Efemérides
amaneció dormido, y, todavía entre la luz de los ojos cerrados, soñando con
campos de trigo, supo ponerse sus botas de lluvia y salir a la calle azul de
tanto ruido y gente. El sol pegaba en algunas palmeras de una playa lejana y él
se sentía poderoso mientras caminaba embriagado de oxígeno hasta aquel quiosco
donde Efemérides se esperaba.
-
Buen día,- le dijo a Efemérides el hombre que acababa de ingresar al local,
dejando abierta la puerta del baño de servicio – un Marlboro box, por favor.
Ese
día les pesaba todo: los riñones, las uñas e, incluso, el precio de las cosas,
que no paraba de bajar.
-1,
20- se respondió.
Efemérides
imaginaba mundos a sus espaldas, frente a él, a sus costados. Imaginaba todo lo
que sucedía y, así, el negocio crecía, desapareciendo según la inestabilidad de
su deseo. Dentro del negocio, Efemérides observaba realidades completamente
diferentes, una encima de la otra, contemporáneamente fuera del tiempo.
Le
fascinaban los productos, apilados uno encima del otro – igual que las
mencionadas realidades- en ese mostrador de madera balsa. Unos, los que estaban
en la base del montón desordenado, no se veían. Ésos eran, para Efemérides, los
mejores, los más valiosos. Una vez, había metido su mano hasta el fondo y tomado
un broche para colgar la ropa. Recordaba ese momento como si fuera a suceder
mañana.
Tomó
dos cajas de cigarrillos, saludó y ya estaba sentado en el colibuste;
afortunadamente, una anciana le había cedido su asiento.
Evidentemente,
gritó Efemérides, la gente se encontraba de mejor humor que de costumbre y
algunos cantaban villancicos. Un estudiante, que en ese momento leía las
recomendaciones nutricionales de un paquete de cereales a su lado, asintió con
un ademán y agregó, también gritando, que este año había conocido al amor de su
vida. Ella no lo sabía, pero se iban a casar y tener tres hijos. La gente
aplaudió de pie, un niño le regaló un ramo de flores y un fotógrafo retrató
toda la escena. Al día siguiente esa imagen sería tapa de todos los periódicos.
El
colibuste iba a 313 megahertz por hora, atravesando concreto y ladrillo. De vez
en cuando, el chofer debía bajar la velocidad para no llevarse puesta ninguna
de las penas que se le cruzaban y, sin embargo, no se había atrasado ni un
segundo de lo no pautado, de ningún cálculo que nadie había hecho. Efemérides
veía su reloj y se alegraba de que, cada vez, fuera más temprano. Fábula, en el
instante anterior, le estaría cocinando en el horno un pollo: sazonado como a
él le gustaba, con mucho picante y misterio otoñal, y él llegaría antes que
nadie.
Ahora,
ella estaba acercando el fósforo al gas y metiéndose en la ducha; ella siempre
tan sensual, tan erótica, tan sabrosa.
Porque
la belleza de Fábula le generaba ansiedad, se bajó del colibuste de un salto.
Las personas lo saludaban con pañuelos blancos sacados por las ventanas del
transporte. El héroe cayó en un campo de algodón.
El
algodón ya había sido cosechado y solo quedaban ramas secas en sus plantas.
Efemérides se sintió volando entre las nubes.
La
falta de gravedad. Ese era un problema con el que debía lidiar desde la victoria
de la no-revolución. Con la caída del Régimen el año anterior, habían comenzado
a desaparecer casi todas las leyes sobre las que éste se sostenía: toda la
física que pesaba sobre los cuerpos y toda la metafísica que pesaba sobre las
almas. Miles de personas habían perdido sus empleos y, con ellos, la necesidad
de tenerlos. El ocio era tan natural que no existía palabra para denominarlo; las
nuevas generaciones humanas nacían sabias y enseñaban a las más viejas, las
religiones solo existían en los libros de historia, y nadie leía aquellos
libros, aunque eran tomos tan grandes y pesados que resultaban de gran utilidad
para construir hogares, puentes y arcos de fútbol.
Fábula
había sido una de las líderes de la no-revolución. Un día le había dicho a
Efemérides:
-Esto
debe cambiar.
Y
a la mañana siguiente ya había sucedido. Había sido la revuelta más corta y
ordenada de todos los tiempos. Pero había costado innumerables ilusiones y la
poderosa voluntad de Fábula. Por eso la amaba. Por eso y porque sabía patinar
mejor que nadie, mejor que ella misma.
Efemérides
llegó a lo de Fábula. El pollo estaba listo, sazonado con las más exóticas
hierbas; solo faltaba matarlo.
-El
honor es tuyo, querido- le dijo Fábula a Efemérides mientras le acariciaba una
idea.
Efemérides tomo al ave por el cuello,
la olió profundamente y le arrancó el cogote. La cocina se inundó de paz, de
luz, harina y más luz.
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