Cuentos cortos en español.

martes, 6 de julio de 2010

Un termo de vida



Era un día soleado a mediados de otoño; un día que quería ser verano. Amaneció despejado y el sol quiso teñir sutilmente de verde las hojas de los árboles. El pasto bostezó y se enderezó; las últimas flores detuvieron su marchitar; los privilegiados madrugadores salieron a caminar por las calles en busca de verde. Era un día que quería ser verano cuando éste parecía perdido en la lejanía de las semanas.
Federico se levantó algo molesto. Se había despertado con la luz del sol y solo había conseguido reunir unas pocas horas de sueño. Sin embargo, en lugar de cerrar la persiana y seguir durmiendo, decidió ir a tomar unos mates a la plaza.
Puso a calentar el agua mientras se lavaba los dientes y mojaba la cara, y se sorprendió leyendo cuando la pava empezó a silbar con el agua hirviendo dentro. La pasó al termo y la mezcló con un poco de agua fría. Cargó su mochila con unas cosas y salió a la calle.
Todavía se frotaba los ojos adormecido mientras caminaba las pocas cuadras que lo separaban del verde, pero se alegraba de poder ir a ese pequeño espacio civilizado en medio de la selva de edificios y autos salvajes.
Llegó, se sentó a la sombra de un árbol y empezó a cebarse paz.
Como siempre, Federico no solo absorbía la infusión de yerba mate, sino cada cosa que lo rodeaba. El primer mate fue las diferentes formas que tenía la gente de jugar con la naturaleza. Algunos trotaban o caminaban, otros leían libros o diarios, otros hablaban, otros hacían yoga o música, otros malabares. Todos respirando verde, alimentándose de ese pequeño pedazo de naturaleza en paz.
El segundo mate fue el cielo. El cielo totalmente homogéneo, celeste, desconocido para las nubes. Parecía pintado por computadora con un baldecito, y después el sol, el mismo de siempre, pero ese día más alegre, sintiéndose más pleno.
El tercer mate fue cascadas y ríos. Lagos, montañas, un ciervo, un horno de barro en un jardín de flores rojas. Los ojos de Federico mirando la hoja con la que jugaban sus dedos, su mate en recuerdos, en un viaje por otras infusiones de plenitud.
El cuarto fue sonrisa. Fue alegría por los momentos que trajo el tercer mate y por el momento que era todos esos mates. Fue agradecimiento por la libertad que sentía porque no necesitaba nada, porque no le era exigido nada.
Después fueron mates tranquilos, mates de compartir la risa de un chico que veía a su padre revolcarse en el barro para hacerlo sonreír, la sencillez de un hombre que se agacha a recoger el libro que se le cayó a una señora, la paz en cada bocanada de aire que inhala una chica que mantiene las piernas cruzadas y los ojos cerrados, el árbol que le da sombra.
El árbol que se extiende sobre él, sencillo, con esas pequeñas hojas verdes, quizás frágiles, pero suaves al rocé con la mano. El tronco rojizo, rugoso y algo rústico. Las decenas de ramas que se alzan libres al cielo, eligiendo su modo de crecer, su forma de extenderse y al final de ser hoja.
Era un árbol que, al igual que el día, añoraba el verano. Sus hojas se resistían a la tendencia dorada que, sabían, solo podía causar su propia corrupción. Se mantenían verdes, firmes a sus ramas, a su tronco, a sus raíces.
Federico mateaba el árbol. Y cada mate era plenitud, libertad y también un poco de amor. Una sutil admiración por su firmeza. Una tenue fascinación por su belleza. Pero más que nada un desenfrenado agradecimiento por su existencia.
Los últimos mates, mientras escuchaba los truenos que sacudían el cielo sin relámpagos, Federico solo miraba el árbol. Trataba de abrazar todo lo que el árbol le transmitía. Quería decirle que pensaría en él, que no escondiera todo eso que tenía, que no le temiera a la poda.
Al final el agua se acabó. Federico se levantó y guardó su éxtasis en ansías de vida. Acarició el tronco del árbol y sonrió pensando en la locura de sus pensamientos, en todo eso que él y toda esa gente de la plaza tenía adentro pero no podían sacar. Sacó su mano del árbol y guardó el termo ya sin agua en su mochila. Justo en ese momento empezó a llover.
Federico alzó los ojos al cielo y por un segundo miró, a través de las gotas que se apuraban en caer, el celeste que todavía abarcaba el lejano horizonte. Después caminó hacía su casa. Caminó un paso tras otro y por eso los que lo miraban no se daban cuenta que estaba bailando, dando saltos y giros.

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