Cuentos cortos en español.

martes, 4 de diciembre de 2012

Zamba




Hay quienes creen que a ciertas horas del día no se debe escuchar música. Estas personas sostienen que mientras el sol nos cobija, los hombres hemos aprendido a escapar a su hechizo o al menos a atenuarlo, pero cuando la noche cae su fuerza se multiplica y con ella, la capacidad del ritmo, la melodía y armonía, de tirar abajo todas nuestras defensas. Se sospecha que cerca de las tres de la madrugada es el horario más peligroso, aquel en que somos más frágiles y, entonces, ellos aprovechan para atacar. No sé si será cierto pero tampoco sé si algo de todo lo que se dice en este desbocado mundo sea cierto.
De lo que sí puedo hablar es de aquella noche en la que me había quedado revisando las notas de una novela que planeaba escribir. Deseaba avanzar con esa obra, tan imposible como genial esperaba que fuera. En algún momento las musas me habían abandonado por lo que decidí excitarlas, traerlas de nuevo con la magia de aquel disco de La Negra que tanto me gustaba (ayudaba también media copa de vino). Esa mujer y su voz solían despertar todos mis sentidos y a las dueñas de la inspiración volverlas locas: musas eróticas, jugando y sonriendo, musas que arrancaban pedazos de mi universo interno.
Puesto el disco, les tomó solo tres notas despertarse y dos más sacarme de mi letargo mental. Me pusieron a caminar por el salón, con mi copa en la mano. Era una noche fresca de primavera, de un día particularmente calmo. La Negra y otro hombre cantaban al desamor

“No sé para qué volviste, si ya empezaba a olvidar.”

Al principio me concentré en la letra, y, como amante de las historias que soy, en aquello que relataba. Empezaba a recordar y a oír, como si ambas acciones fueran una misma cosa, que se trataba de un hombre que sufría la melancolía de un amor que vuelve, pero como la cruel realidad de algo que no puede ser. Quise imaginar los dos personajes, el hombre y su amada, y situarlos en un escenario: aquella humilde casa de campo donde él llora, una noche igual a la mía, todas sus penas. Vi la ingenuidad de la mujer, la vi queriendo acercarse con las mejores intenciones, tal vez impulsada por su inocente nostalgia. La vi atacando con su bella ingenuidad, rasguñando al hombre, hiriéndolo de muerte en cada uno de sus detalles de india, en su mirada lejana y simple, en sus pocas palabras.
Por supuesto, casi nada de esto que intuía aparecía enunciado en la letra de la canción. En ella, apenas se veía un boceto de lo que despertaba en mí. En aquel perfecto borrador  descansaba toda la potencia de una historia, toda la vida contenida en forma de pena. Y yo recordé.
Recordé un poema escrito por mí unas décadas antes, manchado con una lágrima.
Recordé a mi madre. Recordé su sobria tumba.
Recordé el tren con su amarga bocina, su furia y al amigo en las vías.
El rincón, la penitencia esperando que del trabajo vuelva el padre.
Recordé mi infancia y sus juegos, que no volverían. Otro niño, él sin infancia, pidiendo plata en un vagón. Los amigos eternos de la adolescencia a los que ya no les hablaba. Recordé los sueños, el amor y otros supuestos.
Recordé un no, otro no más cruel, y el no como la tónica en la escala de mi vida. Dos bombas nucleares y toda el hambre. Los disparos, una serie de vídeos en Internet, sangre. Un llanto solitario en el sur, el mío. Una carta.
La nada.
Me vi hiriendo a alguien, un poco intencionalmente. La vi a ella volviendo, ella huyendo, ella volviendo de la mano de otro. Una flor marchitándose en un libro. El otoño. Un jardín en decadencia. Recordé la sabiduría de los hombres de la tierra, velada por la necedad de mi civilización. Un niño pidiendo plata, otra vez, en el tren furioso, y mi amigo en las vías.
El tráfico y la contaminación. El tráfico en un hombre acalorado golpeando a otro hombre. Todos los hombres golpeando a todos los hombres. La contaminación en los pulmones de mi abuela.
Mi madre, su tumba. Un niño pordioseando, mi infancia, los sueños no cumplidos. El niño, mi no, su hambre, el niño, ¿sus juegos?
-Tal vez -pensé, queriendo volver a la canción y evadir este espacio tan desconocido para mí- solo exista una tristeza, y es la misma para todos: para el amante de la historia, para el autor de la canción y para mí.
Mis ojos se habían humedecido. Había algo muy cierto en todo eso. No era solo el sentimiento más infeliz expresado en la historia de un hombre y una mujer, sino -pensaba- el sentimiento fuera de ella, el sentimiento como un universal, como aquello propio del hombre. Ocasionalmente, solo ocasionalmente, se había trasladado al piano, a una letra, a una guitarra, luego a la voz más poderosa de mi país. Pero no les pertenecía a ninguno de ellos.
Pero ¿qué importaba cuál era la naturaleza de esta experiencia? En definitiva, me había aplastado, eso era lo cierto, lo real, lo importante. La pena, llamémosle así, era en ese tiempo mi espacio. Eso no había sido parte del plan. Yo había querido seguir escribiendo mi novela, ordenar mis notas, volverlas palabras, irme a dormir y acá estaba. 
Cuando era joven creía que la buena escritura venía de las emociones profundas, pero con el tiempo asumí que era de la fría manipulación de aquellos recuerdos que salían las mejores obras. Al menos así lo imaginaba escribiendo al Borges que tanto admiraba, y ese había sido mi método hasta entonces. En esta oportunidad, había sido superado. No podría escribir así. Ni siquiera creía que fuera posible irme de allí: de esa pena que era tiempo y espacio a la vez.
Debía vencerla, tomar nuevamente las riendas de mi vida, como siempre lo había hecho. 
Como siempre: por eso no había llorado a mi madre, y en cambio me había ocupado en regalarle a su cuerpo una parcela elegante en Verdes Praderas, para que, como reina egipcia, tuviera un más allá lujoso, rodeada de personas ricas y jardines. Por eso el traje y el ritual tan igual a otros: un sacerdote que no la conocía hablando de ella, de la vida y del "más allá". No de su vida, no de su muerte. Así, la promesa universal del cielo había sido para mi la tranquilizadora respuesta que había alejado el suceso. Así había podido soportar lo misterioso de la particular extinción de mamá. La muerte de Carla había sido convertida en la muerte en general, de Carla la que amasaba los ñoquis, de Carla mi viejita, la que amasó aquella vez los ñoquis que comimos en la mesa redonda con mi hermano, mediodía cálido en que anuncié que me casaba y la vi alegre, como nunca, con los ojos brillosos, acercando su sabrosa salsa. Como nunca (siempre mejor que nunca), y luego ella silbando, ella acercando un café, ella viéndose trascender en el hijo que yo todavía no tenía pensado tener con una mujer. Aquella muerte podría haberse tornado en una pregunta irresoluble, en llanto profundo, en silencio de cinco meses y raptos de locura. Todo el tiempo en todo el espacio, como mi pena. No La Pena, en general, sino ésta, mi pena.
Me encontraba abrumado por estas imágenes cuando la música se cortó repentinamente. Me di cuenta que algo estaba aconteciendo, pero aún no entendía bien de  qué se trataba. El escritorio donde me encontraba empezaba a oscurecerse, yo comenzaba a sentirme más liviano. Simplemente lo intuí: caminé hacia el reproductor donde giraba el disco y lo expulsé. Todo se volvió luz.
Hay quienes creen que la materia es simplemente una excusa para el resto de las cosas, para la energía, para lo espiritual, para lo divino, para lo humano. No sé si eso será cierto, en verdad creo muy pocas de las cosas que se rumorean. Lo que sí puedo decir, es que aquella noche, yo abandoné mi cuerpo. No morí. Simplemente me dejé transportar a otra realidad. Abandoné mi novela, mi casa, mi gente y comencé a habitar en ciertas frases musicales, en algunas letras, en detalles casi imperceptibles. A veces le canto a mi madre, otras al niño, otras al sueño, otras a ella. A veces soy solo un par de notas.

1 comentario:

  1. Impecable!
    "Pero ¿qué importaba cuál era la naturaleza de esta experiencia? En definitiva, me había aplastado, eso era lo cierto, lo real, lo importante."
    Un poco de eso se trata,no?

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