A veces me pongo a pensar en esto de que siento
que vibra en mi interior un grito de miles de años. Grito fuerte, intenso, que resuena
sin atravesar jamás mi garganta. ¿Es solo mi deseo, solo mi inquietud de hoy la
que hace latir dentro de mí al Inca que quiere gritar? Grito gutural. Jamás
podría un diccionario abarcar su significado.
Yo prefiero pensar que hay una cultura ancestral
que llega hasta mí, a través de los ojos que vieron cordillera, a través del
viento que trae tierra y mi sangre que lleva tanto pueblo.
Mi Inca quiere gritar porque siente que lo
mataron. Porque arrasaron con sus hermanos sin piedad, porque les quitaron toda
dignidad. Porque sabe que también ellos, los Incas, fueron a veces españoles
con otros pueblos. Porque sabe que también devastaron tribus. Por eso grita con
tanta intensidad. Porque muere y mató; y en ese alarido todo se despide de la
vida.
Pero el Inca también tiene vida. Lo sé en mí.
Sé que esta dentro mío. Y podrán encontrarle explicaciones psicológicas que
serán muy validas, pero acá está el Inca latiendo. Y si late vive.
Mataste y moriste; viviste y vivís.
Todo acá es tan vida y muerte. Tan paz y
dolor. Tan violencia y gestos de amor. Es el grito que suena y se entrecruza
con una suave canción de cuna. La canción de cuna que le cantaba la madre a ese
Inca cuando era solo un bebe, cuando acunado en sus brazos era pura promesa.
Después fue cuchillo en mano para ampliar la
frontera hacia donde la cordillera se pone más fría. Y más tarde, cuando ya era
un guerrero tan valorado, vino lo otro: los otros hombres a los que hicimos
dioses y que nos hicieron perros. El miedo. La incertidumbre. La lucha. La sangre
que vuelve tan lejana la canción de cuna. Y después sentir que ya había perdido
ese dulce arrullo y solo me quedaba expirar mi historia con ese grito que raspó
mi garganta hacia una tierra que se me perdía.
Y ahora vuelvo a nacer. O a conectarme cada
vez más con una conciencia que despierta a mí.
Soy esta vida y también aquella muerte. Soy
la paz, soy dolor. Solo soy. Contradicciones, humanidad, tantas idas y vueltas enredadas y complejas
como mil ríos que de repente tienen que fluir por el mismo caudal; y tanto lio
porque vienen de tanto antes, cada uno tan él en su yo. Soy tu voz. Soy tu yo.
Solo soy.
Solo soy una gota de uno de esos ríos en el
inmenso caudal; pero por eso mismo soy
el caudal.
Me despierto al Inca y el grito vuelve a ser
lo que era y siempre fue: melodía que la madre le cantó al niño que se llenaba
de vida. Digo tu verdad; vivo tu ilusión. Sueño con el mismo mar y soy parte de
tu río. Soy paz que surge del dolor; soy vida que se abre de la muerte; soy canción
de cuna que vuelve a nacer al final del grito.
Y ya no soy cuerpo individual porque disuelvo
la barrera que me separa del resto del río, que me separa de vos. Mi carne
vibra suave y ya no se toca: se escucha. Tan extraño y tan dulce. Soy dolor.
Soy la paz. Solo soy.
Solo soy una canción. Siento la
transformación, el sutil transmutar de cuerpo a melodía. Solo soy notas que se
suceden; una frase tan corta en un tiempo tan inmenso, tan suave en una
sinfonía tan intensa. Y sin embargo tan dulce porque es llanto y canto lleno de
vida de una madre a su pequeño Inca, a su pequeño niño de ayer y hoy.
Soy mi yo que grita en su soledad;
disolviéndome en la armonía de la tenue melodía. El viento me arrastra y soy sonido.
Soy la paz. Soy dolor. Solo Soy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario