(se recomienda leer el cuento escuchando la música del siguiente video)
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El hambre lo consumía. El departamento sucio, casi vacío. Se sentía incómodo por la capa de tierra y sudor que tenía impregnada en la piel. La canilla de la cocina goteando porque no cerraba bien; el ruido era insoportable. El frío lo hacía temblar. La pared se ennegrecía de humedad, la única silla estaba tan rota que prefería sentarse en el piso.
Día, tarde, noche; no sabía. Todo era igual desde que, por falta de fuerza y ganas, no había vuelto a abrir las persianas. Su vida era un grito que pasaba desapercibido para una sociedad, un mundo, que no sabía que existía.
Y ahí estaba, casi desnudo, apoyado en la pared. Raquítico, sus huesos amenazando con atravesar su piel, apenas con fuerza para moverse, sosteniendo con amor su guitarra; guitarra lustrada, impecable: de luthier; contraste violento con el resto del departamento.
Apoyado en la pared, con los ojos cerrados y luchando internamente contra los ruidos de su panza y el frío de su blanca y parca piel, tocaba unas notas, probaba acordes. Cada tanto se detenía y escribía algo en la pared, emocionado. Probaba con más ganas y en sus ojos podía llegar a percibirse, con mucho esfuerzo y como brotando de una profundidad abismal, un pequeño destello de luz. Pero todo, como antes, como siempre, terminaba en una desilusión, un desengaño. Y entonces volver, probar otro camino.
Hacía tiempo, cuando todavía tenía nombre, se había preguntado qué pasaba con los ignorados, con los que no llegan. Cómo eran las historias de los que nunca conocían la gloria; adonde iban a parar aquellos de los que no hay que hablar. Ahora sabía.
Se esforzaba por no dejar que su sueño se terminara de desgastar. Cuando se despertaba, luchaba para seguir creyendo que lo iba a lograr, que iba a encontrar su música, su canción, que iba a grabar, que CD-recital-entrevistas y alcanzar la fama.
Pero pasaba el tiempo y nada. Notas, acordes en su cabeza. Estaba apoyado contra la pared y ya no quería escribir más. No tenía sentido, no estaba pasando nada. En poco tiempo ya se iba a ir.
De a poco algo de su música se empezaba a repetir. Le sonaba conocido de una canción de Radio Head o Pink Floyd, ya no se acordaba ni siquiera bien de cuál.
Lo repetía una y otra vez y cada vuelta con mayor intensidad, mientras su rostro se contorsionaba por el dolor de su panza, por la irritación de la piel. Quería rascarse, pero tenía miedo de hacerse sangrar y no quería dejar de tocar, no podía.
Seguía repitiendo lo mismo una y otra vez, y fantaseaba con que no estaba, con que no existía. Imaginaba que dejaba de ser, que se soltaba, que ya no había presiones, dolores, que ya no había nada.
La canilla se terminó de romper y empezó a salir un chorro de agua, salpicando y haciendo tanto ruido que la cadencia que tocaba era cada vez más indistinguible. El reclamo por el pago del alquiler llamaba a la puerta, e inconcientemente, ajustó sus acordes al ritmo de esos golpes. Pero no se dio cuenta porque internamente seguía alejándose, seguía dejando de existir, continuaba abandonando un pedazo de su alma en cada nota.
Empezó a escuchar un violín que crecía, que hablaba. Y él que no estaba, que dejaba de ser, que se iba. Atravesaba paredes, flotaba en el riachuelo y allí estaba Ofelia todavía cantando, llena de flores y amor para él.
Y no pasaba nada, se habían acabado los momentos, ya no estaba, se había ido. No había dolor, ya no golpeaban su puerta, no importaba el agua que empezaba a inundar el piso, no importaba el hambre, ya no estaba, no estaba pasando nada. Había volado tan lejos que ya no había retorno, y además no quería volver. Seguía creciendo, se seguía yendo, dejaba su cuerpo, lo abandonaba en ese cuarto mísero y perdido en una calle extraviada en esa ciudad de mil ciudades y él se iba adonde quería. Flotaba en el Liffey; el agua lo abrazaba y lo tocaba porque lo admiraba, porque quería su música. El cielo le regalaba su celeste más alegre. El sol acariciaba suavemente su cara y él se dejaba estar. El agua lo llevaba y lo hacía recorrer mil paisajes. Y él se abandonaba tranquilo, lleno de paz. Ya no quedaba nada de aquel departamento, de aquel dolor. Ya no estaba, se había ido y nunca lo iban a poder encontrar.
