Cuentos cortos en español.

domingo, 21 de octubre de 2012

Miriam II (sobre las flores)

( http://deloquecontamos.blogspot.com.ar/2011/10/miriam-i-sobre-la-timidez.html )


Una semana después murió papá. En casa todo se vino abajo. Pablo no volvió por mucho tiempo, mamá lloraba y nosotros no sabíamos qué hacer. Y ahí de a poco Miriam fue apareciendo más y más.
Siempre silenciosa, se movía discreta entre la cocina y el cuarto. Cortaba unas papas, lavaba las tazas de la merienda y la abrazaba a mamá.
Mucha gente venía y nos decía muchas cosas. Que la vida y la muerte, las hojas de otoño que caen, el invierno pero ya llega la primavera, que se fue a un lugar mejor. Miriam no decía casi nada. Pero yo sabía que en realidad sí. Que estaba dejando que hablen sus manos, como me había enseñado. Que hablasen sus manos en la cocina, sus brazos alrededor del cuerpo de mi madre, que escuchase lágrimas su hombro; y sobre todo que hablasen y escuchasen sus ojos: esa mirada tranquila y profunda en la que se leía que el dolor no le era ajeno.
Por eso cuando volví al pueblo años después y los recuerdos abrieron nuevamente la herida por la muerta de papá, antes de ver a nadie, la busqué a ella.
-¡Martincito! ¿Cómo anda?
-¡Miriam! Tanto tiempo
-Pues desde que se nos fue a la ciudad. ¿Cómo anda ese ajetreo?
-Terrible. No me acostumbro.
Se quedó mirándome un rato en silencio. Yo estaba en la verja de su puerta y no sabía ya porque había venido, después de tanto tiempo, a buscarla a ella. Lo cierto es que en un sentido racional ella era un enigma: poco o nada sabíamos de su historia. Pero siempre había habido algo en su forma de ser, en su espíritu, que me había transmitido mucha paz.
-¿Se acuerda Martincito una vez que vino hace mucho, que me ayudó con los panes?
Yo sonreí y asentí. Sentía cómo leía directo en mi interior, donde incluso yo veía todo nublado.
-Pues bien ¿le parece que hoy, como aquel día, dejemos hablar por un rato a nuestras manos? Venga, que estoy trabajando sobre estos crisantemos.
Una tijera y podar sutilmente, para que no crezcan desgarbados y se pongan más frondosos y bien llenos de flores. Un trabajo pequeño, tranquilo y sin prisa. Todas las corridas de la ciudad se iban perdiendo. Ya no había montañas de papeles que firmar antes de las cinco, solo esas dulces flores que no se apuraban, que crecían despacio, tomándose su tiempo. Iba recortando mi estrés con cada tijeretazo. Mi vida agitada allá en Buenos Aires y el recuerdo de la muerte de mi padre se iban difuminando en un presente sencillo. Mi mano agarrando la tijera que corta sutil, mis ojos en la pura sencillez de la flor. Cuando terminamos, mi respiración era más larga y profunda, como si estuviera más cercana al fluir del tiempo, a la lenta primavera de esas flores.
-En la ciudad decimos mucho que el tiempo nos corre. Pero ahora siento que es al revés. Nosotros apuramos las horas.
Miriam solo sonrió.
-En España los crisantemos son muy especiales. Los ofrecemos a nuestros difuntos. Para mí, todo el cuidado y el trabajo es como un tributo a los que ya no están con nosotros. Es mi forma de recordarlos y honrarlos.
-¿Recordarlos? ¿Tiene sentido?
-Por supuesto. Para mí no tiene pies ni cabeza intentar olvidar. Sé que no puedo, que no podría. Y no quiero hacerlo tampoco. Fue parte de mi vida, es parte de lo que soy. Está conmigo. Siempre. Y por eso estos crisantemos.
-Pero pensar en los que no están me hace mal. Me oprime el estómago. Me duele.
-Por supuesto que duele. Por supuesto. Pero el dolor es parte de la vida.
Yo la miré sin entender. No tenía ningún sentido. Estaba claro que la vida se trataba de conseguir placer. Inundarse de placer.
