Es impresionante verlos correr con sus patas largas, y sus cuellos estirados que van y vienen, y yo, parado a un lado del camino de tierra, justo detrás del alambrado sobre unos cardos salvajes, sonrío entusiasmado.
Ellos, los ñandúes, vienen acercándose, demasiado compenetrados con su carrera como para notar mi presencia. Cien metros más adelante, sobre el camino, está la línea de llegada y noto que el animal gris está mejor posicionado que los demás. Si mantiene el ritmo no hay duda que va a ganar. Están a escasos metros de mi, cada vez menos.
En el segundo puesto viene el ave naranja. Todos pisan con un pie delante del otro- izquierda, derecha, izquierda- sin cambiar el ritmo. Veo pasar frente a mi a todos los corredores velozmente y sin mirar, excepto el ave negra que se encuentra en la retaguardia. Ésta gira la cabeza a medida que pasa frente a mí, me mira con sus enormes ojos y sus pestañas de mujer y me saluda realizando una leve reverencia con su cabeza.
En ese momento un calor me recorre por el cuerpo y sé quién es mi favorita en esta carrera zoológica.
Saco una piedra de mis bolsillos (en los tiempos en los que transcurre el relato es ley para los peatones y, en este caso, los justicieros, cargar siempre con elementos contundentes), apunto y lanzo. El ave gris recibe el golpe en la cabeza y cae girando. A su paso levanta una nube de tierra. El ñandú naranja lo esquiva y toma la delantera, pero solo por unos segundos porque recibe también una pedrada y queda al costado del camino, sangrando. Las dos víctimas que aparecen frente a los ojos del ñandú marrón son suficientes para que éste recapacite y deje de correr. Ahora se da vuelta y sí me mira, y suplica con los ojos vidriosos. Para mí es suficiente.
El ñandú negro toma la delantera, saltando los cuerpos tirados y esquivando al que está parado y se lanza con alegría hacia la meta. Yo corro un poco más atrás.
Al final del camino nos encontramos, nos abrazamos (yo lo abrazo, el me rodea con su cogote) y saltamos emocionados por la victoria.
La noticia circula por el campo y en pocos días todos los animales paran a saludarme, son obedientes y felices bajo mi cuidado. Yo soy respetado, todos me miran y me saludan, y ellos pueden correr en paz.
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