Generalmente la historia "no ficticia" en primera persona se construye después del hecho, y consiste en la ornamentación de un evento extraño. Esta ornamentación pone en juego las capacidades del narrador para, por un lado, transmitir aquel hecho como una verdad indudable y, por otro, para que el narratario se ponga en sus zapatos y caminen juntos esa aventura. Sin embargo hay situaciones que aparecen desde el comienzo como sacadas de un libro, una película o un cuadro y el personaje puede ir construyendo el relato a medida que sucede. En estas ocasiones no hay necesidad de esperar al asado del domingo o la cerveza del viernes a la noche para decir por primera vez "¡No saben lo que me pasó el otro día!...". En estas ocasiones el personaje está narrando al mismo tiempo que viviendo, y, por eso, confunde su participación como personaje, narrador y creador de la historia y se repite "no puedo creer lo que me está pasando, aunque sea a mi a quien le pasa". A la vez, confunde realidad con ficción y ya no sabe a cuál de esos ámbitos pertenece la vida.
Hace dos días la mala fortuna (eso pensaba yo) me obligó a realizar una visita a la ruidosa y acelerada Ciudad Capital. Aprovechando la enorme cantidad de negocios que atestan las cuadras porteñas averigué dónde había un local de transformadores, por qué eso era lo que quería comprar. Hasta aquí no había historia y es obvio por qué: ningún relato puede comenzar con un dato tan normal como la compra de un transformador de doscientos veinte a doce voltios.
Con el sol quemando mi cuello y brazos, crucé la famosa calle de los teatros y caminé perpendicularmente a ella. Realicé un par de cuadras y vi aparecer al otro personaje de este ficción. Primero era una figura como tantas otras, luego una mujer, una muy linda, una agradable silueta, unas babuchas violetas, una camizola blanca, una cara suave y juvenil. Era miles de pelos rubios sostenidos por un pañuelo que rodeaba su frente. Más cerca todavía noto los rasgos suavísimos de su cara y unos ojos celestes como pintados con pasteles por un retratista francés. En su aparición veía un cruce excelente de un cuerpo occidentalmente bello y unas ropas de místico estilo oriental, y todo eso me fascinaba.
En el punto en que me encuentro con sus ojos me doy cuenta también que me está mirando, y que, si bien estamos cada vez más cerca y la sensación del ridículo aumenta, ella no planea dejar de hacerlo. En ese preciso instante es que el cuerpo me anuncia la intensidad de lo que está pasando, y para hacerlo decide hacer subir el corazón en un salto violento hasta mi garganta.
Algo diferente a los miles de cruces posibles en una ciudad acaba de acontecer y, así también parece terminar cuando cada uno camina en direcciones diferentes. Sin embargo, en este punto tengo plena conciencia de que aún hay más, pero no por eso puedo descuidar las necesidades reales. Comprar un transformador, eso es una necesidad real y lo compruebo minutos más tarde cuando salgo del local con una bolsa de compras en la mano y un billete menos que al momento de entrar.
En los relatos de este tipo suele suceder que un hecho que no tuvo importancia alguna al momento de pasar es contado como si desde el primer instante hubiera sido extremadamente importante. Generalmente se trata de una modificación del narrador que, en función de lo que luego va a contar, acomoda el tamaño del hecho (insignificante en un principio) para que tenga relación con el todo que es la historia. Por el contrario, en este caso, lo único insignificante son las palabras que tengo a mi disposición para describir la sensación de urgencia que me invadió cuando me encontré con esta mujer.
Al salir del local caminé en sentido a la estación de subte más cercana, todavía con la sensación de que algo raro había pasado, con este encuentro haciendo eco en los rincones vacíos de mi cuerpo. Crucé el molinete, entré al vagón y me quedé parado cerca de la puerta. Mi destino era la última estación, y me encontraba apenas en la segunda, con lo cual tenía un cuarenta minutos de viaje por delante.
Al salir del local caminé en sentido a la estación de subte más cercana, todavía con la sensación de que algo raro había pasado, con este encuentro haciendo eco en los rincones vacíos de mi cuerpo. Crucé el molinete, entré al vagón y me quedé parado cerca de la puerta. Mi destino era la última estación, y me encontraba apenas en la segunda, con lo cual tenía un cuarenta minutos de viaje por delante.
