-Juan Manuel, soñé que me dejabas.
A veces él no tenía tiempo para las oscuras suposiciones de María. Por supuesto: ella estaba todo el día en la estancia y le sobraba tiempo para pensar ficciones. Pero a Juan Manuel no: su cabeza siempre estaba ocupada en cuestiones más importantes.
-Por favor María, no te enredes. Sabés que te quiero.
Se alejó de la ventana, rumbo a la cama y dió a su esposa un frío beso en la frente. Ella lo recibió, como si fuera lo obvio, lo dado, lo obligada y aburridamente dado. Tal vez lo era.
Juan Manuel se acercó a la puerta de la habitación. Sabía que, por alguna razón, la noche era el mejor momento para trabajar, aunque le resultara dañino a sus ojos la luz de la vela. La estancia de su familia, heredada hace poco más de cinco años, le permitía una economía estable. Pero no alcanzaba para sentirse vivo; eso era otra cosa. Necesitaba la prensa, los escritos, los aplausos de los intelectuales, las loas de otros hombres de esa patria naciente.
Por eso las columnas de opinión en aquel importante diario patriota. Quizás María, mucho tiempo atrás, también había sido una razón para despertarse cada mañana, para sonreir, para escribir, para respirar. Ya no.
Juan Manuel se había formado en Europa, y eso inspiraba respeto entre aquel exquisito público que denostaba a España tanto como amaba a Francia.
El, como los demás, sabía: no era posible ninguna revolución sin los escritos que desde Buenos Aires o, en este caso Córdoba, se disparaban al resto del virreinato y encendían la mecha de odio y afán de libertad que los generales necesitaban. Él, como tantos otros jóvenes abogados, médicos e incluso sacerdotes, era uno de los "soldados de la pluma" que empujaban al ejército del norte. Sus palabras eran leídas por quienes podían y relatados al resto del pueblo. Penetraban la carne, inflamaban los pechos; incluso al otro lado de la cordillera.
Pero hoy esto le importaba poco. Por eso, antes de dirigirse al estudio salió al patio.
El clima de las sierras siempre era amable, especialmente noches de verano como aquella. Empujó la puerta que daba al patio central de la casa y sintió ingresar por los poros de su nariz el aroma del establo, la bosta, los relinchos, los fardos húmedos y amontonados, y la caparazón de un grillo en medio de las tablas. Sintió crujir los árboles del monte a pocas leguas de allí.
¿Qué importaba? Si todo era lo mismo. Esa noche -según sus detractores- podía ser la misma noche, con aquellos aromas: con o sin virreinato. Nada cambiaría. No los olores, no la distancia con María, no los aplausos que siempre recibía por parte de una élite de intelectuales que él también conformaba; no el grillo entre las tablas, no la sangre de sus indios en cada combate.
Todo era igual, decían sus enemigos, aunque con menos oportunidades. Y Moreno no opinaba diferente.
Compartía con éste, su amigo Mariano un mismo anhelo: liberar al pueblo de las garras de la tiranía. Pero su amigo tenía una visión más crítica de todo aquello y le había anticipado algo que él ahora veía acontecer. Mariano había dicho: -No importa cuántas batallas ganamos si en nuestras filas forman otros tiranos, quizás peores que aquellos que queremos derrotar. Seremos Nación, podremos sentirnos liberados una vez que España se retire. Pero vendrán otras luchas: porque el poder ama al poder y necesita sangre para nutrir el trono.
Se refería aquellos que despreciaban a los indios que mandaban a pelear por ellos. Se refería aquellos que peleaban por una idea: la libertad; pero no veían que eso tuviera relación con la situación de los peones de sus campos, con sus mujeres o incluso con sus vidas. Amaban el sistema, y todo aquello que permitiera alimentar sus vacas.
-No aman a los hombres lo suficiente. Aunque lo prediquen.
Mariano, siempre tan sabio Mariano. Juan Manuel pensó que tanta inteligencia lo llevaría tarde o temprano a la tumba.
Todo parecía ser lo mismo, pero él sabía que esto no era cierto; no podía serlo.
Las cosas están cambiando. Si, están cambiando.
Tomó una bocanada de aire de campo, miró la noche tan profunda. Las estrellas titilaban; algunas con gran luminosidad, otras eran apenas un suspiro. Le dolía la sangre de sus indios en la tierra y saber que no contaba con las fuerzas para mejorar totalmente la vida de los trabajadores de su estancia. Apenas había sido capaz de mostrarle uno u otro gesto de humanidad. Juan Manuel no era mejor que aquellas personas que odiaba.
No puede ser todo lo mismo. Yo los amo, a mi manera, con mezquindad, pero eso tiene que importar. No puedo contra el universo, pero al menos me permito amarlos. Me duelen sus manos y los cayos. Me duele no saber cómo liberarlos. A veces más, a veces menos, pero me sucede.
Me duele que María sufra el abismo que le impuse y pretendo no ver. A ella también la amo. Es lo único que tengo, aunque no escriba sobre ello: la capacidad para volver arrepentido a ellos. Pedir perdón. Perdón María, perdón. Dejame acostarme a tu lado, dejá que te abrace. Recibime. Acá estoy María. No soy el mejor hombre, pero acá estoy. Abrazame María. La noche está fría. Perdón. ¿Por qué lloro María? Por la tierra llena de sangre. Por mí, por vos, por Mariano. ¿Sabés que está en el mar? Lo mandaron a cruzar el océano. Ellos, lo quieren lejos. Mariano les molesta, porque dice verdades. Lloro también por los caballos, porque los jinetes que deciden por ellos, y los mandan a dormir a los establos y les cortan los testículos. Te amo María y él está solo en el mar, y el mar es salado, y el mar golpea el casco de ese barco que no es capaz de albergar tanta grandeza. Te amo, pero no tengo suficiente para darte. Ni a vos, ni a esta Nación que despierta, ni a su gente. Ni siquiera a puedo darme el perdón que merezco. Abrazame María.
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