Y siempre que me piden la verdad yo se los
digo. Fui yo. El del arito fui yo. Yo soy tu padre. Yo maté a Mufasa.
Estaba esperando que se metieran dentro de mi
boca con todos esos aparatos, y mi vista estaba en la oreja de la chica justo
delante de mí. No es que tuviera nada en especial, solo que mi mirada se había
quedado ahí y yo navegaba en mis pensamientos sin dar especial atención a la
información que me traía la vista. Pero ahí estaba esa oreja con ese arito. Y
se me ocurrió que no estaba bien agujerearse la oreja. Y que además eso me daba
poder sobre ella.
Es como cuando estoy cerca de una avenida y
pienso que con empujar al que está al lado; con solo empujarlo cuando viene un
auto. O soltar una piedra a la altura del parabrisas, total con la velocidad
por la que vienen en las avenidas.
Y yo pensaba en esto y pensaba en las ganas
de irme de camping; lejos de todo este ruido de sonidos en autos y personas.
Pensaba agarrar mi pasacasetes viejo y dejar atrás todas estas interminables
esperas cuando empecé a pensar en eso de las avenidas y ahí estaba la oreja con
el arito. Y de repente me di cuenta que llevaba un tiempo mirando fijamente el
punto exacto de la oreja donde se agarraba el arito. En muy poco tiempo mi mano
viajó hacia la oreja, agarró el arito y volvió hacia mí. Mi mano se abrió y ahí
estaba el arito. Casette. Pero ya no se percibía el lindo dorado porque de
repente se había cubierto de ese dulce y empalagoso líquido rojo que da asco y
excita. Bolsa, bolsa. Entonces algo del tiempo o del espacio se detuvo. Arito.
Y esa roja calidez me arrebató intensamente, me embriagó. Espera. Rojo.
http://www.deloquecontamos.blogspot.com.ar/2012/07/relato-desvinculado.html
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