Una semana después murió papá. En casa todo
se vino abajo. Pablo no volvió por mucho tiempo, mamá lloraba y nosotros no
sabíamos qué hacer. Y ahí de a poco Miriam fue apareciendo más y más.
Siempre silenciosa, se movía discreta entre
la cocina y el cuarto. Cortaba unas papas, lavaba las tazas de la merienda y la
abrazaba a mamá.
Mucha gente venía y nos decía muchas cosas.
Que la vida y la muerte, las hojas de otoño que caen, el invierno pero ya llega
la primavera, que se fue a un lugar mejor. Miriam no decía casi nada. Pero yo
sabía que en realidad sí. Que estaba dejando que hablen sus manos, como me
había enseñado. Que hablasen sus manos en la cocina, sus brazos alrededor del
cuerpo de mi madre, que escuchase lágrimas su hombro; y sobre todo que hablasen
y escuchasen sus ojos: esa mirada tranquila y profunda en la que se leía que el
dolor no le era ajeno.
Por eso cuando volví al pueblo años después y
los recuerdos abrieron nuevamente la herida por la muerta de papá, antes de ver
a nadie, la busqué a ella.
-¡Martincito! ¿Cómo anda?
-¡Miriam! Tanto tiempo
-Pues desde que se nos fue a la ciudad. ¿Cómo
anda ese ajetreo?
-Terrible. No me acostumbro.
Se quedó mirándome un rato en silencio. Yo
estaba en la verja de su puerta y no sabía ya porque había venido, después de
tanto tiempo, a buscarla a ella. Lo cierto es que en un sentido racional ella
era un enigma: poco o nada sabíamos de su historia. Pero siempre había habido
algo en su forma de ser, en su espíritu, que me había transmitido mucha paz.
-¿Se acuerda Martincito una vez que vino hace
mucho, que me ayudó con los panes?
Yo sonreí y asentí. Sentía cómo leía directo
en mi interior, donde incluso yo veía todo nublado.
-Pues bien ¿le parece que hoy, como aquel
día, dejemos hablar por un rato a nuestras manos? Venga, que estoy trabajando
sobre estos crisantemos.
Una tijera y podar sutilmente, para que no
crezcan desgarbados y se pongan más frondosos y bien llenos de flores. Un
trabajo pequeño, tranquilo y sin prisa. Todas las corridas de la ciudad se iban
perdiendo. Ya no había montañas de papeles que firmar antes de las cinco, solo
esas dulces flores que no se apuraban, que crecían despacio, tomándose su
tiempo. Iba recortando mi estrés con cada tijeretazo. Mi vida agitada allá en
Buenos Aires y el recuerdo de la muerte de mi padre se iban difuminando en un
presente sencillo. Mi mano agarrando la tijera que corta sutil, mis ojos en la
pura sencillez de la flor. Cuando terminamos, mi respiración era más larga y
profunda, como si estuviera más cercana al fluir del tiempo, a la lenta
primavera de esas flores.
-En la ciudad decimos mucho que el tiempo nos
corre. Pero ahora siento que es al revés. Nosotros apuramos las horas.
Miriam solo sonrió.
-En España los crisantemos son muy
especiales. Los ofrecemos a nuestros difuntos. Para mí, todo el cuidado y el
trabajo es como un tributo a los que ya no están con nosotros. Es mi forma de
recordarlos y honrarlos.
-¿Recordarlos? ¿Tiene sentido?
-Por supuesto. Para mí no tiene pies ni
cabeza intentar olvidar. Sé que no puedo, que no podría. Y no quiero hacerlo
tampoco. Fue parte de mi vida, es parte de lo que soy. Está conmigo. Siempre. Y
por eso estos crisantemos.
-Pero pensar en los que no están me hace mal.
Me oprime el estómago. Me duele.
-Por supuesto que duele. Por supuesto. Pero
el dolor es parte de la vida.
Yo la miré sin entender. No tenía ningún
sentido. Estaba claro que la vida se trataba de conseguir placer. Inundarse de
placer.
