvidar su problema.
Unos metros frente a él se sentaba una mujer que
hablaba por celular y en la misma mesa un niño que debía ser su hijo. Tendría
seis o siete años. Lo miraba fijamente, y con cara exageradamente seria y
hostil. Tenía los ojos a medio cerrar, el entrecejo fruncido y los labios
estirados hacia delante, como si fuera a dar un beso al aire. Graciosamente, en
el momento en que la mirada de Fernando lo encontró, el niño, que entonces le
daba la espalda a su madre y miraba de frente al hombre, se giró ciento ochenta
grados, posicionándose de frente a la señora.
Al empresario le causó gracia la reacción del niño
y pensó que con ello, en vez de lograr disimular su impericia, la había vuelto
más evidente. Fernando pensó que hubiera sido mejor para el niño mover la
mirada hacia algún punto cercano, como para generar incertidumbre respecto a si
el empresario era su objetivo, o lo era cualquier otra cosa en un rango cercano.
Esto era lo que él mismo hacía cuando alguna mujer lo descubría en el instante
en que observaba algún rasgo prodigioso del cuerpo femenino.
Fernando volvió la mirada al diario, aunque, en
verdad, su cabeza seguía ocupada con aquella insignificante escena que acababa
de presenciar. Por eso, apenas transcurridos unos minutos, la curiosidad lo
llevó nuevamente a la mesa del niño y su madre. La mujer seguía hablando por
celular y el muchacho ahora no solo lo observaba: le apuntaba con una pistola
inmaterial, mortal en la imaginación del pequeño. Era un juego de soldados y
Fernando tenía todas las de perder. El nivel de detalle con el que el niño
representaba su papel era sublime: la mano derecha sosteniendo el mango y
apoyándose sobre el gatillo; la izquierda, por debajo, dando firmeza y ayudando
a mejorar la puntería.
Fernando decidió taparse con el diario, porque no
quería incomodar nuevamente el juego del chico con su mirada, pero no logró hacerlo
a tiempo, porque éste se volvió a girar rápidamente, intentando disimular, otra
vez, que planeaba asesinarlo.
Se río y se dijo “suficiente recreo por hoy
Fernando, a trabajar”. Cerró el diario, volvió la vista sobre su computadora
portátil y descubrió un mensaje de su agenda digital que le anunciaba que debía
retirar las tarjetas personales con el número de celular actualizado que había
mandado a hacer. En veinte minutos la imprenta estaría cerrada.
Pidió la cuenta, cerró su computadora, devolvió el
diario, pagó y se encaminó hacia la puerta.
Antes de salir volvió por última vez la vista
hacia la mesa del muchacho, queriendo averiguar si continuaban sus juegos.
Nuevamente se encontraron las miradas, pero esta vez el niño no intentó
disimular su acción. Lo miró fijamente y Fernando creyó leer en sus ojos un
odio profundo. Divertido le devolvió una sonrisa y salió por la puerta.
Aún sin haber terminado de cruzar el umbral sintió
un frío que lo estremeció. La humedad, las bajas temperaturas y el viento que
sacudía las hojas con violencia, parecían una combinación terrible para su
cuerpo. Se cerró el saco, ajustó su bufanda y comenzó a caminar hacia la imprenta.
Normalmente le gustaba caminar por su ciudad y descubrir que ese espacio que un
siglo atrás era los jardines de pocas familias hoy era tantas cosas, tantas
culturas, tanta gente, tanto arte, tantas vidas diferentes. Pero en este
momento no podía dejarse llevar por la belleza de los edificios, ni la de los
árboles, ni la de los artesanos dispuestos a lo largo de las calles. El frío se
hacía cada vez más intenso y ahora comenzaba a atravesarle el cuerpo. Parecía
entrar por su columna vertebral y desde allí dispersarse por todos los nervios
y todos los órganos; y la cabeza le estallaba de dolor. Se sintió obligado a
aminorar su marcha, finalmente a detenerse. La mirada empezó a enturbiársele,
las figuras a confundirse en su cabeza; sufría como nunca y debió agarrarse del
tronco de un árbol para no caer. Su boca, de pronto, se llenó de un líquido
espeso que brotaba desde su interior.
La gente que pasaba a su lado no reaccionó hasta
que el cuerpo del hombre se desplomó pesadamente y un río de sangre comenzó a
correr alrededor suyo. La vida se le escapaba escarlata por un pequeño agujero
en su espalda.
Un hombre que cuidaba coches observó la caída y se acercó corriendo a
asistirlo. La gente se paró horrorizada alrededor suyo, los autos se
detuvieron.
- Está muerto- dijo el hombre nervioso, y
las señoras se taparon horrorizadas la boca.

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