¿Me da una
monedita? Para comer. Mateo. Diez. ¿Me da la monedita? Gracias. Que Dios lo
bendiga.
Cuando salgo
del subte me pongo las zapatillas. Están justo detrás de la moldura de un
kiosco de diarios en la estación Catedral. En general me da frío en los pies,
pero el señor del subte me dice que es mejor en patas; por eso yo voy en patas,
porque sé que a él hay que hacerle caso.
Y ese día me
dolían mucho los pies porque me había clavado algo. O tenía una ampolla. No me
acuerdo, sé que me dolían los pies y no sabía si ponerme las zapatillas porque
me iban a doler más, entonces por ahí era mejor dejarlas hasta el día
siguiente. Creo que en ese momento me acordé de cuando perdí las otras
zapatillas (las blancas que abrigaban más, y que después de la tarde en el
subte ya no estaban más atrás de uno de los inodoros del baño; y por eso cuando
conseguí las nuevas zapatillas busqué un lugar nuevo, y encontré la moldura).
Así que me puse las zapatillas a pesar del dolor.
Cuando salí ya
había oscurecido. Era invierno. Me acuerdo que me dolía mucho el dedo gordo del
pie derecho, así que andaba lento, cojeando un poco. Y al doblar la esquina lo
vi justo así.
Viejito, algo
encorvado, también de la calle; barba larga. La camisa parecía haber sido
buena, pero ahora gastada y con unas manchas como de oxido. Una mochila que más
bien era algún tipo de bolsita al hombro. Y él también cojeando. De la pierna
derecha.
Ya lo había
visto alguna vez andando por la zona, revolviendo las bolsas de basura hasta
que lo echaban (porque andábamos en barrio donde te corren de todos lados). Y
en general lo esquivaba; los viejos siempre me dieron desconfianza, muchos
trucos aprendidos; y además lo que se dice que le hacen a los pibitos como yo.
Pero ahora
estaba ahí a unos veinte metros. Y se acercaba lentamente, cojeando de la
pierna derecha. Y yo paralizado.
Me acordaba de
los consejos del turco para esos casos, de cómo darle una piña en el estómago
para cortarle el aire, pero sabía que no iba a poder. No podía ni siquiera
salir corriendo. Y no era solo el miedo; sí sentía miedo pero había algo más,
algo tan extraño, tan siniestro que me detenía con la mirada fija en el viejo,
casi sin pestañar.
Recuerdo algo
como un nudo en el estómago, pero como un nudo de acidez. Unas enormes ganas de
vomitar que se me salían por los ojos y arcadas mal contenidas. Temblando y el
sudor que empezaba a brotarme en las palmas de las manos. Todo mi ser contenido
en esa extraña sucesión de instantes como si yo no tuviera ni pasado ni futuro
y fuera solamente esa bolsa de órganos temerosos paralizados.
Y avanzaba tan
despacio, tan lánguidamente, mirada en el piso y la mano izquierda de repente
yendo a apoyarse a la cadera por el cansancio, un suspiro y frena a un metro
(tan solo un metro), justo delante de mí, respiración lenta, agotado, la mano
derecha como buscando un bastón o algo donde apoyarse y mi brazo que se estira
ofreciéndole sostén (¿porqué mi brazo se estira y le ofrece sostén?) y él toma
mi brazo, se apoya un poco en mí y me mira. Su cara.
Su cara es mi
cara. Sus ojos son los mismos que veo cada vez que me miro a un espejo, quizás
la nariz un poco más vieja y grande, pero su cara. Su cara es mi cara.
Él debe darse
cuenta de mi cara de horror y miedo porque me aprieta consoladoramente con la
mano que se apoya en mí. Yo lo miro interrogándolo. Y él asiente. Su cara es mi
cara.
Caminar lento,
alejarme del niño que descubrió una más de las torpezas del mundo. Enorme susto
el que le agarró, se podía percibir lo rápido que latía su corazón. Me río y
toso porque ya no puedo reír sin que me duelan los pulmones; no desde que me
encorvé tanto. Quizás llegué al cierre de un restorán y logre darle algo a mi
panza antes de buscar unas horas de sueño en las rejas del local de ropa.
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