¿Alguna vez
viste el fuego de cerca? Pero verlo de verdad, y no cualquier fuego. El fuego
de una chimenea en invierno, o de un fogón en el sur. Esos fuegos que son un
poco como aquellos fuegos de miles de años, de tribus sentadas alrededor con
miedo a sus propias sombras, de guanacos cociéndose desparejos, de frío que no
logra desvanecerse en el calor de las llamas. Bueno, hay algo en esos fuegos
que pasa desapercibido: cada vez que una nueva rama cruje y se enciende, miles
de diminutas personitas nacen y bailan en el tronco en llamas.
Es como si
fuesen una forma de vida dormida en la resina o en la savia de los árboles que
sólo puede despertar con el fuego.
Entonces, en el
despertar de sus vidas, salen a bailar felices, saltan y lanzan gritos
jubilosos tan débiles que se pierden
tras el chasquido de las chispas. Se los ve eufóricos en su comunidad naciente,
saliendo de las entrañas del tronco para unirse a los zapateos y las cabriolas
de los demás.
Sobre todo se
los puede observar en las ramas de los arrayanes, con ojos de invierno íntimo y
reflexivo. Mientras el tronco se va calentando ya se los puede sentir empezando
a latir, esperando el momento en que una llama abrace el arrayán para salir
plenos de alegría a la fiesta efímera de esa comunidad de fuego.
Lo que no saben
y es triste (o quizás sí lo saben y el triste sólo soy yo), es que el mismo
fuego que les da vida más tarde los desvanece en humo. Ellos salen, bailan
diminutos y felices algunos minutos, y cuando el fuego crece desaparecen.
Y yo acá
sentado, con el mate en la mano para luchar contra las frías asperezas de este
Currué helado, me acuerdo de nosotros y aquel verano en Córdoba, y me pongo a
escribir estas palabras como si fueran una carta. Y aunque esto no sea tanto
una carta, igual es extraño escribir pensando en escribir una carta (conectarse
con una especia de totalidad que uno dice de una vez y para siempre sin derecho
a replicas intermedias; sin escuchar tampoco esa respiración lenta y profunda que
adoptás cuando juzgás que tu interlocutor habla de cosas serias). Aún más
extraño es escribirte esta como carta a vos, cuando es para mí para quien
escribo cada palabra hacia vos. Pero imagino que sabrás disculpar que te
interpele en la distancia: es muy apática esta soledad de lago inmenso y
diminutas vidas en el fuego de arrayán.
Y con estos
tristes mates que intercalo con la escritura pienso en los paralelismos obvios,
en la estúpida manera de empecinarme en concebir mi vida en ciclos. Y no puedo
evitar escribirte(me) que quizás nosotros no fuimos más que una historia efímera
encendida por un fuego y por ese mismo fuego extinguida (personitas de arrayán
que se hace humo). Y después, reflexiones burdas de un amanecer en el sur, no
logro dejar de pensar que como vos no estás y esto es para mí, quizás yo, todo
mi ser, sea una de esas diminutas vidas dormidas al interior de un tronco.
Quizás mi sangre es sabia dormida, quizás yo sea personita en potencia; esperando
que una llama abrace las fronteras de mi historia para salir a bailar un rato,
eufórico y alocado, hasta que el propio fuego que me dio vida me consuma y de
pronto ya no sea más que humo ligero y sin fuerza, desvaneciéndome en el viento
de una mañana nebulosa del sur, perdiéndome en pensamientos torpes en la
inmensidad del cielo.
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