Ella me miraba tranquila, ojos que jugaban a
ser tímidos y sin embargo.
-Deme una oportunidad. Hagamos una tarta de
verdura pensando en los que se fueron. Sintiéndolos en nuestro interior.
Dejándonos inundar por la nostalgia. Y después; después vemos.
Y claro que le di la oportunidad. Al
principio algo reticente: me volvía a poner en el juego de los panes, otra vez
la misma historia. Pero había algo en comunicarme con el mundo (y por lo tanto
conmigo mismo) más allá de las palabras. De todos modos uno no podía negarse
con Miriam. Detrás de esa aparente vergüenza (que en realidad tenía mucho de
compañía silenciosa) habitaba un ser manso y seguro. Extraña Miriam, misterio
tan lleno de vida vivida.
Así que esa tarde fue seguir sus
instrucciones. Amasar y acordarme de noches de mates, las historias de papá:
“Una vez un joven que buscaba libertad viajaba de pueblo en pueblo. Él no
estaba dispuesto a casarse porque creía que eso le quitaría libertad. Pero este
cuento, hijos míos, es sobre cómo descubrió que estaba equivocado: porque su
verdadera libertad [y aquí recuerdo que hacía una pausa tan linda] ¡la encontró
acompañado!”. Y nosotros sabíamos que hablabas de vos y mamá, menos Agostina
que creía que eran príncipes. Dulce Agostina tan niña; años sin verla.
Cortar la espinaca y vos enseñándome a
montar. Yo que nunca me acordaba de qué lado subir, que necesitaba mil monturas
y que solo después de años me animé a andar a pelo. Y el orgullo cuando por fin
lo logré “ahora sos un verdadero buscador”. Creo que no entendía lo que querías
decir con eso, pero estabas orgulloso de mí y yo tan feliz, tanto camino
transcurrido.
También tus gritos tantas veces cuando
desobedecíamos, pero una vez después de gritarnos porque habíamos pintado de
rosa el caballo de Jorge, te empezaste a reír y yo entendí que en el fondo eras
igual. Pero gritabas enojado, la cara roja y una vena latiéndote en el cuello.
Esa vena surcándole el cuello.
Siempre tan buscador, tan caminante. Y sin
embargo los gritos a mamá a veces cuando decías que te querías ir a viajar por
el mundo de nuevo. Y esa vez, un mes antes de que te fueras, cuando le pegaste
a Pablo. Papá tan extraño, a veces tan cercano y amoroso, a veces tan distante.
Papá que volvés entero, tal como vivís en mi recuerdo.
Cuando puse la tarta al horno una lágrima
rodaba por mi mejilla. Revisaba la leña en silencio: fuego constante pero no
demasiado fuerte. Se cocía despacio. Cuando acercaba la nariz al horno me
inundaba el olor de la verdura y yo dejaba que el humo me entrara a los ojos
para ayudar a las lágrimas a salir. Quería sentir más y más intensamente esa
nostalgia, vibrar con ella, percibirla resbalando por mis mejillas. Al final,
cuando la tarta estuvo lista, no tenía ganas de comerla.
-Ahora viene la mejor de las partes. Se la
lleva a lo de su hermana.
Yo asentí. Claro que tenía que llevarla a lo
de Agostina; llevarle la tarta y pedirle perdón por tantos años sin
comunicarme, por tantos tiempo lejos, por tanto escaparme.
-Gracias Miriam
-De nada polluelo. Recuerde que no somos más
que otros seres vivos. Crecemos como las flores. Que nos arranquen algo, como
nosotros estuvimos recortando los crisantemos, nos duele. Pero reconocer y
habitar ese dolor nos hace crecer más puros, más verdaderos. Somos nuestros
propios jardineros.
Salí caminando con un humor tranquilo, con
los ojos todavía húmedos y la tarta humeando calentita en mi mano. Me invadía
con el olor a verduras una dulce y desconocida nostalgia. Las calles de mi
viejo pueblo tan como siempre. Yo tan como entonces de chico, tan como siempre,
volviendo a ser un poco más yo.
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