Era martes y
acababa de dejar de llover. El living estaba envuelto en las penumbras de un
atardecer de otoño, en esa atmósfera de lento renacer del mundo que suele
suceder a las grandes tormentas. Todo estaba como detenido.
Verónica y
Lucas se miraban callados, sus cansancios entrelazados. Estaban sentados a una
mesa donde solo había un mate lavado y un termo al que a esta altura ya se le
habría enfriado el agua.
Después de
semanas de hablarse y hablarse, esta tarde opaca era como un suspiro de
resignación, un momento en el que intentaban asimilar que vivirían siempre con
la luz que hasta entonces habían conseguido (y que parecía ser la que se
desprendía de ese velador en forma de pato con una lamparita de bajo consumo).
Verónica fue
la primera en levantar la vista y fijar sus ojos en el rostro de Lucas. Él
sintió esa mirada como un tirón en el estómago.
Quiso
evitarla; intentó mantener sus ojos en el piso pero no pudo: de pronto se
encontró compartiendo tanto gris en sus rostros.
“Vamos” dijo
ella, entre afirmando y preguntando. Pero él no estaba ahí escuchando: su mente
abstraída intentaba ceder a la nada.
“Vamos”
repitió ella; esta vez determinada, empezando a pararse.
El movimiento
lo trajo de nuevo. Lucas se sacudió y se paró. “¿A dónde?”, “¿Para qué?” fueron
preguntas que atravesaron su mente, pero que él descartó.
Se levantó, la
tomó de la mano y salieron.
La calle
estaba vacía. Tan solo podían verse algunos charcos y los primeros pájaros que
querían volver a cantarle al sol. En ese momento nada importaba. No importaban
sus trabajos al día siguiente, ni sus familias, ni el destino de sus pasos. Por
primera vez en mucho tiempo solo importaba el momento ese: tomados de la mano,
mirando la calle que se les abría infinita.
No podían imaginar
en ese momento que su caminar duraría meses. Ni siquiera soñaban con el sur al
que llegaron. Poco les importaba de todas maneras. En ese instante donde todo
parecía quieto solo les importaba volver a vibrar, volver a latir, volver a
moverse. Por eso dieron el primer paso. Y se mantuvieron quietos un instante.
Pero su determinación seguía estando; naciendo entre la mente y el corazón,
estremeciendo sus cuerpos. Así que dieron otro paso. Y otro. Y después; otro
más.
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