Cuentos cortos en español.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Domingo

Se me cierran los ojos. Cabeceo. Mi cuerpo pesado se balancea con los movimientos del colectivo y yo no sé si estoy entrando o saliendo de otro letargo de otro viaje en colectivo porque todos los viajes en colectivo son en el fondo otro viaje a colectivo (y desde que empecé a trabajar en la nueva oficina son las ganas de dormirme cada vez que me subo a un colectivo y cada adormecimiento es otro letargo de otro viaje en colectivo(en la otra oficina todo era diferente: la luz, el blanco de las paredes y las escaleras más amplias; aunque quizás la culpa no sea del todo del edificio sino del viaje: más lejos y atravesar esa parte de la ciudad, quien sabe)).
Se me cierran los ojos y ya está ahí el lenguaje de los sueños; no es como tantas noches en mi almohada, lento vaciar la mente de palabras para darle terreno a las imágenes. No. Ahora está ahí esperándome ese mundo de fotos y vivencias: mundo de dormidos. ¿Llegué a dormirme? ¿Estoy despierto? Quizás estoy en el limbo (aunque es una palabra que me suena demasiado a fiesta y no me habla tanto de este borde insoportable que es el instante que separa el sueño de la vigilia: un aquí y un allí que son el mismo lugar pero separados por este instante que tantas veces pasa desapercibido pero que hoy se me hace eterno.
El colectivo dobla una vez a la izquierda y otra a la derecha. Yo sé que está por llegar mi parada aunque quizás me pasé y ahí despierto (o creo despertar) y me enderezo de golpe. No. No me pasé. Pero estoy tan cerca que ya no hay tiempo para entregarme al terco vaivén de esos sueños pesados y contracturantes de colectivo. Miro hacia afuera y el asfalto y las veredas mojadas me hablan de una lluvia que no fue. ¿O sí fue? ¿Llovió? ¿Dormí?
De repente todo es como si fuera sin serlo y me invade esa sensación extraña que me acecha los pocos días (porque desde que empecé a trabajar en la nueva oficina cada vez son menos los días) en que logro dormir profundo y derecho unas ocho o nueve horas. Entonces, esos pocos días, es como si tuviese que volver a conocer al mundo, a sus reglas y a sus convenciones: en general, cuidando que no me escuche mi mujer, doy unos pequeños saltos para comprobar si sigue ahí la ley de gravedad; observo con cuidado que nadie me esté mirando por nuestra ventana (que queda a una distancia relativamente cercana del edificio de enfrente) y entonces intento bracear un poco a ver si nadando puedo volar pero no: despertar es volver a estar siempre sobre el piso.
Ahora en el colectivo no voy a realizar este lento y metódico re-reconocimiento del mundo; pero entonces no sé cómo hacer para dilucidar si estoy aún soñando (y en ese caso es probable que ya me haya pasado de mi parada y el colectivo ya esté en panamericana alejándome hacia tierras desconocidas) o si estoy despierto (y vengo de estar dormido y mientras estuve dormido llovió, lo que sería lo más sano y amable). Pero yo creo que no. Intento tranquilizarme, racionalizar la situación. Pero sé que no. Sé que estoy despierto y al mismo tiempo no. Que estoy soñando muerto o durmiendo vivo, lo que en el fondo, y más aún dada la situación, viene a ser lo mismo.

Sé que sólo habrá lluvias sin llover (será solo ver la tierra mojada pero ya no más el agua caer). Sé que sólo habrá viajes sin llegar (miles de colectivos que me llevan a infinitos lados en su torpe sopor pero ya nunca más llegaremos a ninguno). Sé (aunque quizás no sepa nada más) que esto probablemente se vaya volviendo una larga pero repetitiva sucesión de fotos. Una y otra vez las mismas imágenes (al principio diferenciadas, bien delimitadas y definidas; pero luego se disolverán unas en otras, se difuminarán sus fronteras y pronto serán menos (y serán cuadros torpes, pesados, oscuros (será como un río que nace con fuerza pero luego va volviéndose más lento y débil hasta que no es más que un hilo de agua que se confunde con el barro))). Creo que desde que empecé a trabajar en la oficina nueva mi destino no podía ser otro que este, aunque quizás la culpa no sea del todo ni del edificio ni del viaje sino de algo más; pero pensarlo ya no tiene sentido y además ya es demasiado tarde: todo es y será barro de lluvias no llovidas en colectivo que nunca llega y yo que nunca despierto y jamás duermo.

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