Cuentos cortos en español.

lunes, 15 de octubre de 2012

Quién es Ana

Él apoyó su mano sobre el hombro de la joven y la obligó a darse vuelta y salir de ese placar oscuro donde solía descansar. El olor a cuero, a pasto seco, a vaca flaca y a chozas hechas de junco y barro invadieron la sala. En medio de estas sensaciones volvió su perfume, una primavera a lo lejos, un campo, y un verano en la playa.
-A vos los años no te tocan. Estás igual que la última vez- le dijo Agustín sonriendo exageradamente, tratando de transmitir con su voz una calma que no tenía, que el corazón no se le había acelerado; ni le faltaba el aire. Tampoco los nervios o la inmadurez.
- Vos en cambio estás tan cambiado. Al menos tu cuerpo.- Lo miraba- ¿Seguís esperando entenderlo todo?- lanzó con una sonrisa que buscaba provocarlo.
La voz siempre igual de suave, las palabras tan precisas: llegaban a ese lugar al que Agustín no dejaba ingresar a nadie más. Ana sabía de él lo que nadie  y tenía palabras exactas para penetrar en su coraza y hacer rebrotar miles de sentimientos, sueños e ideas guardadas. Eran silencios que querían romperse, como ese que acaba de revivir. 
"Definitivamente los años han pasado" pensó él con dolor. Miró su mano, arrugada, las venas violetas, los temblores. Temblaba de viejo. Hace más de una década (¿dos quizás?) que lo hacía y ésto lo apenaba. Ella, en cambio, no tenía una sola arruga; ni siquiera una peca -lo cual correspondía a esa piel tan blanca, a tanta juventud-. Bueno, tal vez tenía una peca: allí, unos centímetros arriba de la comisura de los labios que ahora sonreían. Si, definitivamente siempre había tenido una peca. Y ojos azules, profundos ojos: misteriosa profundidad de océano en la mirada. Ojos perfectos, modelos para los otros ojos que él había visto en su vida.
-¿Entonces ahora tengo una peca?. Eso es nuevo. La vejez te está jugando una mala pasada Agus. ¿O mejor te digo abuelo? Podrías ser mi abuelo ¿te das cuenta?- la burla le dibujo una sonrisa.
- Ana, no seas tan dura conmigo.
- No me llames Ana; por respeto a ella, al menos.- su sonrisa fue mudando a una mueca seria- Agustín, yo no soy más dura de lo que vos sos con vos mismo. Vos sos quien me retiene acá, así, de esta manera.
Él ya lo sabía. Ya lo habían conversado ciertos de veces.
- El miércoles vi dos adolescentes en el tren. Éramos nosotros, a los dieciséis. Y de nuevo eras vos en la fila del banco cuando fui a cobrar la jubilación, digo, por los ojos azules y la cara despreocupada...-Agustín cerró el puño y tragó saliva- y esa noche en una estúpida película de amor. Vos sabés que yo no creo en esas cosas, pero es aburrido ser viejo, y estar solo.
- Yo tampoco creo en eso.
- Ya sé. Nosotros nos reíamos, siempre nos reíamos de eso.
- Se reían.
- Nos... si: ella y yo. Vos no. De eso te quería hablar. Ahora lo veo claro: vos no sos Ana.
- Yo no soy Ana, Agustín.
- Pero son tan parecidas. Digo: los ojos misteriosos, la piel de papel, ese pelo oscurísimo, la risa interminable. Son demasiadas coincidencias.
- Basta con todo eso. ¿Para qué me trajiste de nuevo?
- Quiero saber... quería preguntarte Ana: ¿quién sos?
- No soy Ana.
Ambos se quedaron callados, él lamentaba su torpeza. Agustín rogaba que ella no escuchara el corazón sonando. Un golpe de djembe en medio de un ritual, seguido de otro y otro. Africa. PUM PUM. Se oía a los negros gritando alrededor, las máscaras de animales-dioses, la furia, el fuego en el medio, todo el baile. Todo eso en su interior y ella, fantasma juvenil, esperando una reacción del viejo. ¿Quién sos? pensaba Agustín, pero no podía exteriorizarlo, tal vez por los calmantes. Temía la respuesta y no estaba dispuesto a dejar partir a Ana, a ninguna de las dos, no justamente ahora.
El gurú de la tribu se acercó a él. Puso la mano sobre su pecho y dijo algo en un idioma que al joven Agustín le resultaba indescifrable. Estaba delirando y aparentemente con fiebre, pero comenzaba a recordar: la excursión, las máscaras, la figura perfecta de su amada dejándose llevar por la música, aquel trago compartido en el extasis del baile y el desmayo. ¿Dónde estaba Ana? ¿Había llegado Ana con él hasta ese lugar? ¿Quién era Ana?. Hizo un esfuerzo y abrió los ojos.
- Ana- dijo con el aliento entrecortado.
- No soy Ana- dijo la enfermera del hospital.
Agustín cerró los ojos, estaba mareado. Veía a una mujer vestida de blanco cambiándole la bolsa transparente con ese líquido al lado de su cama, a Ana, y a esa otra mujer: Laura. Le sonreía con una complicidad de esposa que a Agustín le daba asco. Eso, los hijos tan serios, Buenos Aires tan real, y sobretodo las cuentas. Su vejez. Cerró los ojos, pero aún escuchaba las voces.
- Mi amor, tranquilo, vas a estar mejor.
No era Ana, era la otra mujer. Aún se escuchaban los bombos, cada vez más acelerados, como el sonido del aparato midiendo sus pulsaciones de un corazón anciano. Los gritos de la enfermera y Laura, la avejentada esposa.
- ¿Quién sos?- le preguntó Agustín al gurú de la tribu.
Los bombos cesaron, los bailes también, ella salió del fuego y tomo el brazo del negro sacerdote que miraba a Agustín. Lo miró y él pudo ver sobre su boca una peca.
- Ya era hora de que preguntaras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario