Cuento fantástico. Una máquina endiablada le recuerda a un joven el sabor de la decepción.
Bajó de ese colectivo asqueado. Marcos empujó la cortina de seda egipcia que separaba el quiosco del mundo exterior y se introdujo en el sombrío edificio. Buscó al cajero y lo encontró de espaldas detrás de un mueble de madera, y le bastó una rápida mirada para concluir que se trataba de un hombre aburridamente obeso. Observó que los movimientos de aquel eran lentos y pegajosos, y al caminar dejaba en el suelo rastros como si fuera una babosa. Antes de que Marcos pudiera pedir las pastillas de menta que deseaba, el vendedor, todavía de espaldas, señaló la pared que se encontraba frente al mostrador. No le prestó más atención.
Había, del otro lado del salón, una gran vidriera. Detrás reposaban miles de productos: golosinas, títulos universitarios, autitos de juguete, preservativos rellenos con papel picado, gaseosas a medio tomar, llaves, pelucas de varios colores. Se encontraban apilados dentro de un cuarto enorme. Marcos buscó nuevamente la espalda del encargado.
-No me alcanza unos Halls de menta, por f...
-Ahí tenés la palanca, flaco- lo interrumpió molesto el vendedor- Cuando terminás me pagás.
Exhalando decepción, pero intentando todavía mantener la calma, el frustrado cliente volvió su mirada hacia la pared y detectó algo nuevo: sobre los infinitos objetos colgaba una garra de metal.
Marcos ya había visto este mecanismo otras veces en la Feria del Gran Griego que todos los años llegaba a la ciudad con su rueda del fin del mundo, sus payasos, la mujer barbuda, tres enanos, el viejo león y un elefante sin gracia que para estos días ya debía haber muerto. Venía a su memoria la última vez que había estado en aquella exposición. Entonces era apenas un niño.
Tomados de la mano, Lucía y él caminaban por los pasillos del predio donde Don Arsenio, el Griego, había instalado su reino de personajes bizarros, ilusión y fraude. Aquel día, Marcos fue quien se acercó a la máquina llena de premios y expuso a la niña su gran habilidad para manejar el juego.
Cuatro intentos, cuatro billetes, y en el último la suerte se puso de su lado. Marcos, orgulloso, tomó el oso de peluche y se lo dio a su pretendida. Ella lo recibió sin mostrar ningún entusiasmo y caminó hacia el carro de manzanas azucaradas. Marcos había estado esperando un beso de recompensa, pero éste no llegó ese día. Tampoco en los consecutivos. Aquella noche, el niño volvió a su casa con la sensación de haber realizado una mala inversión, y lamentó cada uno de los billetes gastados.
Ahora, aquella garra en el techo parecía ser la única vía hacia las pastillas de menta. Resignado, Marcos buscó con la vista el comando que debía movilizarla y lo encontró a un lado del ventanal. Volvió una vez más sus ojos hacia el hombre obeso, esperando que terminara con esta situación y le diera la bendita golosina. La babosa seguía ajena a cualquier sentimiento y reclamo del joven. Entonces, Marcos tomó el control del aparato.
En el primer intento la garra se cerró con fuerza sobre un producto, una barra de chocolate que poco interesaba al joven. La dejó caer. Probó otra vez, pero el artefacto parecía estar endiablado, y las pinzas se cerraron antes de tiempo. Marcos comenzó a sudar desesperación. Volvió a probar suerte. Empujó la palanca hacia la derecha y la garra de metal se movió para adelante. Luego, llevó el comando hacia la izquierda y la garra se cerró en el aire. La máquina no le obedecía.
Marcos repitió la secuencia una docena de veces más, y doce veces sintió el sabor de la derrota. Pasaban los minutos y sus uñas nerviosas se iban clavando más y más en el gastado cuero de la palanca. Un duro calor subía por su cuerpo y se preguntaba por qué a él, por qué así, por qué no podía lograr algo que había creído tan sencillo al bajarse del colectivo.
En el décimo sexto intento creyó haberlo logrado, pero la alegre sonrisa de su cara desapareció al darse cuenta de que el color de la etiqueta era rojo oscuro y no verde, como las pastillas de menta que él deseaba. Golpeó con un puño el ventanal y, luego, apoyó su cabeza sobre él. Respiró, buscando recuperar la paz, pero no lo logró. Lanzando una suerte de aullido, Marcos se dio vuelta, caminó con pasos rígidos hacia el mostrador, esquivó a una anciana que ingresaba al local, y puso puños sobre la madera del mueble. Marcos miró al hombre-babosa y gritó
-Se pueden ir todos a la puta que los parió. Vos, tu máquina y estas pastillas del orto.
Luego salió por la puerta lleno de furia.
La anciana que acababa de entrar se posicionó frente al ventanal, agarró con sus manos arrugadas la palanca y se dispuso a atrapar unos Marlboro de veinte. Al tiempo que veía subir el paquete de cigarrillos comentó en voz alta.
-Dios mío. ¡Esta juventud está perdida!

No hay comentarios:
Publicar un comentario