Una parada después me dí cuenta que todo tenía sentido. No solo el intercambio de miradas que ya les comenté, sino el haber tenido que ir a la ciudad, y el haberme dejado llevar hasta ese local, tan lejos de mi destino primero: en esta parada ella subió. Yo esperaba encontrármela, aunque no sabía ni dónde, ni cómo iba a suceder y no esperaba que fuera tan pronto.
En este momento, cuando la vi entrar, de entre todos los vagones posibles al mío, fuí consciente de que estaba en un cuento; yo era el personaje de una novela junto con una rubia y tierna mujer sin nombre.
El corazón me empezó a latir con fuerza
Pero aunque la ficción sobre la realidad le ganaba espacio a la Realidad sobre la realidad, ésta Realidad no se iba a dejar pasar por encima y comenzó a gritar en mi mente. NO PODÉS, NO DEBÉS, ES UNA LOCURA, UNA CASUALIDAD SIN MÁS. Y yo seguía en mi lugar.
Junto con la idea de que era una historia me dí cuenta que ya no era la mía y que lo que sucediera, o no, ya tenía que ver también con los que leían este relato (no el que leen ahora, sino aquel en el que transcurrían estas cosas). Mi fracaso o éxito ahora estaba bajo la mirada condenadora de los otros, que esperaban algo digno de ser contado y no una simple casualidad, porque casualidades hay muchas, pero solo las que son continuadas se convierten en historia.
Junto con la idea de que era una historia me dí cuenta que ya no era la mía y que lo que sucediera, o no, ya tenía que ver también con los que leían este relato (no el que leen ahora, sino aquel en el que transcurrían estas cosas). Mi fracaso o éxito ahora estaba bajo la mirada condenadora de los otros, que esperaban algo digno de ser contado y no una simple casualidad, porque casualidades hay muchas, pero solo las que son continuadas se convierten en historia.
De a un paso, me dije. Y me acerqué. Por lo menos si ella me viera y me mirara como esa primera vez, reforzaría el sentido ficcional de esta situación, volvería a creer en la historia y actuaría en consecuencia, dejando de lado la normalidad de mi vida para ser personaje. Pero todavía estábamos lejos y ella, tenía la mirada puesta en su libro.
El vagón se vació. Entonces pude sentarme en diagonal a ella. La podía ver perfectamente, y era cuestión de tiempo que ella me viera. Sin embargo no era suficiente. En cualquier momento podía bajarse y, ahí si, mi historia habría acabado. Le pedí una birome a la mujer sentada al lado mío, saqué el boleto del transporte y escribí mi nombre y teléfono celular. Devolví la birome a la mujer.
Ya tenía medio camino recorrido, pero en definitiva ningún logro. Ella podía bajarse en cualquier instante. Bueno, pensé, seguramente ella se baje en la misma estación que yo -faltaba poco- y entonces la alcanzo y le doy el boleto. Me tranquilicé, agarré mi libro y me dispuse a leer. Estábamos llegando a la anteúltima estación y en la próxima se resolvería todo. Miré mi libro. Escuché la puerta abrirse y miré hacía donde estaba ella. Ya no se encontraba ahí, había bajado. En cuestión de segundos se cerraría la puerta. La historia había acabado, la normalidad había vencido al relato.
Guardé mi libro, salí corriendo del subte y la busqué entre la gente. Estaba subiendo la escalera, a mitad de camino de los molinetes que la dejarían afuera de la estación y afuera de la historia. Ese era el fin: un molinete común y corriente era, en mi cabeza, el límite de esta aventura. Esquivé a un par de personas, subí saltando escalones mientras trataba de no perder de vista su espalda. La alcancé. Toqué su hombro, tenía un par de auriculares en sus oídos y, seguramente, estaba escuchando música . Le dí el boleto con mi número, le dije algo que ya no recuerdo. Me miró confundida, pensando, tal vez, que le daba algo que se le había caído. Lo miró. Leyó y comprendió qué era, subió su mirada hasta encontrarse con la mía y me sonrió. Entonces, di media vuelta, bajé las escaleras, subí al subte que todavía no había arrancado (lo cual reforzó la sensación de ser parte de una ficción), se cerraron las puertas y partí, ya no como un viajero más sino como el loco del subte para ella y sus amigas. Ya no como una persona, sino como el sujeto de un cuento que se va, al final del relato, sonriendo satisfecho.
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