Lentamente, con timidez, acomodaba plumas sentado en el medio de la plaza. De a una las iba sumando a la hilera; las acariciaba y limpiaba con suavidad, las colocaba al final de la fila, y sacaba la próxima del cuerpo de la paloma muerta. A las que estaban muy rotas o con mucha sangre las separaba en un montoncito.
Cuando terminó con un lado de la paloma giró con delicadeza el cuerpo y se dispuso a empezar con las plumas que quedaban, pero una brisa levantó por los aires las que el ya había acomodado.
Al principio simplemente acompañó el vuelo con su mirada. Después, cuando todas habían vuelto a encontrarse con el piso, se levantó tranquilo y las buscó, una por una y agarrándolas con cuidado para no romperlas.
Cuando las tuvo todas volvió a donde estaba la paloma y, con mucha sutileza, volvió a armar la fila. Una vez que logró dejarla como estaba, siguió desprendiendo plumas del cuerpo, siempre de a una y muy tranquilo.
Una señora que venía caminando apurada, mirando hacia delante desde atrás de sus anteojos de sol, casi lo choca. Sorprendida, lo ojeó con repugnancia y abrió la boca como para decir algo. Pero al final, conteniendo una arcada, siguió su camino.
Él la miró inocentemente desde el piso, contemplando pasivo los movimientos de la mujer y, cuando está se fue, volvió inmediatamente a su trabajo.
Al final logró tener lista la fila. Tomó las plumas desechadas y el cuerpo de la paloma y los tiró en un tacho. Luego se sentó junto a la prolija hilera cruzado de piernas y esperó.
Tenía los ojos bien abiertos y limitaba todo lo posible su pestañear. Apoyó la cabeza en sus manos y respiró con mucho cuidado, con miedo de perturbar el aire.
De repente sintió en sus orejas el suave roce del viento. Su pelo se movió suavemente y algunas plumas se movieron unos milímetros. La intensidad de la brisa fue creciendo y él abrió los ojos todo lo que pudo, expectante.
Una a una, casi siguiendo el orden de la fila, las plumas se elevaron y penetraron el reino del aire. Él las siguió, tratando de que ninguna quedara fuera de su vista. Su boca se abrió en forma de sutil y sincera sonrisa.
Decenas de plumas bailaban en el aire, movidas por el impulso de la brisa. Algunas ascendían más y más; otras daban muchas vueltas. Alguna no voló mucho y rápidamente volvió al suelo.
A él esas no le importaban. Seguía a todas las que flotaban. Las más altas y las más bajas, las más lejanas y las que estaban a unos centímetros de su mano.
Lentamente, las plumas fueron volviendo al piso, una a una. Sobre el final, una resistió unos segundos más que el resto y él se sorprendió y se estremeció, emocionado.
Hasta que sintió en su pelo que la brisa había terminado, y la pluma, dando unas vueltitas, cayó al piso.
Entonces se paró satisfecho y se alejó caminando.
Cuando terminó con un lado de la paloma giró con delicadeza el cuerpo y se dispuso a empezar con las plumas que quedaban, pero una brisa levantó por los aires las que el ya había acomodado.
Al principio simplemente acompañó el vuelo con su mirada. Después, cuando todas habían vuelto a encontrarse con el piso, se levantó tranquilo y las buscó, una por una y agarrándolas con cuidado para no romperlas.
Cuando las tuvo todas volvió a donde estaba la paloma y, con mucha sutileza, volvió a armar la fila. Una vez que logró dejarla como estaba, siguió desprendiendo plumas del cuerpo, siempre de a una y muy tranquilo.
Una señora que venía caminando apurada, mirando hacia delante desde atrás de sus anteojos de sol, casi lo choca. Sorprendida, lo ojeó con repugnancia y abrió la boca como para decir algo. Pero al final, conteniendo una arcada, siguió su camino.
Él la miró inocentemente desde el piso, contemplando pasivo los movimientos de la mujer y, cuando está se fue, volvió inmediatamente a su trabajo.
Al final logró tener lista la fila. Tomó las plumas desechadas y el cuerpo de la paloma y los tiró en un tacho. Luego se sentó junto a la prolija hilera cruzado de piernas y esperó.
Tenía los ojos bien abiertos y limitaba todo lo posible su pestañear. Apoyó la cabeza en sus manos y respiró con mucho cuidado, con miedo de perturbar el aire.
De repente sintió en sus orejas el suave roce del viento. Su pelo se movió suavemente y algunas plumas se movieron unos milímetros. La intensidad de la brisa fue creciendo y él abrió los ojos todo lo que pudo, expectante.
Una a una, casi siguiendo el orden de la fila, las plumas se elevaron y penetraron el reino del aire. Él las siguió, tratando de que ninguna quedara fuera de su vista. Su boca se abrió en forma de sutil y sincera sonrisa.
Decenas de plumas bailaban en el aire, movidas por el impulso de la brisa. Algunas ascendían más y más; otras daban muchas vueltas. Alguna no voló mucho y rápidamente volvió al suelo.
A él esas no le importaban. Seguía a todas las que flotaban. Las más altas y las más bajas, las más lejanas y las que estaban a unos centímetros de su mano.
Lentamente, las plumas fueron volviendo al piso, una a una. Sobre el final, una resistió unos segundos más que el resto y él se sorprendió y se estremeció, emocionado.
Hasta que sintió en su pelo que la brisa había terminado, y la pluma, dando unas vueltitas, cayó al piso.
Entonces se paró satisfecho y se alejó caminando.
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