La mañana, su niebla y el silencio nos arrastraron uno cerca del otro.
Miré a La Locura de frente y me dí cuenta que era parecida a dos ojos violetas salidos de sus órbitas que brillan y entienden, una apasionada mueca de lucidez, un pelo revuelto de originalidad. Era como saberlo todo junto y a la vez, pero no poder decirlo; un camino angosto para solitarios. Entonces le estreché la mano y nos despedimos, huyendo cada uno de aquello que podríamos ser.
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