Cuentos cortos en español.

martes, 29 de marzo de 2011

Nosotros

Escrito por Kevin


“Fear not that thy life shall come to an end but rather fear that it shall never have a beginning”

-Cardinal John Henry Newman.



Nunca dije nada. Fruncía constantemente los labios, y de a ratos intentaba ignorarlos. Nunca estuve listo para que se den cuenta. Esa misma noche, los vi y me agobiaba el espejo lúdico en el que me veía reflejado. Quizás, un pasar mas volátil y despreocupado, moldeado por otras tantas películas de Hollywood, melodías de plástico y esos mensajes publicitarios ya tan poco disimulados. Me gustaba ir al cine, jugar con mi propia autoconciencia, vulnerándome a pequeñas y bombardeadas larvas que tanto requerían después unas horas de lavado, de meditación, no sea cosa de que se queden pegadas. Pero nadie escapaba al largo efecto del bombardeo, constante, al menos, solo aparecían en los libros de historia y santidad, y yo no los conocí personalmente. Muchos aprendieron a cuidar las larvas, las alimentaban paso a paso, y se cubrieron con ellas. Al pasar, con un ojo entrenado, pude ver los rayos internos de cada uno entre las larvas, ya gusanos. Me costo saber acaso si los incubaban o intentaban quemarlos, puesto que nadie conoce el verdadero sentido de los rayos del interior.

Indiferentemente continué mi paso.

Cuaderno en mano, una palabra se había corrido del margen, y aparentaba estar mal escrita, me corrió una lagrima al verme horrorizado con mi reacción mientras la hoja ya buscaba su lugar entre la suciedad de un charco. Mi viejo me había enseñado a no llorar, y seguramente sus gusanos, ya devenidos en moscas, se lo habían enseñado a el. No dude en llorar nuevamente por el.


Cambie de párrafo irrelevantemente ante un nuevo llamado de alguna de esas tantas de las cuales se me había acostumbrado a criar de chico y que tanto costaba espantar. Ya había tenido mis momentos para aceptarlas, y usar su vuelo, quizás, para acoplarme disimuladamente a sus criaderos. Algunas veces pensé en usar uno de esos trajes inmunizantes de esos que vendía Julio o Jorge Luis en alguna otra librería, pero dentro de ellos el aire se volvía enrarecido y corría el riesgo de asfixiarme dentro de mi mismo. Muchos ya lo habían hecho.


A medio año de mi carrera se me presento la opción repetida y constante de correr a las tierras donde el frío ahuyentaba las moscas, pero no era el verdadero desafío, no era el verdadero propósito, de vivir tratando de cambiarlas.

No había alternativa posible, real.

Apure mi paso entre reflexiones, ya quedaban pocas cuadras bajando por Santa Fe hasta la clínica. Sonó el celular y pensé en atenderlo, reacción inconciente de mis propias categorías (propias, eso creí) donde ese yacía en una brillosa y enorme, cada vez mas grande, con el nombre de IMPORTANTE. La llamada era del medico, y la rechacé creyendo un devenir inevitable.


Corrí, ya sin miedo de tropezar, y mis moscas no pudieron seguirme el paso. La noche no hacía lugar a mi desolación, que de lejos se veía alcoholizada.

Mis piernas de ascensor se acalambraban ante un apuro imprevisto. Subí por las escaleras eternamente inutilizadas y antes de reconocerlo me vi enfrentado al cuarto 209.

Respiré profundamente, dos veces.


Al estirar mi brazo para girar el picaporte, la puerta se abrió sola.

-“Te estábamos esperando”, dijo con mirada sombría el doctor.

Orquestadamente todos abandonaron la habitación y temblé al ver los ojos entrecerrados de mi viejo, feliz.

Sus moscas, y algún que otro gusano que aprovecho su inconciencia temporal ya habían muerto, sus rayos tenues buscaban algo que calentar y yo supe acercarme a ellos.

-“Ahora”, me miro diciendo, “puedo ser Enrique Irigoyen”.

Al decir esto, expiró.


Murieron todas mis moscas al instante, reconocí mi nombre, yo, y no pude contener eso que le había querido decir.

Grité, hasta perder mi aliento, y eso alcanzó para entrar solemnemente en el reino, un lugar al que algunos llaman Vida.

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