Día, tarde, noche; no sabía. Todo era igual desde que, por falta de fuerza y ganas, no había vuelto a abrir las persianas. Su vida era un grito que pasaba desapercibido para una sociedad, un mundo, que no sabía que existía.
Y ahí estaba, casi desnudo, apoyado en la pared. Raquítico, sus huesos amenazando con atravesar su piel, apenas con fuerza para moverse, sosteniendo con amor su guitarra; guitarra lustrada, impecable: de luthier; contraste violento con el resto del departamento.
Apoyado en la pared, con los ojos cerrados y luchando internamente contra los ruidos de su panza y el frío de su blanca y parca piel, tocaba unas notas, probaba acordes. Cada tanto se detenía y escribía algo en la pared, emocionado. Probaba con más ganas y en sus ojos podía llegar a percibirse, con mucho esfuerzo y como brotando de una profundidad abismal, un pequeño destello de luz. Pero todo, como antes, como siempre, terminaba en una desilusión, un desengaño. Y entonces volver, probar otro camino.
Hacía tiempo, cuando todavía tenía nombre, se había preguntado qué pasaba con los ignorados, con los que no llegan. Cómo eran las historias de los que nunca conocían la gloria; adonde iban a parar aquellos de los que no hay que hablar. Ahora sabía.
Se esforzaba por no dejar que su sueño se terminara de desgastar. Cuando se despertaba, luchaba para seguir creyendo que lo iba a lograr, que iba a encontrar su música, su canción, que iba a grabar, que CD-recital-entrevistas y alcanzar la fama.
Pero pasaba el tiempo y nada. Notas, acordes en su cabeza. Estaba apoyado contra la pared y ya no quería escribir más. No tenía sentido, no estaba pasando nada. En poco tiempo ya se iba a ir.
De a poco algo de su música se empezaba a repetir. Le sonaba conocido de una canción de Radio Head o Pink Floyd, ya no se acordaba ni siquiera bien de cuál.
Lo repetía una y otra vez y cada vuelta con mayor intensidad, mientras su rostro se contorsionaba por el dolor de su panza, por la irritación de la piel. Quería rascarse, pero tenía miedo de hacerse sangrar y no quería dejar de tocar, no podía.
Seguía repitiendo lo mismo una y otra vez, y fantaseaba con que no estaba, con que no existía. Imaginaba que dejaba de ser, que se soltaba, que ya no había presiones, dolores, que ya no había nada.
La canilla se terminó de romper y empezó a salir un chorro de agua, salpicando y haciendo tanto ruido que la cadencia que tocaba era cada vez más indistinguible. El reclamo por el pago del alquiler llamaba a la puerta, e inconcientemente, ajustó sus acordes al ritmo de esos golpes. Pero no se dio cuenta porque internamente seguía alejándose, seguía dejando de existir, continuaba abandonando un pedazo de su alma en cada nota.
Empezó a escuchar un violín que crecía, que hablaba. Y él que no estaba, que dejaba de ser, que se iba. Atravesaba paredes, flotaba en el riachuelo y allí estaba Ofelia todavía cantando, llena de flores y amor para él.
Y no pasaba nada, se habían acabado los momentos, ya no estaba, se había ido. No había dolor, ya no golpeaban su puerta, no importaba el agua que empezaba a inundar el piso, no importaba el hambre, ya no estaba, no estaba pasando nada. Había volado tan lejos que ya no había retorno, y además no quería volver. Seguía creciendo, se seguía yendo, dejaba su cuerpo, lo abandonaba en ese cuarto mísero y perdido en una calle extraviada en esa ciudad de mil ciudades y él se iba adonde quería. Flotaba en el Liffey; el agua lo abrazaba y lo tocaba porque lo admiraba, porque quería su música. El cielo le regalaba su celeste más alegre. El sol acariciaba suavemente su cara y él se dejaba estar. El agua lo llevaba y lo hacía recorrer mil paisajes. Y él se abandonaba tranquilo, lleno de paz. Ya no quedaba nada de aquel departamento, de aquel dolor. Ya no estaba, se había ido y nunca lo iban a poder encontrar.
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