Ella me miraba tranquila, ojos que jugaban a ser tímidos y sin embargo.
-Deme una oportunidad. Hagamos una tarta de verdura pensando en los que se fueron. Sintiéndolos en nuestro interior. Dejándonos inundar por la nostalgia. Y después; después vemos.
Y claro que le di la oportunidad. Al principio algo reticente: me volvía a poner en el juego de los panes, otra vez la misma historia. Pero había algo en comunicarme con el mundo (y por lo tanto conmigo mismo) más allá de las palabras. De todos modos uno no podía negarse con Miriam. Detrás de esa aparente vergüenza (que en realidad tenía mucho de compañía silenciosa) habitaba un ser manso y seguro. Extraña Miriam, misterio tan lleno de vida vivida.
Así que esa tarde fue seguir sus instrucciones. Amasar y acordarme de noches de mates, las historias de papá: “Una vez un joven que buscaba libertad viajaba de pueblo en pueblo. Él no estaba dispuesto a casarse porque creía que eso le quitaría libertad. Pero este cuento, hijos míos, es sobre cómo descubrió que estaba equivocado: porque su verdadera libertad [y aquí recuerdo que hacía una pausa tan linda] ¡la encontró acompañado!”. Y nosotros sabíamos que hablabas de vos y mamá, menos Agostina que creía que eran príncipes. Dulce Agostina tan niña; años sin verla.
Cortar la espinaca y vos enseñándome a montar. Yo que nunca me acordaba de qué lado subir, que necesitaba mil monturas y que solo después de años me animé a andar a pelo. Y el orgullo cuando por fin lo logré “ahora sos un verdadero buscador”. Creo que no entendía lo que querías decir con eso, pero estabas orgulloso de mí y yo tan feliz, tanto camino transcurrido.
También tus gritos tantas veces cuando desobedecíamos, pero una vez después de gritarnos porque habíamos pintado de rosa el caballo de Jorge, te empezaste a reír y yo entendí que en el fondo eras igual. Pero gritabas enojado, la cara roja y una vena latiéndote en el cuello. Esa vena surcándole el cuello.
Siempre tan buscador, tan caminante. Y sin embargo los gritos a mamá a veces cuando decías que te querías ir a viajar por el mundo de nuevo. Y esa vez, un mes antes de que te fueras, cuando le pegaste a Pablo. Papá tan extraño, a veces tan cercano y amoroso, a veces tan distante. Papá que volvés entero, tal como vivís en mi recuerdo.
Cuando puse la tarta al horno una lágrima rodaba por mi mejilla. Revisaba la leña en silencio: fuego constante pero no demasiado fuerte. Se cocía despacio. Cuando acercaba la nariz al horno me inundaba el olor de la verdura y yo dejaba que el humo me entrara a los ojos para ayudar a las lágrimas a salir. Quería sentir más y más intensamente esa nostalgia, vibrar con ella, percibirla resbalando por mis mejillas. Al final, cuando la tarta estuvo lista, no tenía ganas de comerla.
-Ahora viene la mejor de las partes. Se la lleva a lo de su hermana.
Yo asentí. Claro que tenía que llevarla a lo de Agostina; llevarle la tarta y pedirle perdón por tantos años sin comunicarme, por tantos tiempo lejos, por tanto escaparme.
-Gracias Miriam
-De nada polluelo. Recuerde que no somos más que otros seres vivos. Crecemos como las flores. Que nos arranquen algo, como nosotros estuvimos recortando los crisantemos, nos duele. Pero reconocer y habitar ese dolor nos hace crecer más puros, más verdaderos. Somos nuestros propios jardineros.
Salí caminando con un humor tranquilo, con los ojos todavía húmedos y la tarta humeando calentita en mi mano. Me invadía con el olor a verduras una dulce y desconocida nostalgia. Las calles de mi viejo pueblo tan como siempre. Yo tan como entonces de chico, tan como siempre, volviendo a ser un poco más yo.

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