La tía Nora siempre me dijo que no, yo le decía que sí. Esta mañana me lo volvió a decir
-Pablo, no seas idiota, no se puede usar una frazada para frenar una caída de tantos metros.
Yo había hecho todos los estudios necesarios y había comprobado una y otra vez que la ciencia decía que no se podía. Desde la Historia que contaba los numerosos accidentes aéreos, hasta la Física con sus leyes inamovibles, parecían pedirme que no lo hiciera y, supongo, fue por esta razón que no me decidí antes. Pero, aunque parecía tan obvia la conclusión a la que debía llegar, yo sabía que ni mi tía, ni los científicos, consideraban el factor que daba sentido a mi empresa: que yo sabía que era posible, pese a todo lo que me prevenía de hacerlo. Había tenido una Sunesenada. Y esa pequeña y sutil razón que no circula ni en los libros importantes ni en las charlas inteligentes me dibujaba una posibilidad diferente, me pintaba una esperanza y dibujaba una razón para hacerlo.
No poseía simplemente la creencia, sino la certeza de que se podía. Veía con pena la incredulidad, la falta de ciencia grande y sabiduría, de la gente, pero los comprendía, porque yo hubiera sido uno de ellos de no ser las cosas como eran. La confianza en el proyecto había anidado en mí y no daba señales de querer partir, y cada vez me hablaba con mayor intensidad. Finalmente la locura dejó de ser el hecho de que creyera y lo era que dudara de esta Sunesesada.
Habíamos tenido numerosas discusiones antes de esta mañana, donde le pedía que se fuera, que me dejara porque me daba miedo tirarme, pero siempre terminaba ganando ella. Durante esas charlas cambiaba de nombre: Fantasía, Sueño, Locura, Realización, Destino, Estupidez y Posibilidad. Así fue que durante las semanas anteriores a este día se me iban las horas pensando en aquella frazada parda que había visto en el negocio de Hernán, y se me iban las noches imaginando mi vuelo por encima del puente y tanto había soñado con ese momento que cuando compre la frazada por 200 dólares supe que bien valdría el gasto.
Esa mañana saludé a mi tía diciéndole que iba a devolver la frazada, que no iba a seguir con la locura, y ella, estúpidamente, me creyó. Caminé los dos kilómetros por la ruta del puente con la frazada bajo el brazo y cuando llegué a ese precipicio de bondad y hermosura supe que nada podía salir mal, y salté.
Ahora me encuentro en plena caída y estoy tan seguro con mi frazada que, aunque vea acercarse el río con fiereza, sé que la Sunesepesana es mía y es real.
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